Soy escritor porque soy lector

Soy escritor porque soy lector

Es casi seguro que a la mayoría de los lectores les importará un comino que recuerde el hecho de que mi abuela materna era deliberadamente despistada con las lecturas de su nieto, pero esa es la verdad. Afirmaba que si yo no entendía lo que leía acabaría por abandonar la lectura y que, si lo entendía, era porque ya podía leerlo.
Tal consideración quizá se debiese a que ella fue una devoradora de novelas. Solía madrugar para sentarse a leerlas y se sentaba a hacerlo después de haber encendido el fuego en una de aquellas cocinas que unos llamaban económicas y otros bilbaínas; es decir, una cocina de leña que se consumía ardiendo debajo de una plancha de hierro, en un hogar que se tapaba con unas arandelas productoras de un espantoso ruido si se retiraban con algo de salero, algo que a mi abuela le sobraba. A esas horas impropias del amanecer, en vez de despertarme con el canto de un gallo, que también, o con las campanadas de la capilla de las Adoratrices, solía hacerlo con el ruido de las malditas arandelas de la cocina de mi abuela resonando mientras ella se dedicaba a preparar el desayuno y empezaba a aviar la comida del medio día. Esa era la disculpa. Ella se levantaba para leer.
En casa de mis padres tampoco había problema de modo que apenas leí literatura infantil o juvenil y entré de lleno a leer “El conde de Montecristo” o “Crimen y castigo”, por citar dos novelas de las que más me impactaron porque otras hubo que tuve que dejar para más tarde; “Guerra y paz”, por ejemplo Dicho ahora pudiera resultar normal el hecho de que un niño leyese esas novelas, pero no pocas de ellas estaban en el Index, en el Índice, y su lectura constituía un pecado mortal de necesidad según la doctrina de la Iglesia. Ya apenas nadie recuerda estos que hoy parecen pormenores pero, en aquellos tiempos, incluso la lectura de la Biblia estaba prohibida; de manera que las personas formadas debían contar con la asistencia de un sacerdote que las guiase en ella.
En casa de mis padres tampoco se tenía en cuenta esa circunstancia y, de hecho, había varias ediciones de la Biblia que no contaban con el nihil obstat que venía al principio del libro y suponía la autorización de su lectura. El caso es que yo leí mucho desde niño y que quizá ese hecho ayudó no poco a que no empezase a estudiar en serio hasta llegar a sexto de bachillerato una vez ya en Pontevedra en casa de mis padres.
Soy escritor porque soy lector y soy lector porque tanto mi familia paterna como la materna estaban compuestas por gentes que leían aunque este hecho -en tiempos en los que parecía que para ser escritor o eras de origen proletario o no lo eras- más bien complicase algo las peripecias del oficio. Pero a lo que íbamos. Eran tiempos en que todo era tomismo puro y duro. Un catedrático de Filosofía que no fuese tomista era más raro de lo que hoy nadie se imagina. Hablar de Duns Scott, por ejemplo, el gran sabio franciscano al que yo admiré y admiro tanto, era entonces pocos menos que pecaminoso. 
Al recordar todo esto se impone la recordación de los tiempos juveniles de los que somos de mi edad, de nuestra lucha, de la lucha de los más de entre nosotros, por la consecución de las libertades de prensa, de reunión, de cátedra, de fe e ideología, incluso de la establecida por los derechos laborales de los trabajadores, por las cimas que alcanzamos y por el descenso que ahora padecemos en todas ellas, incluidos estos últimos derechos, más amparados en tiempos del General que en estos de la corrupción generalizada. ¡De que mundo venimos y a qué mundo llegamos!
Nuestra juventud, la de los de mi edad, la del bachillerato y también la de la carrera, aunque de esta no conserve los mismos afectos que de aquel, se trató de un viaje que fue ilusionado hasta llegar a empezar a ser decepcionante. Partimos de un mundo oscuro, llegamos a una época bastante más luminosa y ahora estamos en un nuevo crepúsculo… este ya vespertino y último.
La verdad es que, para tal viaje, no necesitábamos alforjas en las que transportar ilusiones vanas, ajenos a que la condición humana es la que es. No sigamos por este camino que incluso podríamos ofrecer unas conclusiones que, hace nada, juzgaríamos reaccionarias y que hoy empiezan a no parecérnoslo tanto. Y eso sería tanto como reconocer que nos equivocamos. ¿Lo hicimos? ¿Nos equivocamos? Creo que no. Lo que hicimos fue algo así como enamorarse, cada uno de nosotros, de una bella dama que acabará por abandonarte después de haberte desplumado. Pero con todo y con eso, con ese desplume, mereció la pena: fuiste feliz mientras la amabas y vivías en la ensoñación que todo enamoramiento implica.
Pues así la democracia, esa hermosa amada, tan infiel, que lleva en sí misma el germen de su propia decrepitud y acaba siempre por atender las demandas de los más macarras y perdularios de entre nosotros ignorante de que la recordación de los tiempos ilusionados es lo que nos mantiene vivos, más aun si sabemos que a la vuelta de cualquier esquina puede estar esperándonos de nuevo otra ilusión a la que entregarnos. La vida siempre sigue. ¿O no?