Una campaña que fue una siesta, no una fiesta

Una campaña que fue una siesta, no una fiesta

En principio, y vistas las cosas desde un observatorio neutral, Madrid, aunque con esporádicas incursiones en Galicia y País Vasco, doy como bastante probable que los dos jefes de los respectivos gobiernos autonómicos, Núñez Feijóo y Urkullu, van a mantenerse en sus cargos tras las elecciones de este domingo. En ese sentido, esta campaña, que ha sido una siesta, más que una fiesta, en cuanto a la escasez de ideas y planteamientos novedosos para salir del atasco político, ha incorporado pocas incógnitas: ambos, el presidente de la Xunta y el lehendakari, se encuentran, según mi criterio, entre los políticos más serios con los que cuenta un país, el nuestro, en el que la seriedad y la política no siempre van de la mano. Así que, salvo imprevistos de tormentas que nadie espera, calma chicha por este lado.
Veremos, en todo caso, cómo se desarrollan los acontecimientos en el recuento de votos en la noche de este domingo. Es ya un tópico -veraz, como tantos tópicos- que los resultados tendrán enorme influencia en el futuro inmediato de Rajoy y, sobre todo, de Pedro Sánchez, como tanto se ha repetido, y también en el de Pablo Iglesias y en el desarrollo del interesante debate interno que desde Podemos ha saltado a las redes sociales.
Exceptuando las elecciones catalanas, de las que está a punto de cumplirse un año turbulento, pocas votaciones en las autonomías habrán tenido, por tanto, más trascendencia que las que se celebrarán este domingo. El problema es que las incógnitas sobre qué ocurrirá en el panorama nacional nos han impedido valorar en su justo término el alcance, en un plano estrictamente autonómico, de lo que se va a dilucidar en Galicia y en Euskadi: en la primera, la continuidad del Partido Popular frente a una fórmula de socialistas, Mareas y Podemos similar a la que está vigente en Extremadura, Castilla-La Mancha, Aragón, Valencia, Madrid o Baleares, donde los resultados han sido diferentes, más o menos afortunados, en cada uno de los casos. No sé yo si, en estas circunstancias, el panorama está para demasiados experimentos adicionales.
En el País Vasco, pocos dudan de que el PNV se aliará con los socialistas, y con ellos -y probablemente solo ellos- apoyando la Legislatura podrá seguir gobernando con relativa facilidad un Urkullu al que nadie critica con excesivo ardor; hay quien ha querido compararle, injustamente, con Ibarretxe, cuyo período en la lehendakaritza fue, a mi juicio -y al de casi todos en el PNV también-, un auténtico desastre. No contemplo un acercamiento de Urkullu a Podemos, muy alejado también de los responsables del PSE. Y estimo que no se han destacado lo suficiente las cautas tomas de posición del lehendakari contra la independencia tal y como se predica desde la Generalitat de Catalunya y sus ámbitos cercanos, incluyendo las tesis de Esquerra Republicana y, sobre todo, las de CUP. En ese sentido, debe contemplarse al PNV como un factor de estabilidad, y así, entiendo, habría de considerarlo el Partido Popular, que lamentablemente ha hecho todo lo contrario (y quizá sea lógico: es la batalla por el voto) durante la campaña.
En todo caso, desde la estabilidad en Galicia y País Vasco, no me parece que sea una mala idea la de promover, como desde algunos puntos de España se está promoviendo, una inmediata conferencia de presidentes autonómicos, un foro abandonado que nunca, cuando se puso en marcha en tiempos de Zapatero, sirvió para mucho, es la verdad. Pero ahora, ante las angustias de financiación por las que pasan todas las autonomías, que se hallan en el vacío presupuestario, sería un buen momento para repensar el que es nuestro primer problema institucional: la marcha del Estado autonómico, donde pienso que debe insertarse también la peculiaridad del caso catalán; obviamente, este es un problema no sujeto solamente a necesidades financieras, pero que podría intentar solucionarse, también en su vertiente política, desde la imaginación de planteamientos económicos específicos y generosos.
Qué duda cabe de que la regeneración territorial, que asegure la unidad de España como nación de naciones, es decir, dentro de un concepto más o menos federal, es el primer paso hacia una reforma profunda del sistema sin tener por ello, como quisieran los más extremistas, que destruir el sistema. Entre otras cosas, porque esta regeneración comporta también cambios constitucionales y en la normativa electoral que muchos juzgan no solo convenientes, sino ahora imprescindibles. Sí, hay que despertar ya de la siesta y entrar en la fiesta. En la fiesta del Cambio.