Las rotundas de Sara Montiel

Las rotundas de Sara Montiel

Comprenderán mis lectores, al menos así lo harán aquellos que sean más compasivos, que el horno tradicional no esté para grandes coceduras de ningún tipo. El bochorno generalizado empieza ya a parecerse al famoso pirulí de La Habana… aquel que siempre se chupa y nunca se acaba.
Recién masterbatizados, fuimos introducidos en el crematorio y no bien habíamos sido suficientemente embadurnados con crema antiarrugas a esgalla surgió el doctor Granados y dijo aquello de que "si buscas venganza, cava dos fosas" para recordarnos que las frases más celebres de la filmografía patria no son nada al lado de la elocuencia chulapona de la que hace gala el infrascrito. Pero algo de razón seguro que no le falta. 
De ahí a zambullirse el país entero en el análisis de una sentencia que constituye toda una tesis en sí misma, una tesis compendiada en poco menos de cuatrocientas páginas que al parecer dejan en evidencia no tanto a un grupo de jueces como a todo un sistema legislativo incapaz de ponerse al día prefiriendo mantenernos a todos al dictado de unas leyes promulgadas a la luz de una sociedad que ya no existe, pues esta se ha transformado (y lo que te rondaré, morena) solo media una mirada triste. 
Todo ello, el horno que no está para bollos, la legislación en la que nos hornean y la inmensa desolación del ánimo colectivo, ha conseguido que de lo único que me apetezca hablar sea de la rotundas excrecencias mamarias que, en Campo de Criptana, luce la estatua de una nativa de aquellas tierras de molinos y vientos, no solo de relieve sino también de convención térmica, conocida que fue en el mundo como Sara Montiel.
¡Qué rotundidad mamaria la de la actriz que dotó al cuplé de una fascinación de la que nunca anteriormente había disfrutado! No creo que permitan reproducirla en Facebook así que tendré que describírsela a ustedes con la minuciosidad debida. Fraguada en bronce, la figura de la diva (¡que lo fue!… no se olviden de ello) camina de modo que su mirada se extiende, clara y lejos y más allá del horizonte, mientras su melena, que el viento dibuja con hechuras leoninas, flamea en dirección contraria a la de su marcha. Sara Montiel, la diva, avanza, apenas veladas sus pudendas partes por una especie de paño mojado que recordar pudiera a los que trabajó Fidias en la Grecia clásica, en tanto que el resto de su cuerpo se ofrece a la intemperie y a la sorprendida mirada del conductor que entra en Criptana a primera hora de la mañana sin suponer siquiera que sería la reproducción de aquella pequeña, hermosa e inteligente mujer quien habría de estar dispuesta a recibirle luciendo d etal guisa lo que tan malamente queda ya descrito y que más rotundamente llama la atención del visitante: la esférica perfección y el volumen de los pechos de la estatua, tanta y tanto que ni el fallecido doctor Ivo Pitanguy habría tenido nada que objetar; es más, la misma Sara quedó tan agradablemente sorprendida que al parecer exclamó: "¡Caramba! Ignoraba que las tuviese tan bien puestas".
Sin duda que, los lectores más benevolentes, han de comprender esta distensión del ánimo, tan preferible a la de una nueva descripción de la realidad ambiente. Entre un autobús lleno de extranjeros, desplazados hasta Campo de Criptana dispuestos a contemplar los molinos de viento -incluido el llamado "El Culebro" que contiene algo así como un museo de la diva- pero detenidos delante la estatua que les digo, entre ese autobús, y otro igualmente lleno de corresponsales extranjeros dispuestos a contarle al mundo cómo cocemos por aquí las habas, espero que prefieran la presencia de la primera invasión por mucho que a la mayoría acabasen por caérsele las babas.
Siempre sospeché que nosotros, los gallegos, tan amantes del pensamiento proyectivo fuésemos considerados algo paranoicos. Ahora hace tiempo que sospecho que los españoles tengamos, ya que no un pensar, sí un sentir escindido, una doble personalidad que nos lleva al disfrute de la vida, por una parte, a la vez que a la deserción de lo que se podría definir como la dignidad colectiva; por la otra, una deserción que incluso nos lleve a disfrutar observando cómo nos describen aquellos que nos visitan o nos conocen.
Algo debe de haber que nos empuja, de un modo que se diría ineluctable, a ofrecernos como ejemplo tanto de lo que es un buen vivir cómo del modo en el que, ese buen vivir, somos capaces de transformarlo, de un momento para otro, en todo lo contrario, en el paradigma de una mentalidad que ya fue abolida por el tiempo pero que permanece en nosotros de un modo tan impropio como indeseable. ¿Qué es lo que nos pasa? Un tráfico de influencias como el habido en los másteres de la UJC, sus falsificaciones y componendas, sus mentiras y sus verdades a medias, no consiguen lo que un par de botes de crema. Un ministro ofreciendo medallas a policías extranjeros para que estos las rechacen, otra ministra ofreciendo medallas a la Virgen, cuatro más cantando a voz en grito que son novios de la muerte, todo ello y todavía más, hace que pensemos en que, en vez de un consejo de ministros, tenemos a los niños del coro dando la cantada. Se entenderá que estén volviendo los tiempos del cuplé y que este escribidor opte por la vera efigie de Sara Montiel desafiando al viento de la historia que nunca o casi nunca sopló como nos lo contaron sino como lamentablemente sigue haciéndolo.