La (in)cultura de nuestros líderes

La (in)cultura de nuestros líderes

El pasado jueves empezamos hablando de la lamprea y de paso de mi difunta abuela que, por lo mucho que rezó en vida, bien merecería estar cómodamente sentada en algún lugar del cielo en el que creyó mientras se mantuvo viva. Después derivamos hacia lo que pensaba Antoine de Compagnon prologuista a la edición de los “Ensayos" de Michel de Montaigne. Empecemos hoy justamente al revés y ya veremos por dónde y en qué paraje terminamos.
Cuenta el citado Antoine de Compagnon, prologuista también de la edición española de 2007, publicada por Acantilado, que François Mitterrand se hizo fotografiar en la biblioteca del Palacio del Elíseo sosteniendo un ejemplar de "Los ensayos" en la mano y que ese y no otro fue su retrato oficial como Presidente de la República Francesa.
Durante catorce años, los “Ensayos", el libro de Montaigne, permaneció en todos los ayuntamientos y en todas las embajadas de Francia, así como en los despachos de los funcionarios de mayor rango y en los de los altos cargos electos. Durante esos catorce años Mitterrand persistió en su afán de ofrecer al resto de los países la imagen de un país, de su país; un país obsesionado, apasionado, por la libertad y la tolerancia, cuna de los derechos del hombre, lo que constituía al tiempo la imagen que quería dar de sí mismo porque una y otra eran las ciertas. Como no va a estar uno enamorado de esa Francia así entendida?
¿Hay alguien, de entre los lectores, capaz de imaginarse un retrato equivalente y semejantes medidas aplicadas a un libro y a afanes tales como los señalados que fuesen hechas y s a algunos de nuestros gobernantes actuales, oposición incluida? Confieso que no soy capaz de imaginarme a Mariano Rajoy leyendo otra cosa que no sea el "Marca" ni al actual Jefe del Estado otra cosa que el "¡Hola!" o si acaso una guía de consejos prácticos sobre cirugía estética gracias a la que poder facilitarle algún consejo a su señora. ¿Y Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, o El Bello Rivera que creen ustedes que leerán con fruición a última hora de la tarde?
Alfonso Guerra sí leía, ¡y cómo! Memorizando erratas, derivando comentarios, obteniendo conclusiones y reflexionando sobre el texto. Felipe algo debía leer, aunque a mí no me conste en absoluto. Si lo hacían Pío Cabanillas y Marcelino Oreja, al menos que yo sepa, y a Leopoldo Calvo Sotelo lo pillé yo en más de una librería revolviendo en los anaqueles como solo un bibliófilo lo hace. Actualmente y que yo sepa aquí solo lee Romay Becaría que además regala libros a los amigos sabiendo lo que a cada uno de ellos le conviene. Pero, por regresar al pasado, Fraga leía mucho… de lo suyo y Fidel Castro leía, también mucho, los "Episodios Nacionales" de Pérez Galdós aunque curiosamente siempre el mismo párrafo pues siempre era el mismo el que te comentaba cada vez que hablabas con él de tiempo en tiempo.
Los españoles no hemos tenido mucha suerte en esto. Fernando de Aragón, el rey renacentista con visión de futuro y proyección internacional, sí leyó y algo leyeron quienes lo sucedieron aunque la cosa hubiese de llegar a los abismos intelectuales de Carlos II el Hechizado. Después vinieron los Borbones y ustedes me dirán. Fernando VI y Carlos III al parecer fueron hombres cultos y hombre culto fue Carlos IV, pero mientras a su padre le dio por el grabado a este le dio por la relojería y por la caza. Y hasta ahí llegamos. Después vino el XIX, ya saben, Fernando VII, Isabel II, el Saboya, el fulgor republicano… los Alfonsos XII y XII, luego el Franco pintor de astados, guionista de "Raza" y escritor se dice que frustrado. 
No nos ha dado la historia ni un Mitterrand, ni un Churchill, un De Gaulle o un Adenauer… este es el país de los taurófilos, amigos de las monterías y sus diversos avatares, qué le vamos a hacer si así está escrito; cosas de la predestinación, claro. Pero, como le suecedía al recientemente fallecido Stephen Hawking, todavía no nos explicamos cómo aquellos que creen en el destino y en la predestinación y en que hagas lo que hagas siempre ha de suceder lo que ya está escrito, sin embargo, antes de cruzar la calle, miran a un lado y a otro para poder cambiar de acera. ¡Ah, qué país este nuestro, lleno de lectoras de la novelista portuguesa Sara Mago o de seguidores de la mezzo soprano gallega Carmiña Murana (que le venía siendo de Muros, claro) cuando no de presidentes de gobierno lectores de "Cien años de soledad" compendiados en un folio!
El mundo es así y no parece llevar trazas de que cambie, al menos antes de que, todos los de mi edad, lo abandonemos. La presencia de Donald Trump en la Casa Blanca no parece presagiar nada bueno a este respecto. El mundo se nos está llenando de twiteros de modo que las jefaturas de casi todos los estados se han apuntado a apuntalar la tal tendencia. "Los Ensayos" de Montaigne han desaparecido de las embajadas francesas y, los más parecido a André Malraux que disfrutamos por aquí todavía no ha podido ser identificado. Seguramente no ha nacido todavía, malditos tiempos de pensamiento fragmentado, de ilusiones rotas cuya única esperanza empieza a descansar en la presencia de los jubilados en las calles, es decir de ese batallón de ex combatientes del 68 que vuelven con sus viejas y todavía no marchitas banderas.