Zorra

Según la machista interpretación del juez Juan del Olmo -antaño instructor del 11M- que un maltratador condenado llama a su esposa 'zorra' y le jure que la meterá en una caja de pino, no es un insulto sino una forma de poner en valor su astucia. Hay que ser retorcido y hay que tener ganas de retorcer la ley para afirmar que cuando alguien llama 'Zorra' a una mujer lo que esta describiendo es a un animal que debe actuar con especial precaución a fin de evitar riesgos. Claro que las palabras tienen sus acepciones y, efectivamente, en todos los diccionarios se encuentran varias de la palabreja: la descripción de un mamífero, la de persona astuta y hábil y también la de prostituta, incluso en algunos se hace la observación de que es una forma de insulto.

Sólo desde la intencionalidad más absoluta se puede utilizar una palabra -que todo el mundo sabe cuál es su significado común- para dar la vuelta a la ley y reducir la condena de un año de prisión a ocho días de localización permanente. Se da la circunstancia de que este maltratador ya había sido condenado anteriormente por violencia machista contra su mujer, y que llamó al hijo de ambos para que le dijera a su madre que dado que la justicia no hacía nada él se la iba a tomar por su mano 'que la vería en el cementerio, en una caja de pino'. ¿Qué más se puede decir para amenazar, amedrentar, humillar y atemorizar?

No sé que diría el juez si la amenaza se hubiera cumplido. Tal vez que la víctima se había dejado matar para demostrar su astucia, o se llegaría al absurdo de sentenciar que 'algo habría hecho para merecer un final así'. No es la primera condena que se revoca en la Audiencia Provincial de Murcia por violencia de género. Sólo en este año han sido nueve y todas ellas redactadas por el juez del Olmo ¡que casualidad!. En ellas se concluye que una patada en la pierna, un agarrón por el cuello, obligar a la pareja a beber insecticida, insultos como 'Hija de puta' o afirmaciones como 'a mí me van a meter en la cárcel pero antes te llevo por delante' no constituyen un delito de violencia de género, si acaso unas leves faltas por lesiones.

Cuando un día sí y otro también se producen asesinatos de mujeres a manos de su pareja, cuando nos hemos dotado de leyes a favor de la igualdad y contra la violencia de genero, cuando hacemos esfuerzos ímprobos por desterrar de esta sociedad ese machismo repugnante de hecho y de derecho que se agazapa bajo múltiples y camaleónicas formas, lo mínimo que podemos exigir es que quienes se encargan de hacer justicia cumplan con su obligación y no minimicen el problema. No sé si la reacción del juez hubiera sido al misma si hubieran llamado zorra a una mujer poderosa, a una política de altos vuelos o si alguien hubiera descrito con esa expresión a su madre, hermana o esposa en la sala de un Tribunal, pero me atrevo a decir que su vara de medir hubiera sido muy distinta.

Lo que resulta bochornoso es que a la vez que pedimos a las mujeres que den el paso, que no se resignen, se atrevan a decir 'no', que denuncien a su maltratador ante los primeros indicios, luego los tribunales se posicionen a favor del verdugo y no de la victima. El terrorismo machista no se combate sólo con leyes, sino con educación y con acciones ejemplares y ejemplarizantes y la actitud del juez del Olmo es de todo menos eso.

¿Quién juzga al juez cuando se equivoca? Esa es la eterna pregunta para la que los bienpensantes de siempre tienen la respuesta inmediata: el Consejo General del Poder Judicial, es decir otros jueces. El problema es que ese órgano, tan corporativista y tan politizado, es tan lento y tan benevolente con sus colegas que rara vez se tiene la sensación de que se ha hecho justicia. Lo de este juez machista clama al cielo pero ¡claro! sus colegas prefieren mirar hacia otro lado...