Nos comemos el papel del periódico

Nos comemos el papel del periódico

Hace ya unos cuantos días que una cadena de televisión emitió uno de esos programas en los que dos o tres reporteros intrépidos viajan a lugares exóticos y sirven para que estos lo pasen bomba degustando los productos locales, vistiéndose con las ropas propias de los habitantes del lugar y haciendo chistes sobre la idiosincrasia del pueblo en el que se hallen. Imagínense el juego que, en tales aspectos, puede dar el País del Sol Naciente que, si no fuese porque nosotros vivimos en el País del Sol Poniente y somos tan relativistas o más que los japoneses, sería la ocurrencia tonta que dejaría ahora en el aire de forma algo más contundente de esta en la que lo estoy haciendo.
En los años ochenta del pasado siglo vino por Galicia el extraordinario periodista que fue Feliciano Fidalgo. En la terraza del Gran Hotel de A Toxa mantuvimos una larga conversación que reprodujo en el suplemento dominical de “El País” y me trajo algún que otro quebradero de cabeza cuando, más adelante, FF publicó un reportaje sobre que formó parte de una serie de ellos sobre las autonomías españolas. En él se refirió a la militancia del BNG en unos términos que, los de tal formación política, atribuyeron a mi inducción. Craso error. Yo no lo había hecho. 
Pero el caso es que la intención primera no iba por ahí, sino porque viendo el reportaje del que les hablé al principio, recordé que, lo que sí le dije a FF hablando del relativismo común, fue que ellos eran los gallegos del sol naciente y nosotros los japoneses del sol poniente. Una ocurrencia tan mala como la del párrafo anterior, qué le vamos a hacer. Pero que a él le sirvió para planteársela a los primeros japoneses que se le pusieron delante. La respuesta que obtuvo de ellos fue de una contundencia atroz. Le respondieron: “Depende…” y luego lo miraron en silencio mientras escrutaban su reacción. FF era de El Bierzo, lo que constituye otra de las formas de ser gallego y se sonrió sin decir nada. Pero tomó nota.
Nota la tomé también yo viendo el reportaje y recordando que, en una de las ocasiones en las que estuve en Kyoto, me contaron la peripecia intelectual de un embajador de España visitante de uno de los santuarios budistas que hay allí. Los monjes dispusieron que fuese el considerado más sabio de entre ellos quien atendiese a tan alta y representativa autoridad y así se hizo.
Lo primerito que preguntó el señor embajador, llevado de toda la curiosidad intelectual que podía moverlo, no fue nada relacionado ni con el tempo, ni con la cultura, sino con el celibato de los monjes budistas. Al responderle que ellos se casaban con absoluta normalidad, el diplomático se sorprendió sobremanera: “¡Cómo! ¿Es que ustedes se casan?. “Sí, nos casamos”. “¡Pues los sacerdotes nuestros no se casan!”. “Pues, ya ve, nosotros sí nos casamos”. Le volvió a responder el monje y la conversación siguió por esos derroteros (que me abstendré de calificar por respecto a la diplomacia española) hasta que el agudo intelectual que era el entonces nuestro embajador le preguntó al monje: “¿Y Buda, es Dios?”. “No, Buda no es Dios”. “¡Anda, pues Jesucristo sí es Dios!”. “Pues Buda no”. “¿Entonces, si no es Dios, qué es?”
El monje, llegado ese punto, fue algo más explícito: “Imagínese que está usted perdido, en medio del océano, en plena noche, a bordo de un pequeño bote de remos, sin saber qué hacer. Ha oído que, al sur, hay una pequeña isla; en ella todo es placidez y calma, sosiego y paz, pero el cielo está encapotado y usted no puede orientarse. Entonces decide que es mejor no remar; hasta que oye el chapoteo de otros remos y se comunica con tripulante del otro bote, al que tampoco puede ver y que también quiere ir al sur. Durante unos minutos usted rema siguiendo el ruido que produce la boga de su breve compañero de viaje, hasta que deja de oírlo y abandona de nuevo el esfuerzo que supone el seguir remando. Y sigue a oscuras en medio de la noche. Pasado un tiempo empieza el amanecer y al ver surgir en el horizonte un resplandor, primero, y una luz después, deduce de inmediato en donde está el este, donde el oeste, y por lo tanto en donde el sur. Ya sabe hacía donde remar. En ese momento, ya orientado, usted puede decidir si rema hacia esa isla o incluso si no rema y se queda en medio del mar sabiendo que puede que no llegue nunca; incluso si quiere remar en otra dirección en busca de otras tierras. Bien, pues Buda es esa Luz que orienta hacia esa isla de la que todo el mundo habla, en la que todo es placidez y calma pero que nadie llegó a ver. Buda no es Dios, es una Luz que orienta”.
Mientras me lo contaron, un ciervo todavía joven, un bambi del monasterio, se acercó a nosotros y se entretuvo en comer el periódico que yo llevaba en la mano. Pensé entonces en el embajador y me abstuve de hacer comentario alguno. Tampoco lo haré ahora. La religión nos hace como somos y determina no pocos de los hábitos que rigen nuestras vidas. Pero existen otras realidades de las que también se alimenta nuestro espíritu y, en ocasiones, es posible que nos estemos comiendo el papel de periódico que es la vida, ajenos por completo a toda la información que contiene de modo que estemos formulándonos preguntas, como las de ese embajador de España, que reclaman respuestas como la que el monje le dio al eminente diplomático. Pero no nos las dan en esos reportajes de la televisión.