Niños abandonados a su suerte

Niños abandonados a su suerte

Los datos deberían golpear las conciencias y encoger el corazón. Es la cifra de la vergüenza que nos ha aportado el informe de UNICEF: Cerca de 50 millones de menores de todo el mundo han abandonado sus hogares por razones de fuerza mayor. Más de la mitad, cerca de 28 millones, están huyendo de situaciones de violencia extrema o guerra abierta y en la actualidad, uno de cada 200 niños y uno de cada tres menores que reside fuera de su país es un refugiado.
El asunto más dramático es que los niños representan un "porcentaje desproporcionado y creciente" de todos los desplazados y suponen casi la mitad de todos los refugiados que hay en el mundo. Además, cada vez hay más menores que cruzan solos las fronteras, de hecho, en el 2015 por ejemplo unos 100.000 niños no acompañados solicitaron asilo en 78 países, el triple que en año anterior. No hace falta ser un experto en la materia para deducir que los menores que viajan sin compañía están muy expuestos a sufrir explotación y abusos por parte de contrabandistas y traficantes de personas, por no hablar de la cantidad de niños desaparecidos de los que no se tiene ningún rastro o del grave retroceso que para los pequeños supone este drama también en el terreno de la educación. De hecho en el informe se concluye que los refugiados tienen cinco veces más probabilidades de no asistir a la escuela que el resto de menores. 
El asunto de este drama humanitario está lleno de preguntas sin respuesta. Hace solo un año todos nos conmovíamos con esa foto de Aylan, el pequeño de tres años que murió ahogado en las playas de Turquía junto a su madre y a su hermano. La foto avergonzó al mundo, pero pronto se quedó en ese lugar de la indiferencia donde habita el olvido. ¿Cuántos niños han muerto desde entonces y a nadie parece importarle lo suficiente?. Una vez que se retiraron los focos y la noticia fue perdiendo interés, también se borró lo que escondía aquella imagen que abrió los telediarios de todo el mundo.
También no hace mucho se levantaba la voz de alarma porque al menos 10.000 niños refugiados, que viajaban solos, habrían desaparecido nada más llegar a Europa, según estimaciones de la Europol. La pista de la mitad del total de niños desaparecidos, que sí fueron registrados al entrar a Europa, se perdió en Italia, donde al menos 5.000 menores no acompañados escaparon de la supervisión de las autoridades y quedaron a merced de una "infraestructura criminal paneuropea", una organización de criminalidad enormemente sofisticada que ha fijado su objetivo en los refugiados. Además otros muchos menores se han borrado de la faz de la tierra en lugares que deberían haber sido de acogida.
El drama de los niños perdidos, abusados, abandonados, sigue siendo uno de los muchos temas tabú que esta sociedad avanzada y adinerada se niega a afrontar abiertamente. Los casos son tantos y tan vergonzosos que se suelen esconder entre estadísticas y cifras, como si así desapareciera un problema. El asunto es que no desaparece aunque todos con nuestro silencio cómplice hagamos invisibles a estos pequeños, la parte más vulnerable de cualquier sociedad que todos deberíamos proteger. La condición humana es así: primero nos conmovemos cuando ocurre un caso como el de Aylan y tantos otros sin nombre, nos escandalizamos y decimos que se nos agarrota el corazón cuando vemos las imágenes de esos pequeños refugiados en pleno invierno pasado hambre y frío a la intemperie. Nos avergonzamos al conocer esos sucesos de infancias rotas, de niños abusados de una y mil formas. Sentimos asco y rabia y luego pasamos esa terrorífica página hasta que otra estadística u otra noticia vuelve a golpear las conciencias. Al final, sea resignación o indiferencia el resultado no cambia y es vergonzoso.