Cuándo empezó este dislate que no se cierra

Cuándo empezó este dislate que no se cierra

Resultaría difícil resumir en pocas palabras todo lo que está siendo y ha sido el enorme dislate de la política española -que no solamente catalana desde que, el 20 de diciembre de hace dos años, se celebraron unas elecciones generales que no resolvieron nada y estropearon mucho. Claro, ya antes habían tenido lugar, en septiembre, unos comicios en Cataluña que acabaron en el 'dedazo' que designó al frente de la Generalitat, el 12 de enero de 2016, a alguien completamente inadecuado para ejercer tan importante cargo, Carles Puigdemont. A partir de ahí, el desastre estaba anunciado: puede que se consume el próximo jueves; quién puede saberlo, cuando nadie anticipa ni una sola idea útil para el futuro.
No seré yo, desde luego, quien celebre el segundo aniversario de aquellas elecciones, ni el del ascenso del alcalde de Girona hasta el palacio de la plaza de Sant Jaume. Este mismo domingo, el 'exiliado' candidato a regresar a la presidencia de la Generalitat nos sorprendía con la simpleza de sus conocimientos y de su estrategia. Preguntado por 'La Vanguardia' qué le gusta de España, respondía: "la lengua española y sus clásicos y, entre los modernos, Cortázar, por ejemplo". ¡Cortázar español! Todo un desde luego inmerecido honor para los que somos fanáticos del enorme escritor franco-argentino. Y toda una muestra de que el fugitivo no tiene ni puñetera idea de literatura ni, claro, de política. Se descalifica él mismo cada vez que abre la boca: ¿merece Cataluña un president así? ¿O una presidenta como esa señora Rovira que, en videos con gran éxito viral, nos muestra su total desconocimiento de cómo funcionan la economía y la dialéctica? 
No es cuestión de quién deba ejercer la presidencia de la Generalitat -uno, lamentablemente tan ajeno a Cataluña, tendría su candidato, pero se lo calla-, sino de cómo se articule un nuevo Govern, sin duda de coalición, para restaurar los lazos espirituales, y económicos, y políticos, y afectivos, entre los catalanes y el resto de los españoles. Ni el odio que Puigdemont, Junqueras y Forcadell apenas se esfuerzan en disimular, ni la 'mano dura por principio' que, desde demasiados ambientes, se predica 'desde Madrid', pueden restañar las heridas, previamente desinfectadas o no, pero heridas, y graves, al fin. Lo malo es que desde el lado independentista se palpan el caos, el desorden, la improvisación, el fanatismo, y desde el llamado sector constitucionalista, o unionista si usted quiere, son evidentes las ambiciones personales, el partidismo y, cómo no, también la improvisación. Nadie sabe aún si hay vida tras el 155, ni cómo se articulará el pos-21-D. Lo cual, a cuatro días de las elecciones más extrañas de la historia del mundo mundial, no deja de ser alarmante.
No, no quiero ni contemplar esa hipótesis que crecientemente se conforma con la probabilidad de que estas elecciones haya que repetirlas, porque los resultados y los egoísmos harán imposible un acuerdo para gobernar a los catalanes y cooperar con el resto de España de una manera fructífera y beneficiosa para esos ciudadanos de Cataluña, hoy tan despistados, tan abrumados. Abrir un nuevo período electoral sería prolongar las aprensiones, la provisionalidad, la salida de empresas, el desapego de las gentes a unos políticos incapaces y a un 'Madrid' que no les comprende.
Todos tienen, tenemos, que reflexionar mucho en las apenas noventa horas que nos quedan antes de que se consumase otra vez el desastre iniciado hace dos años, o bastantes más, si bien se mira: llevamos galopando hacia el abismo desde 2014, y aún hay quien dice que lo ha hecho bien, o no tal mal. Maaadre mía. Se aferran a las encuestas -mira que seguir con la prohibición, que todos se saltan, de publicarlas desde cinco adías antes... favorables, desdeñan las desfavorables y esperan, con un 'timing' suicida, el veredicto seguramente incierto de las urnas. Y así vamos, pedaleando, si Dios no lo remedia -ellos, desde luego, no lo harán- hacia el mantenimiento del desastre político en el que no sé por qué diablos nos embarcamos un mal día, ya no sé si hace dos, tres o incluso cinco años. O diez, o veinte. Vaya tropa.