Un año de Rajoy y aquí estamos... ¿dónde estamos?

Un año de Rajoy y aquí estamos... ¿dónde estamos?

Cuando escribo este comentario, así va de trepidante la política española, ignoro si Mariano Rajoy y Puigdemont se enfrentarán dialécticamente en el Senado -sería una buena noticia: ganaría Rajoy, mucho mejor parlamentario, creo--, se desconoce si la Generalitat acabará o no -ojalá sea no- declarando unilateralmente la independencia de Cataluña, no tenemos ni idea de qué hará el Gobierno central en ese caso, ni tampoco sabemos qué haría en caso contrario. Simplemente, seguimos sin un `plan B` que ofrezca la sensación de que al actual caos, que anega también la agenda de la actividad política, tiene una salida coherente. Y es que en un año, hemos, entre todos, contribuido a empeorar lo que ya parecía impeorable, la herencia de un lamentable año 2016.
Porque hace ahora un año, Mariano Rajoy, tras trescientos días en funciones, resultaba investido presidente del Gobierno, una vez que los socialistas, tras la salida de Pedro Sánchez de la secretaría general del PSOE, decidieron abstenerse en esta votación de investidura, renunciando al `no, no y no` de Sánchez, empeñado en enviar a Rajoy a la oposición. Logró, en cambio, fortalecerlo y ahí sigue Rajoy, en plenitud de funciones, completando este aniversario loco en medio de la mayor tormenta política vivida en España desde al menos la muerte de Franco. Tan es así que de las sesiones del Parlament y del Senado en las próximas horas puede depender casi todo lo que nos ocurra a los españoles (catalanes incluidos, desde luego) a corto, medio y hasta largo plazo.
Una de las peores consecuencias de este triste período político que nos ha tocado vivir es que ha cundido la sensación entre los ciudadanos de que no están en buenas manos. Por supuesto, no cometeré el dislate de equiparar la labor de Rajoy en estos doce meses, en los que me da la impresión de que ha hecho lo que ha podido -claro, se podría haber hecho mejor-, ni la de los socialistas, que han virado algo -algo- en el buen sentido, con el incalificable proceder de Podemos, abandonado a su propio estupor y despiste, ni, claro, con lo actuado por todo lo que Junts pel Sí está significando. Jamás en mi larga vida de cronista pude imaginar tal cúmulo de chapuzas, insensateces, mendacidades, imprevisiones y despreocupación por el bien de los representados. Los catalanes -todos-- salen de esta más divididos, más pobres, más inseguros, más desprestigiados, con mayor desconcierto acerca de su propio futuro, y todo gracias a la labor irresponsable de quienes, desde Pujol -el presunto delincuente-, gobiernan la autonomía.
Chapuza completa desde la Generalitat, sí, pero no suficientemente contrastada con una acción bien planificada, bien comunicada, ofreciendo una sensación de eficacia y transparencia, desde el Gobierno central. Admito que todo era nuevo, que salíamos de una etapa, la de 2016, que nos ha dejado a todos con el ánimo desconcertado y encogido. Pero el Estado tendría que haber dado muestras más precoces de su fortaleza, y recuerdo que el Estado somos todos, incluyendo unos medios de comunicación a los que me parece que no se les ha agradecido lo suficiente -siguen las cazas de brujas en algunas covachuelas oficiosas que siguen sin admitir siquiera el uso en las crónicas de la palabra `corrupciòn`- lo que una mayoría están intentando hacer: cerrar filas para impedir que la catástrofe se expanda ya sin límites.
Aunque podría haber sido peor, no me parece que haya muchos motivos para celebrar con una velita en el pastel este primer aniversario de una investidura lograda gracias al apoyo de Ciudadanos, que, al menos, ahí ha seguido, sin demasiados claroscuros, y a la abstención `in extremis` de los socialistas, que en ese momento estaban dirigidos por una gestora tras la ¿dimisión? ¿cese? -ni eso está claro- de un Pedro Sánchez que, siete meses después, retornaría tras ganar unas elecciones primarias. Solamente una cronología política de este año trepidante bastaría para comprender lo anómalo de la situación española, una anomalía que ahora está acaparada por Cataluña, pero que no se circunscribe solamente a eso.
Si este cronista hubiese dicho o escrito hace un año que estaríamos ahora inmersos en la inmensa polémica de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, incluyendo la sustitución por la fuerza del president de la Generalitat, de todo el Govern, la `congelación` del Parlament, la toma de control de los mossos, de la televisión y la radio oficiales... Si este cronista hubiese dicho o escrito que todo esto, además del regreso triunfal de Sánchez, del vuelco total en el PSOE, la deriva de Ada Colau y de Podemos, iba a suceder, lo habrían tildado de loco. Y eso que 2016 no fue un año demasiado cuerdo, por decir lo menos. Pero la locura está, más bien, radicada en quienes, estando encargados de solucionar nuestros problemas, porque para ello les votaron y les pagan, actúan de pirómanos en el incendio en el se fingen bomberos. ¿Qué irá a ocurrir(nos) en las próximas horas, santo Dios? 
Pues hétenos aquí, plantados ante uno de los peores escenarios posibles, el del desbarajuste político, con todos los peligros que tal situación encierra. Arreglemos, con el parcheo que sea, este episodio de crisis sin precedentes y pongámonos, inmediatamente a continuación, a arreglar el Estado. Antes, apenas hace semanas, yo hablaba de la necesidad de emprender una segunda transición, porque la iniciada en 1977 ya se nos había agotado. Ahora empiezo a pensar en que hay que hablar más bien de una refundación del Estado, algo que nos asegure que nunca más nos van a ocurrir cosas como las que nos vienen sucediendo desde el pasado mes de diciembre de 2015, y así hasta hoy.