Batalla perdida

Los cuadros medios del PP miran al Gobierno con mirada de náufrago. Miran al cielo en pos de un discurso político. De una renovación aunque sea en clave lampedusiana. Una palabra nueva alejada de la rutina de los últimos meses: que si la recuperación económica ya está aquí, que si estuvimos a punto de ser intervenidos, que si la prima de riesgo rozaba la estratosfera, que si, en fin, gracias a la aplicación del Artículo 155 Cataluña ha vuelto a recuperar la normalidad y así hasta completar una y otra vez el mismo discurso que Mariano Rajoy viene repitiendo desde la campaña electoral catalana.
Lo que pasa es que el pasado 21 de Diciembre hubo elecciones y las ganó Ciudadanos (Inés Arrimadas) con una treintena larga de diputados y el PP se quedó en cuatro. Y mendigando apoyo para tener Grupo Parlamentario. Un descalabro sin precedentes. Nunca antes el partido que gobernaba en España se había visto reducido a ser fuerza marginal en Cataluña, una comunidad en la que viven más de siete millones de españoles.
Un desastre al que los estudios demoscópicos de intención de voto otorgan carácter premonitorio. Carácter de tendencia. Ciudadanos que es el socio que permitió a Mariano Rajoy seguir en La Moncloa está en alza y el PP en sus horas más bajas en muchos años. María Dolores de Cospedal, la secretaria general y ministra de Defensa, pone tierra de por medio desplegando una apretada agenda de visita a nuestros militares en misiones en el extranjero mientras Soraya Sáenz de Santamaría, presidenta de la Generalitat vía 155, calla y recela. El fracaso de la "operación diálogo" puede arrastrarla. Y los Feijóo, Cifuentes o Herrera miran hacia La Moncloa, pero en silencio. No se sabe si por la cautela que recomendaba la doctrina Guerra: "el que se mueve no sale en la foto" o porque dan por perdida la batalla. Si de los ministros se puede entender la discreción, de los cargos en la dirección nacional del partido resulta más difícil justificar su prolongado estado de afasia respecto de la crisis política que amenaza la propia supervivencia de la organización. Hace 35 años en las vísperas de su hundimiento, la UCD era una olla de grillos y familias peleándose mientras el PSOE de Felipe González avanzaba en las encuestas a paso de carga. Hoy mientras Albert Rivera se afana en organizar cuadros para presentar candidatos en todos los ayuntamientos y comunidades autónomas, el PP es un silencio doblado de sombría resignación. No hay precedentes.