Desheredados

Hace poco leí un pequeño editorial suelto en el País donde bajo el nombre de "una pequeña revolución" se hablaba de dos historias sencillas. Un padre que deshereda a dos hijos que no querían saber nada de él y una madre a quien le faltaron recursos cuando más lo necesitaba, porque su hijo le había engañado para que le donara sus inmuebles. Se decía, con acierto, que pese a una legislación civil muy proteccionista de la herencia, el Supremo había confirmado en ambos casos es que los hijos desheredados lo fueran conforme a derecho.
Cada vez es más habitual, desgraciadamente, que los hijos de ancianos, tengan hacia ellos un trato abusivo cosa bastante vergonzosa . No hablo sólo de casos de maltratos físicos o psicológicos, sino de una sociedad que no sabe qué hacer como sus viejos, cuando la esperanza de vida es cada vez mayor. Me es imposible imaginar porque un hijo cruza la raya del mínimo respeto no sólo filial sino hacia un ser humano y se convierte en un maltratador de quien le ha dado la vida. No hay ninguna circunstancia, ninguna, que pueda justificar este tipo de violencia hacia personas tan vulnerables, máxime si son de tu propia sangre.
La crisis, el paro y la precariedad laboral han podido sobrellevarse de otra manera gracias a la generación de nuestros padres y no son pocos los abuelos que con su pensión se han visto abocados a dar de comer a sus hijos y nietos. Esa generación que vivió la guerra fratricida del 36 y la siguiente, nacida en la postguerra, han dado muestras sobradas de su generosidad especialmente en el ámbito familiar.
Sin querer prejuzgar a nada ni a nadie y por supuesto desde el desconocimiento de determinadas situaciones familiares, no entiendo por qué un padre no puede desheredar a su hijo si lo considera oportuno. Las familias han cambiado muchísimo desde que, a finales del siglo XIX se implantó en España la legislación que protege el derecho a heredar, salvo excepciones fundada en la tradición como es el caso de Navarra o el normativas específicas como ocurre en Cataluña. Es cierto, como sostenía el periódico, que el blindaje de la legítima tenía sentido cuando la esperanza de vida no llegaba ni a los 40 años. Ahora lo tiene mucho menos ya que la mayoría de las muertes se producen entre septuagenarios o octogenarios, con hijos que deben ser capaces de mantenerse por sí mismos, más allá de la situación complicada del momento.
Un hijo que no es ni respetuoso ni generoso con sus progenitores, sobre todo en casos donde es evidente el abuso de confianza, no puede pretender luego recibir compensación alguna. En nuestro país hay muchas, muchísimas estadísticas con cifras de la vergüenza, pero el aumento de denuncias por maltrato a los mayores es una de las peores de todas. No es política ficción que cuando llega el periodo vacacional se incrementa el número de ancianos que ¿casualmente? se pierden o aparecen en gasolineras porque para sus familiares son un estorbo en sus planes.
Un acto así no merece que esos hijos sean desheredados. Bienvenidas sean estas sentencias que permiten que hijos que no merecen ser tales ni se comportan como tales no sean encima premiados.