Viaje rápido a Madrid

Viaje rápido a Madrid

Si las vías del ferrocarril existentes entre Ourense y Zamora estuviesen como están las que llevan de Ourense a Coruña, Galicia no sería la que es. Sería otra. Lástima que todavía no lo sea porque, de serlo, sería posible acercarse a la capital del reino, comer y dar vuelta para cenar en casa sin padecer las tensiones del avión, el paso por el detector de metales y las incomodidades propias de unos asientos que tienen de ergonómicos lo que yo de sacerdote tibetano.
Viaje rápido a Madrid. Llego y me instalo en las filas altas del gran salón de actos del Tribunal Constitucional. En el gallinero que se decía antes. Los palos altos, de cualquier gallinero que se precie, suelen ser los menos sucios. Los de las primeras filas son los más alborotados, digámoslo así, ocupados que están por pájaros y aves que fueron de altos vuelos y han emprendido ya el tiempo de dedicarse a los rasantes. 
Sentarse en las filas de los lugares físicamente elevados y distantes, hacerlo en esas alturas, es la única garantía posible de que nadie te haga descender de ellas cambiándote de sitio. Se oye bien y se ve bien, de modo que puedes otear la feria de las vanidades, esa hoguera fría, en la que devienen los más de los eventos importantes.
Por allá abajo anda Pepe Bono, saludadoriño nato que es y locuaz contertulio del profesor Osborne, también dueño de un tupé que para sí quisieran otros. Al señor Bono es a quien más se le ve. Sonríe. Es un hábil saludador. Va siempre sonriente, de aquí para allá; seguido de un fotógrafo que inmortaliza sus saludos. Los demás a su lado parecen gente sería. Hay ministros y ex ministros, pero no se les ve tanto. Se ve que los talentos nunca están igualmente repartidos.
Estamos por allí bastantes gallegos, unos por razón de sus altas responsabilidades, otros como consecuencia de sus afectos personales. Cándido Conde-Pumpido jura hoy como magistrado del Tribunal Constitucional. Como esto no es una crónica de sociedad no les daré nombres, tan sólo que allí estaba todo el mundo que podía, debía y quería estar; aunque es de suponer que alguien se quedaría sin poder asistir; de hecho el salón estaba lleno y gente hubo sentada por el suelo y en los escalones que conducían al gallinero desde el que se podía ver todo.
El acto de toma de posesión de los nuevos magistrados fue iniciado por una intervención del presidente saliente, leída que fue con voz firme y pausada, serena, por quien abandonaba el cargo y daba cuenta, sucinta y clara, de la labor desarrollada. Pérez de los Cobos, a quien servidor no le había visto nunca la barba, logró interesar a la audiencia de un modo que no suele ser el acostumbrado en este tipo de festejos. Escucharlo fue una buena ocasión para volver a creer en algo. Ex militante del Partido Popular no tuvo empacho en inducir, desde su alta magistratura, a las instancias del Estado a que dialoguen políticamente y de una vez sobre la realidad política que se está viviendo en Cataluña haciéndolo no solo desde el amparo legal que sirve para sacar las castañas de este magosto colectivo en el que podemos acabar quemándonos, sino desde el riesgo político en el que también arda el gobierno. Lo hizo sin señalar a nadie y sin dar nombres, no era necesario. Con elegancia y discreción inusuales, con firmeza en la voz y serenidad de ademanes. Ojalá haga escuela.
De allí nos fuimos al Café Varela. Ya les tengo hablado a ustedes de las comidas que, de vez en cuando, celebramos allí un grupo de gallegos de nación, algunos de adopción, de vocación otros, por derecho de consortes algunos más, de modo que como sigamos así vamos a tener que establecer un numerus clausus o incluso expedir unos certificados de ciudadanía voluntariamente concedida y entusiásticamente aceptada. Ya lo hicimos hace años y la experiencia siempre enseña algo; en este caso que no hay que precipitarse.
Cuando empezaron las audiencias reales de escritores y otras gentes de vivir apresurado, antes de que esas recepciones se fuesen desbordando de actores y cantantes, de estrellas de esto y de lo otro, cuando todos éramos algo juancarlistas y el monarca no ofrecía trazas de llegar a dimitir por tirarle a un elefante y, al parecer, tirarse a una señora rubia y elegante, entonces, solíamos los gallegos acogernos a la hospitalidad de Manolo Domínguez en su restaurante Combarro. Allí acudíamos García-Sabell, Filgueira Valverde, Carlos Casares y aún algún otro acompañados siempre de un gallego consorte, con moita sorte, al que le llegamos a entregar un hermoso pergamino en el que los abajo firmantes le reconocíamos su cordial vocación de gallego. Hace años que dejó de ejercer. No creo que haya vuelto a cenar igual de bien.
El caso es que nos fuimos al Café Varela, como tantas otras veces y sin necesidad de convocatorias ni reales no institucionales, sino tan solo a instancias de la amistad o del afecto. Solo así es posible coincidir allí gentes tan distintas y sin embargo nada distantes entre ellas. Acto seguido de vuelta al tren y ahora, ya descansado, esta crónica de unas horas apuradas.
En el tren se lee muy bien. Al ir para allá me leí una de las biografías que ya han sido editadas este año con motivo de la dedicación del Día das Letras Galegas a Carlos Casares. Debo decir que me defraudó en exceso. No tanto por las imprecisiones, algunas y de no excesivo bulto, como por la recurrente insistencia en hablarnos de los libros de Casares con lo que más que una biografía personal el libro es un ejemplo de historia de la literatura aplicada a un solo autor. ¡Vaya por Dios! 
Al regreso vine leyendo la conferencia que José Manuel Romay Becaria pronunció al amparo del Grupo TYPSA en lugar y sitio de los que no tengo idea. La conferencia se titula “Los populismos y la sociedad abierta”. Romay es presidente del Consejo de Estado y persona muy próxima al Partido Popular... si no es que lo inventó él. No hace mucho, el Consejo que Romay preside se pronunció de modo semejante o más bien equivalente a como acaba de hacerlo el presidente del Tribunal Constitucional. Tranquiliza pensar que hay políticos y magistrados que piensan y actúan con la claridad y libertad, dueños que son de la misma independencia intelectual con la que Romay lo hace.
Bien cierto es que la verdad va por barrios, incluso esa post verdad de la que tanto nos da ahora a todos por hablar. Sucede que, cuando me entere bien de lo que es, se lo explicaré aquí para que se enteren los despistados como yo que siguen creyendo que obras son amores y no buenas razones.