"Gudaris" del infierno

"Gudaris" del infierno

Esta vez la reacción del Gobierno frente a una de las últimas manifestaciones del extremismo nacionalista, vasco en este caso, no ha sido la de un notario que se limita a recordar la necesidad de cumplir la ley.
Hay pasión y compasión en la declaración institucional del Gobierno que, entre otras cosas, nos invita a recordar a las víctimas del terrorismo. Una a una. "En la singularidad irrepetible de sus vidas arrebatadas".
Del texto, acordado en Consejo de Ministros y leído por Mariano Rajoy, se desprende la contundencia del recado a quienes quieran oír y entender. A saber: el adiós a Eta, escenificado en Cambó-les-Bains (Francia) no es la oportunidad de celebrar nada sino de recordar muchas cosas. Y ninguna buena porque forman parte de nuestra memoria amarga.
Medio siglo de la reciente historia de España. Memoria ultrajada por el asesinato, la extorsión, el chantaje, el secuestro y la humillación del diferente.
Del grupo nacionalista hoy por hoy hegemónico en el País Vasco, el PNV, prefiero quedarme con la síntesis verbal del lehendakari Urkullu, básicamente alineada con la doctrina oficial, sin entrar en detalles: "Desaparece la amenaza, pero no el recuerdo de las victimas". Véase como piadosa excusa para no comentar la presencia de su partido en la escenificación llevada a cabo este viernes en la Aquitania francesa.
Ochocientos cincuenta y tres asesinatos contemplan el historial de Eta en nombre de la patria vasca. Ochocientos cincuenta y tres personas cruelmente asesinadas a las que debemos "recuerdo y homenaje", como reza el comunicado de Moncloa, haciendo extensiva la apelación a quienes sobrevivieron a la violencia terrorista y siempre cargarán con el trauma.
Por cuidada que estuviese la puesta en escena de la disolución de la banda, no hay forma de justificar la barbarie de estos "gudaris" del infierno.
En cualquier caso, la puesta en escena destinada a blanquear la negrura etarra no da pie a corear a los verdugos sino a compadecer a las victimas. Solo puede ser vista como ocasión de homenajear a quienes la sufrieron, directa o indirectamente, vivos o muertos a día de hoy.
Solo faltaba que, tras la estrepitosa derrota de Eta, desactivada a lo largo de una larga, penosa y paciente labor de las fuerzas policiales, en nombre de la Democracia y el Estado de Derecho, fuera la sufriente sociedad española la que tuviera algo que agradecer al activismo totalitario de unos criminales que, además, no consiguieron ni de lejos ninguno de sus objetivos.