'Ana' y otras cumbres muy, muy borrascosas

'Ana' y otras cumbres muy, muy borrascosas

En los cuarteles generales de algún partido -donde, palabra de honor, aún hay gente, poca, que se reserva tiempo para pensar- han comenzado a enumerarse y evaluarse las consecuencias que este huracán -bueno, borrasca- 'Ana', en versión política, va a tener para la marcha del país en su conjunto, desde luego con Cataluña en primer lugar, pero no solo. Nada debería quedar indemne tras todo lo que ha ocurrido, lo que está ocurriendo, lo que vaya a ocurrir en esta última semana, tan importante, antes de desembocar en las urnas el próximo día 21, que puede ser un jueves negro, de huracán, o, por el contrario, un jueves que reluzca como el sol en este secarral en el que se va convirtiendo España.
Todo queda en segundo término al paso de este 'Ana' que amainará, o no, dentro de diez días: ni Gürtel, ni EREs andaluces, ni la sed en el país, ni ciertos datos inquietantes sobre la desigualdad importan ahora. Quién ocupará, y gracias a quién, la presidencia de la Generalitat de Catalunya parece ser, y quizá lo sea, lo más importante. Todo, ya digo, incluso esa reforma constitucional de la que tanto se habla y que, en opinión de algunos, entre los que me cuento, tan necesaria resulta, queda aplazado para mañana, es decir, para el día 22-D, o el 8-E, porque nadie va a perdonar, es de temer, las vacaciones navideñas.
Así, esta semana se deciden los nombres que integrarán esa comisión de evaluación territorial (es decir, se supone, para estudiar el carajal de nuestra financiación autonómica) para la que el PSOE ha propuesto comparecencias tan atípicas como las de varios notorios periodistas, un cantante, varios escritores... junto a figuras institucionales y constitucionalistas de prestigio, naturalmente. No sé si toda esa mezcla de gentes, cada una de ellas muy respetable, acabará dando un resultado tangible en forma de modernización y adecuación de nuestra Constitución y de algunas estructuras que se van quedando añejas, pero, en fin, bienvenido sea cualquier intento e superar la parálisis. De momento, es la única señal de vida inteligente que uno encuentra tras el 155.
Pero, como digo, inevitable será que esta semana se consuma en el acertijo de quién irá a parar al principal despacho de la Generalitat: si Puigdemont, con vida cada día más misteriosa allá en la llovida Bruselas, Junqueras desde su prisión -¡todavía!- o su valida Marta Rovira -que no tiene talla para el cargo- o, por el contrario, desde el lado constitucionalista, Arrimadas, la fuerza que irrumpe con moldes nuevos, o Iceta, que quiere ser el hombre del consenso. Increíble, atípica, tremenda, carrera hacia lo desconocido, porque a saber qué ocurrirá luego. Me parece algo angustioso que tenga que ser una formación tan... ¿peculiar? como la que agrupa a los comunes bajo la figura del poco comprensible Doménech y la tutela de la bifronte Ada Colau, la que decida si son independentistas o `unionistas` los que se encargarán de dirigir a Cataluña a buen (o mal) puerto en los próximos años.
Quién lo iba a imaginar, quién podía intuir que todo lo que está ocurriendo iba a ocurrir, cuando, aquel 20 de diciembre de 2015, del que se cumplen ahora dos años, los españoles fuimos a votar intuyendo que abríamos un período de inestabilidad política de magnitudes casi siderales. Y así fue. Nos llegó una borrasca mucho más duradera que esta `Ana` que viene a humedecer algo los pantanos. Pero como Noé supo bien, siempre que llueve, escampa. Llegada es la hora de enviar la paloma en busca de la rama de olivo, a ver si la normalidad, esa tan ansiada normalidad, es posible de una vez. Eso, precisamente, es lo que investigan esos pocos pensadores con los que comenzaba yo este comentario: cómo retornar a la ya casi olvidada normalidad.