Sindicato de agraviados

Sindicato de agraviados

La primavera es estación dual. Por una parte apareja la temida astenia -cansancio, insomnio, ansiedad, falta de motivación- y por otra y en sentido opuesto, de la mano de la luz y del calor, la "joie de vivre", la alegría de vivir. Trasladado al mundo de la política española se diría que estamos ante un espejo en el que se reflejan los estados de ánimo de los estados mayores de los dos partido que ocupan el espacio del centro derecha: PP y Ciudadanos.
A la vista de los sondeos que anticipan la intención de voto, en el primero, todo es mohína, preocupación por el futuro inmediato: qué va a pasar en las elecciones municipales, autonómicas y europeas sabido que lo que sucede en estos comicios suele ser un anticipo de lo que viene después, en las elecciones generales.
En la cúpula del PP temen que se cumpla una ley no escrita según la cual cuando los electores están enfadados con el Gobierno de turno aprovechan la primera ocasión con urnas que se les presenta para demostrar ese enfado votando a otro u otros partidos. Y enfadados, incluso cabreados, los hay por doquier. Raro es el sector de nuestra sociedad que no se siente agraviado por algunas de las políticas del Gobierno o por los incumplimientos de ése mismo Ejecutivo. Algunos han salido a la calle: pensionistas, colectivos de mujeres, miembros de los Cuerpos de Seguridad estatales (guardias civiles y policías) que reclaman equiparaciones salariales con las policías autonómicas o jueces y fiscales que llevan años esperando el cumplimiento de acuerdos de mejora de sus condiciones laborales. Por no hablar, en el caso de Cataluña, de quienes critican la atribuida lenidad con la que el Gobierno interviene en la gestión de la Generalitat en función de los poderes que le concede la aplicación del Artículo 155 de la Constitución.
Por decirlo así, es muy nutrido el sindicato de quienes se siente agraviados. Tanto que en los últimos tiempos es raro el acto público en el que participa el Presidente cuyos prolegómenos no vayan acompañados de pitadas y abucheos. El más reciente, en Alicante, a dónde Mariano Rajoy se desplazó para arropar a Luis Barcala recién nombrado alcalde de la ciudad. Una plaza recuperada por el PP merced al apoyo de una concejala tránsfuga de Podemos. Que Mariano Rajoy saliera de La Moncloa para dar solemnidad al hecho (excepcional en estos tiempos) de que el PP había recuperado una alcaldía, lanza una señal que arroja luz sobre lo apurado de la situación. No debería extrañar visto lo que dicen las encuestas y lo copioso del sindicato de agraviados.