Enero: el Rey cumple 50 (y 80) años

Enero: el Rey cumple 50 (y 80) años

Son muchas las cosas que van a ocurrir en este mes de enero con el que inauguramos un año que sin duda va a ser políticamente agitado, al menos eso. Vamos a empezar con la puesta en libertad, o no, de Junqueras, que tratará de convertirse, o no, en president de la Generalitat catalana. Dos días después, supongo que procurando no mezclar acontecimientos, el Rey Felipe VI pronunciará el tradicional discurso de la Pascua militar. Fue ese discurso el que, hace cuatro años, comenzó a acelerar la abdicación de Juan Carlos I; no por el contenido del texto, sino por la forma en que fue (mal) leído: el Monarca no estaba físicamente preparado para seguir asumiendo la Jefatura del Estado. Y, además, moralmente la cosa empezaba a mostrar boquetes importantes. Ahora todo es muy, muy diferente; por eso precisamente destaco, en el titular dos fechas 'redondas' que se cumplen este mes.
No suelen estos de la Pascua militar ser mensajes con gran trascendencia política, pero marcan el inicio de un nuevo curso, que se ha ido haciendo más difícil en cada uno de los cuatro años transcurridos desde aquel 6 de enero de 2014. Muchas cosas han sucedido desde entonces, incluyendo la `dimisión` de Juan Carlos, en una afortunada transmisión de poderes a su hijo, en aquel junio del 14 que sembraba una nueva era. El Rey que abdicó pasaba a ser 'Rey emérito', con muy pocos encargos de representación en la vida pública, y pasó a un discreto goce de su privacidad, sin que los españoles le hayan dedicado especial relevancia en este tiempo. Ahora, Juan Carlos cumple, esta semana, el viernes, ochenta años, no estorba la trayectoria de su hijo y no consta que le dé (ni que se le pidan) consejos sobre cómo actuar en algunas de las muy complicadas circunstancias en las que se ha tenido que desenvolver su heredero: 'el mérito' se ha convertido en un activo joven de ochenta años, que hasta se permite el lujo, criticado, de participar en competiciones mundiales de vela.
Su trayectoria tiene, sin duda, claroscuros, pero creo que, en general, pasará a la Historia como un buen Rey, que supo comportarse en los momentos en los que su Patria se encontraba más afligida. Ahora le toca a su hijo Felipe hacerse cargo de muchos problemas heredados, y enconados por la pereza y la incapacidad de algunos políticos, así como por la pasividad de una parte de la sociedad civil. Curiosamente, el 'ciudadano' Felipe de Borbón -como quieren los círculos republicanos- también cumple un aniversario redondo este mes, el próximo día 30: cincuenta años. Es mucho más respetado de lo que lo fue su padre en su última trayectoria y los medios internacionales le presentan como una figura positiva para la aún joven democracia española, en la que Felipe creció, aunque no nació. El hispanista francés Jean Chalvidant le presenta como 'le Roi normal', contraponiendo su figura intachable con algunos episodios más bien rocambolescos protagonizados por su padre.
Creo que, como Juan Carlos en la noche aciaga del 23 de febrero de 1981, Felipe supo dar el do de pecho el 5 de octubre de 2017, en pleno desafío separatista. Creo que los mensajes 'duros' del Rey han de ser escasos y contundentes. Pero tampoco creo que se deba dejar ir en palabreríos vagos. Ya sé que la Constitución reserva a este Rey, al que me he atrevido a calificar como quizá el mejor que ha tenido España, especialmente teniendo en cuenta las tremendas circunstancias que le han tocado vivir, un papel muy limitado; puede que sea uno de los errores que habría que corregir en la Carta Magna. Porque ocurre que quizá nunca como ahora esté España tan necesitada de una figura que planee sobre los políticos (aunque una de las formaciones emergentes, Podemos, haya alzado bandera contra el Monarca) y sobre las diferencias territoriales (por más que ahora parezca poco aconsejable dejarse caer por Cataluña).
Creo que, más allá de los homenajes, con sordina, que a las dos figuras reales pueda hacérseles con motivo de sus cumpleaños, el medio siglo del Jefe del Estado actual debe ser saludado como una promesa de madurez, todavía joven. El Rey, en un Estado desmoralizado y que a veces parece que no quiere serlo, tiene una gestión activa por hacer. Ha de ser Rey de todo este país autonomizado, en el que hay que reformar con urgencia las estructuras territoriales, o correrá el peligro de dejar de ser Rey, y eso es algo que, simplemente, no podemos permitirnos, no en los tiempos que corren, desde luego.