¡Cómo fabula este chiquillo!

¡Cómo fabula este chiquillo!

Creo haber contado ya aquí que, cuando me indicaron que corriese detrás del Rolls Royce en el que Franco estaba abandonando la recién inaugurada estación de San Francisco y que lo hiciese coreando tres veces su nombre como si fuesen los tres puntos de un SOS –en alfabeto Morse un SOS son tres puntos, tres rayas, tres puntos, imagínense ustedes la secuencia- debí obedecer no mucho más allá de unos días o quince metros que fueron los que tardé en sentirme ridículo y quedarme quieto como un Lot que hubiese obedecido la orden de no mirar atrás no fuese a quedarme convertido en una estatua de sal; o lo que es lo mismo que alguien me indicase que debería seguir corriendo.
Entonces debería tener yo unos diez años, no muchos más, y mi parada se debía más a mi timidez que a mis convicciones, aunque debo reconocer que ya entonces me columpiaba entre una cosa y otras pues, si una me iba, otra me venía. Creo que aún sigo así, qué le vamos a hacer.
 En casa de mis padres oía hablar de una manera y en la de mi abuela, aquí tantas veces ya citada, oía hablar de otra completamente opuesta. Todavía con menos años, de esos apenas diez recién cumplidos, en Ourense me vestían de cabo de gastadores y me hacían desfilar delante de las centurias en oportunidades tan señaladas como el Congreso Eucarístico celebrado en aquellos lejanos años de mi niñez. Si quieren aún puedo cantarles la letra del himno que José María Pemán compuso a los efectos.
En casa de mis padres, en Pontevedra, mi padre me echaba grandes peroratas sobre la realidad en la que vivíamos y yo sentía que mi corazón empezaba a cojear, quiero decir a latir desplazado en esa dirección con mucha más frecuencia que en la otra.
Con esto de viajar a Madrid con relativa frecuencia y de hacerlo en el Alvia, paso a menudo por la Estación de San Francisco, a todo fulispín; que así es como lo dicen los ferrolanos cayendo en la reproducción del full speed, de los antiguos telégrafos de máquinas de los barcos cuando el capitán decidía que se diese avante toda o, lo que viene a ser lo mismo, a toda velocidad, a todo fulispín, vaya.
Viene a cuento todo esto de que el tren no para en San Francisco y de que el otro día fui a comprar unos billetes a la Estación Empalme, Estación de Ourense Empalme, que es como se debe decir y no la Estación de Empalme, no vaya a ser que nos confundan con cualquier duque que en tal situación se proclama en más ocasiones de las necesarias.
Salí de la estación, ya con los billetes adquiridos, y decidí conducir hasta Laias, hasta el Balneario de Laias, un lujo termal en el que disfrutar de los sencillos placeres de la vida, haciendo el recorrido no por la autovía sino por la vieja carretera que antes me llevaba a Pontevedra, en el extinto Auto Industrial, a veces en viajes que duraban siete horas. Salí pues de la estación y, cuando esperaba ver la pequeña urbanización de las llamadas casas baratas que allí habían sido levantadas, me encontré con que tan sólo dos de ellas permanecen todavía en pie. Ahora no sé si habrá sido en alguna de esas dos en dónde, siendo muy niño, en un tarde tórrida de mayo, me dieron a beber vino tinto con gaseosa… edulcorado con azúcar. Excuso especificar el resultado. Regresé a casa de mi abuela borrachito como una cuba.
El mundo ha cambiado mucho desde entonces. El cura que me dio las aguas bautismales les recomendó a mis padres que, dado el mal color que yo ofrecía –probablemente se refiriese a los escasamente rosáceas  que estaban mis mejillas- me administrasen unas sopas de cabalo canso que me encendiesen la color y viese mejorado así mi aspecto. En casa de mi abuela -¡ay, la casa de mi abuela!-, llegada la hora propicia de la noche, después del rezo del rosario y de las letanías en latín con padrenuestros añadidos al final de ellas – siempre uno “por España, la Falange y el Caudillo- después de todo ello, llegaba el tiempo de la cena.
Al final de ella, se traían frutas confitadas y pasas o cerezas en aguardiente, contenidas en unos grandes frascos de cristal, que ibas extrayendo del interior de estos ensartándolas en unas largas agujas de calcetar. ¡Coño, qué ricas eran!
Llegada la hora de acostarme me retiraba a mi habitación y, tan pronto como apagaba la luz y cerraba los ojos, veía una alambrada que se movía de un lado a otro como si fuese la rejilla de una “peneira” de modo que su aparición siempre me intrigaba y, cada vez que lo comentaba con los mayores recurrían estos, siempre, a una explicación que llevó oído desde entonces: ¡Cómo fabula este chiquillo! Equivalente a la actual ¡Claro, como es escritor fabula tanto! Como si no hubiese que hacerme mucho caso. Y no me lo hacían…ni me lo hacen.
Más tarde me hice marino y navegué. Una vez a bordo, en uno de los viajes, durante una fiesta que el capitán le ofrecía siempre a los pasajeros, se me fue la mano un poco en la ingesta alcohólica de modo que, cuando llegué al camarote y me acosté, al cerrar los ojos, allí estaba la puñetera alambrada de mi niñez bailando de un lado a otro como antaño. Ya les dije que estos son ya otros y distintos tiempos.
Hoy los niños no beben alcohol, al menos en sus casas; es necesario que tengan quince años y se unan a esa costumbre hispana que atrae a tantos estudiantes del programa Erasmus, o a hinchas de los grandes equipos británicos, deseosos de visitar nuestro país  para saber lo que es un botellón y padecer un coma etílico de vez en cuando.
Mudanse os tempos, mudanse as votandes, escribió Camoens que, al fin y al cabo era de Tras os Montes, de San Martiño de Antas, como Torga, o por ahí, es decir, de aquí al lado. Tan al lado que se diría que es de casa. Cambian, pues, los tiempos; cambian también las voluntades; pero lo que no cambia nunca es la condición humana que siempre aflora de un modo u otro: coreando consignas detrás de un coche en marcha, tomando sopas de cabalo canso, intentando parar una alambrada que baila en la oscuridad o dándole al botellón con tanto afán que se diría que es con saña.
Y mientras el mundo sigue girando y estamos siempre en las mismas: descubriéndolo a veces con tan solo cerrar los ojos a su realidad más cierta.