El salto de la puñetera liebre

El salto de la puñetera liebre

No sé a ustedes pero a mí, los tiempos actuales, me están asustando un poco, más bien diría que un bastante. Lo están haciendo, al menos, en una medida suficiente como para que me decida a confesárselo a ustedes, mis lectores de los jueves.
El caso es que, echando mano de la cantinela de aquella zarzuela titulada "El rey que rabió" -hagan memoria: música del maestro Chapí y letra de Vital Aza, si lo recuerdo bien- "por los síntomas que ofrece el animal, puede estar hidrófobo o puede no lo estar". Y ahí vamos.
El caso es que, el animal humano, es decir, usted, yo, mis entrañables compañeros del Instituto del Posío decididos a celebrar la vida en el chat de WhatsApp instituido a tal efecto e incluso al contrario, como sugieren tantas veces en las que parecen dispuestos a morderse, el animal humano, les decía, está que muerde.
No es que las redes sociales -casi una contraditio in terminis pues las redes no suelen ser paradigma alguno de libertad- nos hayan liberado sino que nos han acercado de un modo que se diría peligroso. No es que estemos más sueltos, más libres que antes, qué va. La sensación que me producen, la imagen que la contemplación de esas redes me provoca, no es la de una enorme bandada de perros juguetones o de potros trotadores dispuestos a retozar al aire libre de las praderas más hermosas. No. Ni mucho menos.
La imagen que las redes me sugieren es la de otros tantos perros, que no tienen que ser necesariamente de palleiro, atados debajo del hórreo familiar que, poco a poco, ha ido aproximándose a cientos o a miles de otros hórreos, cada uno con su correspondiente animal debidamente atado, de forma que se ladren, unos a otros, ofreciéndose mordiscos pero sin que, de momento, sus dentelladas puedan alcanzar nunca los pescuezos de los otros perros.
Todo es una enorme algarabía, un mercadeo de ideas y sensaciones, de buenas y de malas voluntades, expuestas cada vez de modo más agresivo de modo que el animal humano, que "puede estar hidrófobo o puede no lo estar" acabará por armar la de Dios es Cristo una vez que una cadena se rompa y la vorágine desencadenada implique a verdaderas jaurías dispuestas a todo.
Las imágenes no son reconfortantes, ni mucho menos, pero los estados ambiente, los estados de opinión que se están creando justifican, al menos en gran parte, lo que aquí se dice o se comenta. No poca de la gente de mi edad, cuando ve a una viejecita, llevándole las raspas del pescado y los restos de la comida, a una bandada de gatos callejeros, la primera asociación que hace consiste en pensar que la viejecita es una bruja y que mejor será cambiar de acera no sea que te vaya a echar el mal de ojo. Tanto es lo que fuimos prevenidos acerca de esta imagen de las mujeres que viven solas y son amantes de los gatos.
El puritanismo que invade nuestras calles y colapsa esas redes llamadas sociales lo hace (en más ocasiones de las necesarias) de modo tan insidioso como el de las viejas de aquella infancia lejana. Por eso no es difícil imaginar que se avecinan cambios. Lo difícil es averiguar cuáles, cuándo y cómo serán estos. Pero cambios sí que va a haber de acuerdo con la vieja afirmación de que, por donde menos se espera, suele saltar la liebre.
Marx, en cuyos aniversarios andamos, vaticinó que sería en aquellos países más industrializados en donde el proletariado llevaría a cabo la revolución socialista pues tales eran los síntomas que ofrecía el animal humano que habitaba en ellos. Ni la Rusia de los zares, ni la China de entonces, ni Vietnam, ni Cuba, por citar algún que otro ejemplo, eran otra cosa que países esencialmente agrarios. La puñetera liebre salta siempre por donde menos se le espera. Europa, la Europa de Copérnico, de Colón o de Newton estuvo ocupada por una multitud fanatizada y radical, llena de prejuicios, de viejecitas amantes de los gatos, de brujas que habrían de morir asadas en hogueras y, sin embargo, esa Europa, fue el lugar en el que habría de enraizar el sentido de la libertad y la tolerancia que nos han traído hasta donde estamos. Eso, al tiempo que puede ser que, a partir de aquí, sea cuando pasemos a ser como las sociedades turca o egipcia de entonces en las que convivían las religiones y las más humanas tendencias de un modo insospechable en la Europa coetánea y, sin embargo, ya vemos cómo están ahora. A veces es como para pensar que las sociedades tolerantes, los estados democráticos, llevan en si mismos el germen de su propia destrucción; la maldita liebre dispuesta a saltar por donde menos se la espera.
Quizá sea hora, más hora de lo que nunca hasta ahora, de limar asperezas y de aunar criterios, entreteniéndonos poco y discrepando menos en los asuntos de verdadera importancia, impidiendo que nos gobiernen los sentimientos al tiempo de potenciar que la razón y el pensamiento sean los que nos motiven y guíen. Todo antes de que la rabia nos invada por completo y de que podamos salvar las escasas distancias que nos separan matándonos a mordiscos al no ser conscientes de que una enorme manipulación ha sido ejercida sobre nuestras conciencia colectiva bajo el señuelo de que era la libertad la que se nos estaba ofreciendo.