¡Si lloviese como antes llovía!

¡Si lloviese como antes llovía!

Eran los tiempos de Mariano Medina y del barco meteorológico. Su posición aparecía indefectiblemente señalada en el mapa del tiempo que ilustraba el pronóstico emitido después del telediario. Una letra, la K; un circulito que la envolvía y luego isobaras por aquí, isobaras por allá, girando casi siempre en torno a él. La tele entonces era en blanco y negro y los triangulitos azules de los frentes fríos no se ofrecían azules, ni los semicírculos de los cálidos eran rojos. Todo era en blanco y negro. La vida misma era en blanco y negro. 
Sucedió así mucho antes de que desapareciesen como han desaparecido los tales circulitos, los azules triángulos. Ahora, los pronósticos del tiempo que se nos ofrecen en la tele están dedicados, única y exclusivamente, a informarnos del tiempo que va a hacer. Pero antes había un cierto afán didáctico y los llamados hombres del tiempo -Mariano Medida el primero, Toharía quizás el último de ellos- pretendían enseñarnos a predecir por nosotros mismos si deberíamos salir, o no, con paraguas a la calle. Entonces todos éramos meteorólogos en potencia.
El barco K llegó a ser un barco mítico, entre fantasmagórico y carcelario, lejano, siempre envuelto en nieblas y zarandeado por el oleaje. Nadie conocía su silueta, nadie la sospechaba, todo él anclado en medio del océano, soportando los temporales del invierno, avisándonos del anticiclón de los veranos… al que Medina se refería siempre como el Anticiclón de las Azores. Y lo era cada vez que se suspendía sobre ellas, como si fuese el vuelo de un albatros.
Entonces los ciclones aún tenían nombres femeninos, solo femeninos. No se les había llamado, todavía, ciclogénesis explosivas y, eso de la gota fría, era aún un descubrimiento a realizar pues, de aquella, a las lluvias torrenciales del Levante español, eran consideradas tan solo como una consecuencia de las lluvias estacionales del otoño; las mismas que regresarán cualquier día de estos. Esperemos que con suavidad extrema, aunque lo dudo.
El “Covandoga”, además de transportar pasajeros de una orilla a otra del Atlántico, era también un barco estación meteorológica. Lo segundo que había que hacer al empezar una guardia en su puente –lo primero era conocer y comprobar la posición del barco en el momento del relevo- era una minuciosa observación meteorológica para que los radiotelegrafistas la enviasen de inmediato a Madrid a fin de que allí elaborasen los partes correspondientes. Eso en caso de buen tiempo. Si la cosa se complicaba había que enviarla cada dos horas; a cada hora si la cosa estaba fe y cada media hora si es que se ponía fea del todo.
Entonces los partes del tiempo eran exactos únicamente cuando daban cuenta de lo que había sucedido y muy inexactos en lo referente a lo que podría suceder en las próximas veinticuatro horas. A bordo procurabas advertirlo a base de considerar la presión atmosférica y la temperatura del aire componiendo lo que, sino recuerdo mal, se llamaba el diagrama de Gachons, pero lo cierto es que he buscado en Google al tal Gachons y no lo he encontrado por ningún lado. A lo mejor no se llamaba así. ¡Ah, la memoria, como se ausenta cuando llega la vejez!
El caso es que pasé varias veces cerquita del barco K, pero nunca llegué a verlo. Ahora, la noticia de que se va a poner en órbita un nuevo satélite meteorológico, algo así como otyro K, pero en espacio, al que tampoco veré nunca, un satélite que permitirá hacer precisiones con exactitud y seis días de antelación, ha vuelto a ponerme los pelos de punta como hace nada me los pusieron las gotas frías, las ciclogénesis explosivas y los ciclones con nombres masculinos, acostumbrado que uno estaba a que los aires airados y las iras desatadas fuesen siempre asunto femenino; ya saben, cosas del machismo imperante y ramplón en el que fuimos educados.
Sin embargo el asunto no es ese, sino el de qué vamos a hablar en el futuro si es que los humanos no estamos ya condenados al silencio. El recurso de hablar del tiempo al coincidir con alguien en el ascensor se nos va a ir al traste, por si no fuera suficiente con el refugio de concentrarse en la pantallita del móvil para eludir el dar los buenos días al vecino o facilitar la observación de las piernas de sus preciosas hijas. Se avecina una humanidad muda, silenciada. Allá se nos van los huevos a Santa Clara, las rogativas hace tiempo que ya no se celebran, y el mundo empieza a ser un conjunto de seres aislados que se concentran en la observación de las pantallas de plasma. ¡Ah, si volviese a llover como antes llovía, de modo inesperado y no siempre torrencial! Entonces volveríamos a ponerles nombres a las lluvias, ya saben, a eso que ahora le llaman precipitaciones.