La polivalencia gallega

La polivalencia gallega

Casi, tan solo casi, estoy por empezar de nuevo con la matraca forestal; es decir, por renovar la cantata de los arbolitos que me rodean y que, este año, tan sólo este año, están de un color que sobrecoge; tan hermoso se ofrece en la mayor parte de ellos.
El otro día se me olvidó referirme a un arce de color rojo que, ahora, gracias a la lluvia, refulge de un modo que se diría portentoso al recortarse sobre el gris plateado de un cielo cubierto por completo por unas nubes que el océano alimentó hasta hacerlas rotundas como hembras grávidas que soportan serenas los pormenores subsiguientes a la rotura de aguas; quiero decir que llueve fuerte y mansamente.
Dirán que la lluvia o cae de ese modo suave y placentero, cual es el caso de nuestro orballo, ese que los cursis de ahora llaman txirimiri, o lo hace de forma violenta si lo que queremos es que sea rotundo, denso y rotundo; es decir, señalarán que me estoy contradiciendo. Pues nada de eso. Si hablasen en gallego y recordasen los muchos nombres que los gallegos le damos a la lluvia, según y cómo esta llegue hasta nosotros, sabrían que es posible que nos moje una lluvia como la que señalo: fuerte y mansa, espesa y lenta. Un sarabullo, entre granizo y nieve.
Sin embargo, como de lo que quería hablarles era de ese arce rojo, no seguiré refiriéndome a las muchas lluvias que siempre nos mojaron y seguirán haciéndolo ojalá que durante muchos años porque, por el camino que esto lleva, es de temer que la Galicia que conocimos, aquella que hizo posible "o sentemento da Terra", la misma que nos llevó a gritar estremeciéndonos ¡Terra a nosa!", se haya ido esfumando del modo en el que viene haciéndolo desde hace ya demasiado tiempo. Vayan ustedes a hablarles de estos sentimientos acerca da "Terra Nai" a las nuevas generaciones ya verán con las que le salen. 
Contaba Vicente Risco, perdón, escribió Vicente Risco, que era hombre de piedad acrisolada, tanta que se diría beato, incluso devoto, devoto hasta rayar el misticismo, cuando no la religiosidad ñoña que tanto reclamaban los clérigos de entonces, contaba Don Vicente, que el castellano era hombre de una fe acrisolada y firme porque, no encontrando belleza alguna en la tierra, levantaba los ojos al cielo y, al hacerlo, encontraba a Dios, la belleza extrema, la que extasía y pasma y lo suspende todo. Acto seguido, continuaba escribiendo Risco, creo que en el "El libro de las horas" en el que se recogen algunas de sus colaboraciones en este periódico y, si no en él, en otro de sus libros, en "Lerias" si la memoria no me engaña, que puede que lo haga, escribió que, en cambio, el gallego tiene una tierra tan hermosa que, para encontrar la belleza, no necesita elevar la vista al cielo y entonces es tan descreído que le pone una vela a Dios y otra al diablo, que cree que Dios es bueno, pero que el diablo no es malo y así salimos tan ambi o polivalentes como salimos los gallegos en este tipo de cuestiones. Y aun en otras.
Leyendo esto, algunos no dejarán de pensar en cómo el invierno nos empuja a la introspección y a la melancolía, más aun si lo hace con el concurso de la lluvia. Ver llover y encerrarse en uno mismo es una actitud muy nuestra, tan poco dados a alegrías de ese tipo tan especial como las que se gastan las gentes que viven en latitudes más bajas que las nuestras. Recuerdo que, cuando yo era marino, se cobraba un plus de peligrosidad por navegar por encima del paralelo 42ºN que era por donde transcurría la ruta que traíamos desde Nueva York hasta A Coruña. Galicia debe de estar comprendida, calculo yo, así a bote pronto, entre los 41ºN y los 43ºN y eso explica que yo a veces me sonría cuando oigo hablar a quienes doblaron el Cabo de Hornos sin haberlo hecho a vela. ¿Será la geografía la que nos hace ser como somos? De entrada, somos poco amigos de participar en los concursos que ofrece la televisión y, cuando lo hacemos en algún informativo, participando en eso que se llaman encuestas espontáneas hechas por ágiles reporteros que te asaltan en plena calle, solemos mostrarnos tan circunspectos que el juego que proporcionamos al realizador del programa es no solo breve sino también escaso. Hubo un cura en Allariz del que se decía, haciendo alusión a su tacañería, que dentro de lo reducido era muy apretado. Cualquiera que utilizase hoy la expresión en un programa de esos o bien conseguiría que su presencia en la pantalla fuese impedida por el realizador o bien que no lo entendiese casi nadie del Padornelo para el sur.
Por eso mismo, cuando escribimos para periódicos de por ahí abajo procuramos evitar este tipo de cuestiones como las que hoy nos han traído hasta aquí. Claro que hay árboles más al sur, claro que sí. Y que también llueve. Pero lo hace de otra forma y la luz que proyectan las nubes es tan distinta como pudieran serlo, como lo son, las que reflejan los cuadros de Velázquez, por un lado, o Turner por el otro. ¡Ah, los celajes madrileños! Son indescriptibles de tan sorprendentes y hermosos como se ofrecen. Pero los cielos que pintó Turner, esos que son como los nuestros, en los que la humedad lo invade todo y el verdor del musgo es una constante, esos, son los que nos llenan de melancolía y hacen ver a los árboles como nosotros los viejos aún los vemos llevados que somos de la mano por esa melancolía, ese único reino absolutamente soberano.