Somos animales repetitivos

Somos animales repetitivos

Pronto se nos vendrá encima diciembre; si Dios y Trump no lo remedian, así será de modo irremediable. Tengo confianza en que Dios, de momento, nos deje algo tranquilos; pero de Trump no puedo afirmar lo mismo, me produce cierta desconfianza, cierto desasosiego. Este hombre es capaz de cualquier cosa. El problema es que Mrs. Clinton, esa dama sonriente y fría, también me causaba cierta desazón. Y no digamos lo que podremos acabar por sentir si extendemos la contemplación al entorno inmediato.
Desde que se estudia menos literatura y van a menos las clases de historia, las gentes hacen muchas menos prospecciones en su entorno más inmediato y viven, casi siempre, más tranquilas y ajenas a lo que se les pueda venir encima. ¿De que otra forma, si no, se entienden los resultados de las últimas votaciones? Pero hablábamos de diciembre.
En unos pocos días más, si no lo están ya, se encenderán las lucecitas de la Navidad; con ellas iluminados, volveremos a discutir si será mejor dejarles los juguetes a los niños a lo largo de la llamada Noche Buena o si lo preferible será esperar a que lleguen los Reyes Magos, esa tradición incierta. Los más versados discutirán si en los países nórdicos es San Nicolás el encargado de estas encomiendas y que si Papa Noel o si Santa Klaus y que si tal y qué se yo, en este y en aquel sitio y que si los renos del carro se llaman Xan o Perillán. El hombre es un animal repetitivo.
Por qué disfrutaremos tanto con la reproducción de lo ya sabido es algo que la mayoría ignoramos y que, por si no fuese suficiente con ello, no estamos muy dispuestos a interrogarnos al respecto. Tanto es así que incluso una nueva melodía suele sorprendernos negativamente. Tanto que es necesario que la escuchemos, hasta la extenuación y repetitivamente, hasta que resultemos abducidos por ella, hasta que acabemos seducidos, de modo que empecemos a tararearla siguiendo su ritmo y su cadencia sin esfuerzo. En ese momento la juzgaremos espléndida. Pues así con Trump. Esperen y verán.
¿Qué otra explicación hay si no para que contemplemos extasiados las persecuciones automovilísticas de las películas norteamericanas que la de que siempre sean la misma, idénticos los ruidos de los motores, semejantes las aceleraciones, iguales los derrapes y frenazos? Nos sentimos seguros ante la falta de sorpresas, nos intranquiliza lo inesperado, deseamos que las cosas se sucedan de acuerdo con pautas previamente conocidas y aceptadas de antemano.
¿Cuántos villancicos más aprendimos desde que asimilamos los memorizados en la infancia, integrándolos en el área de nuestros afectos encontrados? Ellos son a la navidad lo que las canciones de Georgie Dann eran al verano. ¿Se acuerdan? Podían tratar de la barbacoa o de la cerveza, pero siempre eran la misma canción, idéntica la alegría que siempre contagiaban, siempre el mismo ritmo… al menos así se nos ofrecen ahora en el recuerdo. 
Hoy regresa aquella de Casatschok. ¿La recuerdan? “Otra vez el invierno ha llegado / otra vez el fuego has de encender / su rigor que se lo lleve el infierno / nada hay amigos que temer” aunque a lo mejor también la murmurábamos en medio de las tardes calientes del verano. El caso es que de nuevo nos amenaza la rutina navideña, la entrañable rutina navideña que proclama paz entre los hombres de buena voluntad, nos impone el consumo de las tabletas de turrón y nos hará cantar aquello de mira como beben los peces en el río, beben y beben y vuelven a beber. No se consuela el que no quiere. Y mientras Trump, solo en la Casa Blanca una vez desalojada de ella una familia negra, al fin y al cabo un blanco es un blanco, echará de menos el bollo suizo de por las mañanas y acaso el niño que lo acompañó en el triunfo.
¡Ah, la alegría de la Navidad, construida a base de canciones! ¿Se acuerdan de aquella, tan llena de esperanza, que confirmaba que la nochebuena se viene, la nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más? Oírla y volvernos existencialistas, algo muy mal visto en los años cincuenta por aquello del muy sartriano “El ser y la Nada”, era todo uno: nos entraba la angustia existencial y pasábamos amargados y entristecidos, angustiados, el resto de la noche.
Nos acercamos temerariamente a diciembre y aquí nadie osa decir nada. Gastaremos el dinero del que carecemos y cinco millones de habitantes -de esta España que al parecer mejora tanto y crece tanto como no lo hace en mayor medida que ningún otro país de Europa- no podrán encender la calefacción porque no podrán disponer del dinero con el que han de poder pagarla. Quizá sea hora de empezar a plantearnos qué entendemos por España y qué pintan en ella los españoles, qué es la Navidad y a cuántos comprende en sus alegrías, a cuántos en sus tristezas.