El máster de Cifuentes

El máster de Cifuentes

La Roma de Julio César nos ha legado una sentencia que pese al correr de los siglos no ha perdido vigencia: "No basta que la mujer de César sea honesta, también tiene que parecerlo".
Trasladada al ámbito de la política remite a la honradez como pauta de conducta de aquellos personajes que se dedican a la gobernanza de las cosas del común. En los último días Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, se ha visto envuelta en un torbellino de sospechas por las presuntas irregularidades en la obtención de un máster en Derecho Público del Estado Autonómico impartido por la Universidad Rey Juan Carlos. Un torbellino político que debería aclarar cuanto antes porque corre el riesgo de ser arrastrada por el caso.
Hasta la fecha, ni las explicaciones, ni los documentos facilitados han despejado las principales dudas que suscita el asunto. La tardanza de la presidenta madrileña en comparecer ante la opinión pública -muy llamativa, dada su presencia habitual en los medios-, unida a la negativa (incomprensible) a presentar el trabajo que tuvo que realizar en 2012 cuando finalizó el máster, la verdad es que no ayuda a despejar dudas. Todo lo contrario: las siembra.
Sorprende lo mal asesorada que está en esté asunto. Clave, por cierto, para seguir en primera línea en una carrera política que incluía un horizonte que iría más allá de la Puerta del Sol, sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Tan allá, como para aparecer en las quinielas sucesorias que periódicamente se publican cuando los medios hacen cábalas acerca de los posibles sustitutos de Mariano Rajoy al frente del PP. Tiene don de gentes, gancho para salir en los medios y dispone de crédito político. También, todo hay que decirlo, cuenta con enemigos poderosos dentro de su partido. Algunos no perdonan que tuviera un discurso tajante contra la corrupción en casos como el de sus ex compañeros Ignacio González anterior presidente de Madrid o de Francisco Granados ex secretario general del PP que acabaron en prisión. Por eso, a la luz de las sombras generadas por el máster, no se entiende que no haya tomado la vía más rápida para de una vez por todas zanjar el asunto.
Habría bastado con acudir al Registro de la Universidad y pedir un certificado que acredite la hora y fecha en la que, como es preceptivo, presentó el trabajo de fin de máster. Un requisito imprescindible para poder acceder al examen oral ante el tribunal. Tan sencillo y tan rápido como eso. ¿Por qué no lo ha hecho? Sólo ella podría responder. Se echa de menos una rueda de prensa y una reflexión sobre la sentencia de César.