Y ¿qué hacemos con el cadáver?

Y ¿qué hacemos con el cadáver?

Volvemos a estar dándole a la matraca de la Memoria Histórica. O a la carraca. Ya saben, ese instrumento escasamente musical que avisaba del paso de las procesiones de Semana Santa; el mismo y enorme que resonaba en los días de niebla, desde lo alto de la Torre Berenguela de la catedral de Compostela, para guiar a los peregrinos perdidos en medio de ella. Lástima que la matraca esta a la que nos referimos no acabe también por guiarnos en medio de la confusión en la que, pese al tiempo transcurrido, todavía seguimos viviendo.
La verdad es que no resulta muy gratificante el hecho de pensar en que somos el segundo país del mundo, después de Camboya, en número de fosas comunes. Tampoco es como para estar orgulloso; pero ya sabemos que, este del orgullo, es con la envidia uno de nuestros pecados nacionales. 
Los alemanes, que organizaron el horror con exactitud germánica (no podía ser de otro modo) conservan sus cámaras de gas, sus hornos crematorios, los restos del muro que los dividió, las huellas de las bombas o de los disparos que los hirieron, o con los que hirieron, y los enseñan a sus hijos y también a sus visitantes. No lo hacen ni por orgullo, ni por soberbia, sino para poder tener siempre presente a dónde puede conducirnos la condición humana y evitarla. No hicieron lo que hicieron por ser alemanes, sino por ser humanos. 
Nosotros también hicimos lo que hicimos, en una brutal Guerra Civil, porque el ser humano, que es capaz de la mayor grandeza, lo es también de la más horrenda abyección de modo que gestos de grandeza y abyectos horrores se dieron en los dos bandos enfrentados. ¿Alguien lo duda? ¿Lo discute alguien?
Si esto es así, si nadie lo duda, ¿por qué razón todavía andamos con la matraca o con la carraca disonante y ahora discutimos si queremos sacar al General Franco de su tumba? Seguramente porque una cultura no desaparece de la noche a la mañana y nuestra relación con nuestros muertos es profunda y arraigada.
Es difícil perdonar los paseos y los linchamientos habidos de un lado y otro. También lo es que no aceptemos, en el fondo de nuestras conciencias, que en los estados de guerra los ánimos se desborden y suceda lo que todos sabemos que sucedió entonces. ¿Quién debe pedir perdón primero? Alguien tendrá que hacerlo si queremos que sea cerrado de una bendita vez el caso y ver la herida convertida en cicatriz.
Superada la Guerra Civil, ganada que fue por el General Franco, cuenta el desparecido Lord Hugh Thomas en su libro “La Guerra Civil Española”, que éste firmó, en los primeros años de la paz duramente conseguida, ciento noventa y tantas mil sentencias de muerte, conmutadas muchas de ellas por las de cadena perpetua de modo que, habiendo ganado la guerra, no supo ganar la paz. No supo, no pudo o no quiso. El caso es que la perdió. Perdió la paz. Ahora, mientras alguien de la derecha española con suficiente autoridad moral, no se disculpe y pida perdón en nombre de toda ella por los excesos habidos, no habrá paz en nuestras conciencias. Y si, acto seguido, alguien de la izquierda, revestido de idéntica o equivalente autoridad moral no hace lo mismo en nombre de ella, seguirá coleando el tema, seguiremos dándole a la matraca y la carraca sonará cada vez de modo más horrísono.
¿Será suficiente con que eso suceda, con que esos arrepentimientos y esas solicitudes de perdón se produzcan? Es casi seguro que no. Serán necesarias dos cosas más. Será necesario autorizar a los familiares de los victimados, de un lado y de otro, para que le den a sus restos las sepulturas que estimen oportunas eliminando al tiempo todas las fosas comunes del país. Si hay dinero para salvar bancos también debe haberlo para salvar conciencias, incluida la colectiva. Entre esas fosas se deberá incluir también la de la basílica del Valle de Cuelgamuros, conocida como el Valle de los Caídos. Esa es la primera cosa.
La segunda es que, a partir de ese momento, la Guerra Civil Española sea objeto de estudio en todos los planes de enseñanza que puedan ir surgiendo al ser aceptados por unanimidad y consenso. Ya se sabe lo dados que somos a reformarlos cada pocos años. Será entonces indispensable que su enseñanza parta del hecho cierto de la barbarie colectiva en la que nos vimos todos envueltos, por un lado, y, por otro, que parta también del reconocimiento de que nadie fue más bárbaro que el otro, o merezca más comprensión o más disculpa el ánimo de unos que el de otros. Solo así eliminaremos, siquiera en parte, posibilidad de que, como seres humanos que somos, podamos volver a varar en idéntico escollo.
¿Y con el cadáver del General, qué hacemos? Es de suponer que a muchos no le guste lo que voy a decir, pero yo lo dejaría en donde está, en su tremenda soledad, una vez que a su alrededor no quede ni un solo resto mortal más, ni de los suyos, ni los que se opusieron a él. Después desalojaría a los frailes que allí viven, desacralizaría el recinto y lo convertiría en un centro de estudio de las Humanidades y en el monumental archivo de todos los documentos habidos sobre todas las guerras civiles habidas por el mundo entero. Desacralizado el recinto, encima de la tumba del general, colgaría una reproducción del retrato que le hizo Tino Grandío.