Inteligencia política

Inteligencia política

Carles Puigdemont todavía puede parar el tren que se le viene encima. A él y a todo el gobierno autonómico que preside.
A falta de una semana para que tras su aprobación por el Senado el Consejo de Ministros aplique el Artículo 155 de la Constitución que entre otras muchas medidas faculta al Ejecutivo para destituir a todos los miembros del "Govern" de la Generalidad de Cataluña, todavía puede paralizar la maquinaria del Estado convocando elecciones autonómicas.
Es prerrogativa suya. Sí así lo hiciera, el Gobierno que preside Mariano Rajoy dejaría en suspenso la variada panoplia de medidas encaminadas a restablecer la normalidad democrática, el marco constitucional y el Estatuto de autonomía. En resumen: quedaría en suspenso la aplicación de un artículo de la Constitución cuya finalidad es garantizar el imperio de la ley .
Puigdemont, tiene, pues, la palabra. A sabiendas de que se encuentra en su propio laberinto. Entre Scylla y Caribdis. Presionado por un sector de ERC que a pesar de salir favorecidos en las encuestas dice no querer adelantar los comicios y chantajeado por las CUP, cuya decena de diputados tienen en sus manos las llaves de la mayoría parlamentaria.
No acaba ahí la cosa. Es sabido que ANC y Òmnium Cultural, entidades alimentadas durante años por las subvenciones oficiales y crecidas en los últimos días a raíz de la detención de sus líderes (los "Jordis"), presionan, a su vez, para que Puigdemont dé el paso definitivo hacia la confrontación declarando la independencia y proclamando la república.
Llegados a éste punto parece apropiado recordar a Salvador Espriu cuando escribió que al iniciarse la guerra civil se sentía republicano y partidario de una España federal ."Por tanto -añadía- ni deseaba entonces ni deseo ahora el enfrentamiento sino la concordia. Sufrí mucho espiritualmente -concluía- porque sufrí por ambos bandos".
Es el momento de la lucidez y de la inteligencia política. Dejarse arrastrar por los fanáticos es dar el paso que conduce al abismo. O al ridículo. Lugar del que, según solía repetir Josep Tarradellas, nunca se regresa.