Los políticos profesionales

Los políticos profesionales

Aun a sabiendas de estar siendo todo menos original, voy a permitirme recordar que, a estas alturas, ya está todo el pescado vendido… pese a hacer días que fue pescado y sus vísceras ofrezcan un cierto y nauseabundo olor que a nadie debería agradar.
En otras áreas culturales –disimúlenme, por favor, el hecho de que lo exprese así; pero es que cada vez me cuesta más esfuerzo escribir país, nación, patria o estado, pues tan manoseados en exceso se me ofrecen tales términos- en otras áreas culturales, les decía, el hecho de que unos diputados carcas unan su voto a los de los diputados progres –otro inciso, discúlpenme de nuevo la terminología empleada; pero es que, si pongo diputados tories y laboristas, igual me llaman ustedes anglófilo y, servidor, pese a todos los pesares sigue siendo hispanófilo por lo quedaría feo- el hecho de que unos voten con otros no implica nada vergonzoso, tampoco nada prohibido. ¿Saben por qué? 
Pues porque los diputados tienen que rendir cuentas, en la circunscripción por la que fueron elegidos y hacerlo ante sus electores que, si no se sintieron representados con su voto, a la vuelta de las próximas elecciones, decidirán que, al tal diputado incumplidor de sus promesas electorales, lo va a votar la santa madre que lo trajo al mundo. Resumiendo, los representantes ciudadanos, los diputados, tienen que seguir la línea marcada por sus votantes.
Esta línea así fijada puede no atenerse en diversas ocasiones a la que marque el partido por razones siempre contemplables, pero es consecuencia de que haya sido en el diputado en el que el elector depositó su confianza en vez de hacerlo en el partido. Cuando esa confianza se deposita en el partido puede suceder que los puestos directivos hayan sido tomados al asalto por una infame patulea de funcionarios y fontaneros, educados en las escuelas de verano; por una patulea compuesta al efecto por profesionales de la política, detentadores de un poder al que no están en absoluto dispuestos a renunciar, y pueda pasar lo que pasó, está pasando o esté a punto de pasar. ¿Lo que? Pues que un régimen, en un principio democrático, devenga en una partitocracia, en una dictadura de partidos. Hace un cuarto de siglo cuando este servidor de ustedes escribió cosas así le llamaron de todo menos bonito. Es de esperar que ahora se lo llame menos gentes pues no ha de faltar quien lo haga.
Vivimos en una dictadura de partidos. El militante está para pegar carteles, pagar cuotas y hacer lo que se le mande. ¿Qué es eso de que el militante piense? ¡El militante actúa! ¿Y el diputado? ¡Ah, el diputado! El diputado dice lo que manda el jefe. ¿Y quién es el jefe? 
Para no meterme con la derecha, que es la que manda y aquí hay que seguir comiendo, pongamos el ejemplo de la izquierda en declive. Cuando el jefe es Felipe, el partido sigue una línea y, cuando es José Luís, el partido sigue otra, que no coincide casi en absoluto con aquella; al tiempo que tampoco va a hacerlo con la que imponga Alfredo cuando le siga. Dicho de otro modo, la izquierda no es la misma según quién la dirija y según el tiempo vaya transcurriendo y los jefes y los jefecitos se vayan instalando en la profesionalización del político deliberadamente iniciada v bajo los auspicios de Alfonso y Fernando, tanto monta, monta tanto. 
O dicho por la derecha y sin ánimo de señalar: ¿Es el mismo partido el dirigido por Don Manuel que el que estuvo en manos de José María y esta ahora en las de Mariano? Respuesta: es de suponer que no.
Quizá esa profesionalización del trabajo político estuviese bien avenida con los albores democráticos. Entonces, quienes se ocupaban en ella en la política, tenían dos procedencias claras. Venían unos de la clandestinidad, acostumbrados a defender desde ella una serie de valores en lo que lo primordial era el interés colectivo. Nadie en su sano juicio podía defender intereses personales militando en un partido clandestino y, por lo tanto, ilegal y reprimido. ¿Cuáles podrían ser estos? Ganar unas bofetadas, un exilio, la cárcel o también algo peor? Tenían capacidad de entrega, creían en lo que hacían, cometían errores, claro, pero estaban al lado de la gente, al lado de sus electores y fueron los militantes quienes hicieron rehicieron los partidos. Eso por un lado. Por el lado desde el que la Transición, que ahora ya sabemos que más bien se trató de una Transacción, se hizo posible gracias a renuncias varias que ahora sabemos contantes y sonantes.
¿Y por el otro? Por el otro, quienes dirigieron la transición, fueron gentes llenas de la consciencia de que era improrrogable el plazo de finalización de la dictadura y poseedoras de la de la conciencia y de generosidad históricas necesarias para renunciar a los privilegios conseguidos por derecho de conquista. Entre unos y otros, entre estos y aquellos, fueron sabedores de que había que darle consistencia y duración a la labor política. Fueron Fernando Abril Martorell y Alfonso Guerra quienes tramaron la urdimbre de la profesionalización de la política. Lo hicieron sin darse cuenta de que deberían preveer un periodo de vigencia, un momento en que el que tal propósito serviría para enquistar en los aparatos de los partidos personas dispuestas a todo con tal de conservar sus puestos de trabajo. Las leyes pueden tener caducidad y de hecho son muchas las que la tienen por la sencilla razón de que las sociedades evolucionan y lo que es bueno hoy es malo mañana. Pero la condición humana es siempre la misma. Por eso las leyes y no pocas costumbres tienen su ocaso.
Con independencia de lo que haya pasado en los últimos días, de lo que esté pasando en estos o de lo que pueda acontecer en los por venir, resulta necesario y urgente la introducción de reformas en las leyes que nos rigen. Llevamos cuarenta años de una democracia a la que, teniéndolo, nadie se atrevía a ponerle apellido alguno. Ahora ya sí nos hemos atrevido y le llamamos democracia representativa sin apreciar en la medida de lo conveniente que sí lo es, pero más que para el conjunto de los ciudadanos, para los cientos de personas que representan los intereses de los aparatos partidarios antes que los de la ciudadanía; los de ellos y los de las personas a ellos asociadas, esos cientos de miles de asesores, consultores y demás que habitan en la estancias del poder en una proporción no superada en ningún lugar de la Unión Europea a la que tanto nos ufanamos en pertenecer.