El tío de Casares y la hostia

El tío de Casares y la hostia

El wasap, es decir, uno de esos inventos que confirman que nadie da duros a cuatro pesetas o, dicho de modo más actualizado, euros a precio de dólares, me trajo en esta mañana de domingo, en una más de las que suelo dedicar a escribir lo que ustedes han de leer siete días más tarde, un vídeo que no consigo creer que no sea un montaje. A raíz de él lo que sigue.
En la Facultad de Derecho compostelana, hace ya muchos años, suficientes como para que sea mejor no empezar a dar nombres, hubo un curioso profesor del que no daremos el suyo; total, para qué. Baste con recordar que, en tiempos post bélicos, a alguna y especial gente, le había sido relativamente fácil licenciarse en esto o en aquello quizá en razón y como premio o compensación de los servicios prestados durante la contienda a quien habría de salir vencedor de ella.
De la obtención de una licenciatura a la impartición de esta o de aquella asignatura en la condición de profesor auxiliar o de cualquier otra semejante no debía de ser muy complicado dar el salto. El caso es que, el profesor al que venimos aludiendo, una vez licenciado en Derecho por “la breve” -que tal era como se denominaba entonces a la especialidad así cursada- acabó siéndolo, acabó siendo profesor. Y por ser famoso. No era para menos.
Era él el que afirmaba, con total solemnidad, que “si el ladrón salta por la ventana, o viceversa” al tiempo también solía afirmar que “la culpa de que descarrilen los trenes suele tenerla el último vagón, así que para que no se produzcan más accidentes ferroviarios lo que debe hacerse es suprimir, precisamente, el último vagón”. Y se quedaba tan ancho.
Son muchas las anécdotas de esta índole que se le atribuyen, algunas más sé pues tengo amigos más o menos de mi edad que fueron sus alumnos, pero tampoco es cuestión de insistir en este tipo de recuerdos. Lo haré, de todas formas, con el que me vino a colación con el vídeo que el maldito-bendito wasap acaba de poner al alcance de mis ojos.
En una ocasión preclara le peguntaron al eximio profesor cuál era el tanto por ciento de aprobados obtenido por los componentes de uno de los cursos que él había impartido aquel año a lo que él respondió todo lleno de razón y lo suficientemente indignado: “¡El tanto por ciento, el tanto por ciento! ¿Cómo esperan que se lo diga si ustedes sólo son sesenta?”. Vayamos al vídeo.
El vídeo que acabo de recibir vía wasap recoge una intervención parlamentaria del presidente del Gobierno de España en el que se puede ver al prócer afirmando, con total solemnidad que, en los presupuestos del Estado, un 63% por ciento de ellos está destinado a gastos sociales, un 26% a pago de pensiones, un 14% a sanidad, un 9% a Educación, un 8% a otros gastos sociales y un 6% a prestaciones por desempleo, lo que sumado arroja que un 126% de los al parecer muy elásticos presupuestos generales del Estado son empleados en estas atenciones colectivas y todavía quedan sin reseñar partidas como las dedicadas a Defensa que también tendrán su importancia como es¡ de desear y cab3e esperar de gente seria.
No hay noticias de que ningún asesor, ningún redactor de discursos presidenciales haya sido cesado en sus funciones una vez que hubo dejado en ridículo al jefe del ejecutivo central poniendo en su boca afirmaciones tan peregrinas como las que el video deja en evidencia. Volvamos de nuevo a las anécdotas.
Carlos Casares, el gran polígrafo gallego de la segunda mitad del pasado siglo XX, solía contar la sucedida a un tío suyo, cura en una parroquia cercana a Ourense, en la celebración de la primera misa de uno de aquellos curas que lo fueron también por la breve. El misacantano era un protegido del tío de Casares que había sido quien lo había inducido a la ordenación sacerdotal en vista de la enorme calidad humana que lo distinguía casi tanto como lo que se podría considerar su cortedad de luces.
El caso es que llegó el día de la primera misa y el tío de Carlos, como era de esperar, asistió a ella. Llegado el momento de la consagración, el nuevo sacerdote se inclinó sobre el altar dispuesto a alzar la Sagrada Forma con toda la solemnidad propia del caso. La campanilla tañida por el monaguillo dio los toques de rigor, pero el oficiante siguió inmerso en sus emociones sin proceder al alzamiento de modo que el monaguillo volvió a repetir el toque… con los mismos resultados.
Todavía hubo de sonar un par de veces más el toque que convocaba al recogimiento de los fieles ante el misterio de la transubstanciación antes de que el tío cura de Carlos Casares, empezase a avisar en voz baja al oficiante:
-¡Pepe!
Pero Pepe continuaba absorto, quizá sumido por la emoción que lo embargaba, pero quizá también sobrecogido por el misterio de que fuesen sus propias palabras las que, por decisión divina, transubstanciasen lo que era pan y lo que era vino en el cuerpo y en la sangre de Jesucristo.
-¡Pepe! ¡Pepe! ¡Consagra!
Pero Pepe permanecía en lo que parecía un trance místico, hasta que repetido otra vez su nombre en voz tan alta que fue oída por toda la concurrencia, Pepe giró la cabeza hacia el tío de Casares y pregunto:
-¿Qué?
-¡Consagra!
- ¿O qué?
-¡A Hostia!
-¡Xa a comín!
Casares nunca contó, yo no se lo oí, si Pepe siguió meditando o si continuó o no la liturgia hasta el “Ite misae est”. Perdónenme a mi ahora los lectores que deje en sus manos la decisión de si Mariano le dio al redactor de su discurso lo que, los más de los lectores y este escribidor de ustedes, estamos pensando que se merecía (una cariñosa obleíta, por lo menos) porque lo que si resulta evidente es que, a estas alturas, todavía sigue vigente el acceso ”por la breve” a la condición de asesor presidencial, algo a todas luces sin remedio.