No todo el mundo tiene que triunfar

No todo el mundo tiene que triunfar

Aveces, no pocas veces, uno se pone a pensar, a cismar, que decimos en gallego acaso recordando lo que es un cisma, una separación entre aquello que nos fue grato y aquello otro que más negativamente nos haya impresionado.
Estos días, no sé por qué extraña razón, me acordé de un estancia en lo que entonces, allá por el 2011, se escribía Qatar y ahora se debe escribir Catar; en ese pequeño país en el que el mero hecho de ser ciudadano suyo implica una renta mensual de seis mil dólares y el uso gratuito de una vivienda. Amén de otra ventajas como la de que si te duele una muela y quieres venirte a Madrid para que te la saquen aquí, tu país corre con los gastos. ¡Ay, qué pena no ser catarí en estos casos!
Sin embargo esas consideraciones no se extienden a los trabajadores extranjeros, paquistaníes musulmanes incluidos, hacinados en contenedores cuando no trabajan en las obras, o cuando duermen fuera de ellos agobiados por un calorf insoportable.
De lo que más me lleva impresionado en mi vida se me ofreció en Catar al enterarme de que, las mujeres de los embajadores occidentales, acababan de tener una reunión, una más de las cíclicamente convocadas con el fin de establecer ayudas a esos trabajadores cuando, desahuciados a causa de una enfermedad, de un cáncer por ejemplo, no eran repatriados y sí en cambio despedidos de sus empresas de forma que deambulaban por las calles, como espectros, o como perros abandonados, esperando la agonía que sin duda les esperaba. ¿Cabe mayor falta de compasión y de solidaridad en el reino de la opulencia?
En los momentos de recordar realidades como esta es cuando uno agradece el hecho de vivir en una sociedad que, con todos los defectos que tiene, dispone de medios para atender realidades como la que se acaba de recordar. ¡Pobre del centro hospitalario que rechace a un niño por el hecho de no estar incluido en el Sergas porque es hijo de emigrante no muy legalizado! 
Vivimos en una sociedad que incluso cuando la administración pública no puede hacerse cargo ni de todos los ancianos, ni de todos los dementes o de todos los desgraciados consumidos por la droga, siempre hay a mano una fundación privada que los acoja y acomode bajo su protección y amparo. ¿O es que no es así?
En la vida no todo el mundo triunfa, ni todo el mundo tiene por qué hacerlo; al menos si consideramos que el verdadero éxito no consiste en ser un profesional de prestigio y adinerado sino en estar a gusto con uno mismo y con los suyos y poder tomarse una cerveza y aceitunas por la tarde..
Quiere decirse que hay distintas capacidades y empeños y que no todo el mundo puede ser magistrado o científico, concejal de obras públicas (aunque a veces parezca que sí, que sí se puede), médico o cualquier otra profesión que depare prestigio social y satisfacción personal. En nuestra sociedad hay gente que es feliz porque ha llegado arriba y hay gente que también lo es porque su capacidad no los impulsó a tanto o porque su realización personal está acorde con su capacitación intelectual y esa felicidad se la depara una ocupación sencilla, pero tan útil y necesaria como cualquier otra; por ejemplo, ocuparse en mantener limpios de hojas y aseados los distintos parques públicos. sucede así cuando la capacitación intelectual indica ese rango laboral y no otro.
Por eso es encomiable que, entre la presidencia de la Diputación y de la Alcaldía ourensanas, se esté fraguando la ocupación de un colectivo de personas muy capacitadas para realizar el trabajo de limpieza que desarrollaban en la empresa en la que estaban empleados y que tuvo que cerrar como consecuencia de la crisis; un colectivo que ahora afronta la segunda mitad de las vidas de sus componentes sin la seguridad de la que antaño disfrutaron.
No debe ser fácil el empeño de presidente de los diputados ourensanos, ni el del que lo es de los concejales de la capital de la provincia, pues tendrán que decidir mejores ocupaciones para quienes actualmente desempeñan las que venimos citando y que es casi seguro que, quienes ocupan tales puestos de trabajo, son pero que muy capaces de desarrollar otro de mayor responsabilidad y rango cuando no el de dirigir el del colectivo del que tan poco implícitamente se está hablando.
Por todo eso somos muchos los que estamos esperando la conclusión del caso en la certeza de que no han de ser defraudado nadie. Ourense tiene que destacar en todos los ámbitos en los que lo está haciendo, pero no solo en esos. Nuestra solidaridad y nuestra simpatía no deben estar dirigidas, únicamente, a los más valiosos de nuestros conciudadanos sino a la totalidad de estos con independencia de sus condiciones personales. Y eso, siendo responsabilidad de todos, compete, en mayor medida que a nadie, a los políticos que nos gobiernan una vez que hayan recibido tal encargo gracias a los votos de la ciudadanos.
Cerca de cada uno de nosotros hay, siempre, alguien capaz de desarrollar un trabajo y necesitar sobrevivir cuando le falten sus mayores. No importa si votan o a quién lo hacen. Importa que son nuestros. Después ya atenderemos a los otros.