El reino del disparate

El reino del disparate

La de cosas que habrán sucedido entre el pasado jueves, cuando dejé escritas estas líneas, apresuradas a fuerza de mucha indignación y poca sorpresa, y este de hoy en el que están viendo la luz! Habrán pasado muchas cosas, sin duda; sin embargo, la memoria de las cosas no ha de haber variado mucho. Y a eso vamos.
Parece ser que Felipe González comentó que, en sus tiempos y pese a lo que habían hecho en Euskadi, habían obtenido más diputados que los ahora logrado por los socialistas vascos en sus recientes elecciones. Ignoro en lo que estaría pensando el ex líder del PSOE y actual líder de opinión, en el momento de emitir su aserción, pero intuyo lo que sí habrán pensado y recordado los conocedores de las tropelías de los GAL. Fue a partir de ellas cuando se inició el declive del Partido Socialista Obrero Español, tocado de ala y en vuelo atolondrado y rasante desde entonces, el mismo declive y no otro que dio paso a la formación del Trío de las Azores y la Guerra de Iraq al abrirle paso a José María Aznar como presidente del Gobierno de España. 
Después del fracaso de Almunia, la reincorporación del PSOE a las tareas de gobierno solo fue posible gracias a la torpeza de Aznar y de su gobierno en la gestión de los atentados de Atocha, consistente en atribuir al terrorismo vasco lo que era evidente que se debía al terrorismo islámico. Rodríguez Zapatero, posiblemente, casi seguro, no hubiese sido presidente del gobierno de España sin esa torpeza inicial mantenida por la que la continuó al acusar el PP, durante años, al partido socialista de una conspiración para lograr el poder. Zapatero llegó al él no por la fuerza de su partido, debilitado desde mucho antes, sino por el castigo que el electorado infligió al Partido Popular. Tuvo Zapatero una primera legislatura que nos hizo levantar la paletilla del orgullo patrio cada vez que salíamos al mundo y una segunda en la que despilfarró todo el prestigio acumulado en la primera al insistir en negar la existencia de una crisis que ya empezaba a ahogarnos a todos. 
¿Qué hacía Felipe mientras tanto? Posiblemente aupar a Rubalcaba a la secretaría general del partido, si no se recuerda mal, después de haber ayudado a llevarse a Borrell por delante. Rubalcaba practicó una política que se podría equiparar a la puesta en práctica por Santiago Carrillo durante la Transición, positiva y de agradecer por los españoles, una política de Estado en el caso de Carrillo que significó la práctica desaparición de su partido. No en el de Rubalcaba, al menos de momento pues hizo lo mismo pero con una diferencia. Mientras Carrillo abría un camino de concordia a la mayoría del pueblo español Rubalcaba cerraba otro de asentamiento y recuperación de su propio partido que llegó así a manos del actual secretario general del PSOE que lo era el pasado jueves y que quién firma intuía que, a estas alturas, era posible que ya hubiese dejado de serlo. Ojala no haya sido así.
Pedro Sánchez, surgido al amparo de un acuerdo entre líderes socialistas, incorporó a su equipo nuevos dirigentes que, como él, estaban limpios de polvo y paja, ajenos a la corrupción que salpicaba no solo a otros líderes de otros partidos sino también a la que afectaba a otros del suyo propio. Y siguió los mandatos que los órganos de su partido decidieron. Parece ser que esto no gustó ni a Felipe, ni a otros líderes regionales o ya en pleno retiro, quienes aprovecharon los fracasos electorales de los socialistas gallegos y vascos, también de los catalanes, para dar el golpe que han dado. Esos fracasos en absoluto fueron debidos al secretario general, sino consecuencia de políticas anteriores y de estrategias iniciadas en plena euforia felipista; por ejemplo, la actitud del líder carismático con Fernando González Laxe durante su mandato como presidente del gobierno de Galicia, el posterior apoyo a Fraga, un apoyo nunca deparado a Laxe, nunca, en ninguna ocasión, pese a que la política seguida durante su mandato habría de significar la mayor obtención de diputados lograda nunca por los socialistas gallegos.
De aquellas aguas viene estos lodos. Lo curioso es que lo que ha servido para cuestionar a Sánchez haya valido para asentar a Rajoy, igualmente fracasado en Euskadi y Cataluña de un modo tal que, el fracaso de su política en tales pagos, nos está deparando a la ciudadanía española el enorme conflicto surgido en esas dos de las tres nacionalidades históricas con que se ilustra el mapa político español. No así en la tercera, en Galicia, en donde Alberto Núñez Feijoo, les guste a unos o les disguste a otros, ha seguido la política de imbricación en la realidad cultural gallega iniciada por Manuel Fraga Iribarne, en su momento, sin contar con el gran contento de Aznar; de la misma manera que ahora no ha de estar contentando mucho a Rajoy si bien lo piensa y reflexiona en el hecho de cómo su partido en Galicia ha enfocado le proceso electoral que, ironías del destino, está sirviendo para que él pueda celebrarlo.
Todo esto sigue siendo válido, pese a todo lo que haya podido suceder a lo largo de esta última semana y hayan ganado unos o sucumbido otros, se vislumbre por fin la posibilidad de un gobierno o se afronten ya unas terceras elecciones. El caso es que es muy probable que sigamos viviendo en el reino del disparate, aferrados a una Constitución que se nos quedó obsoleta y prisioneros de todos los vicios políticos y partidarios gestados durante tantos años. Durante demasiados años.