La ética elástica

La ética elástica

En unos países se mantienen los secretos oficiales, incluso los llamados secretos de Estado, durante un plazo que oscila entre los veinticinco y los treinta años. Lo que es muy posible que acabe surgiendo en esta página de hoy, de surgir –porque los lectores ya conocen mi tendencia a la digresión, a irme por las ramas- no se tratará de nada equiparable ni a una cosa, ni a la otra; no serán ni secretos oficiales ni mucho menos serán secretos de Estado, sencillamente porque no guardo ni de unos ni de otros, pero sí pudieran resultar ilustrativos a efectos de lo recordado y señalado el pasado jueves cuando ya han pasado más de veinticinco años.
Cuando Felipe González se negó a acudir en ayuda de su correligionario González Laxe durante la campaña electoral en la que este habría de obtener el mayor número de diputados en el Parlamento de Galicia logrado nunca por el Partido Socialista, aquí nadie dijo nada. Ni siquiera entre los propios militantes gallegos. Se guardó un respetuoso silencio, el silencio de los corderos.
Cuando Felipe González cursó las órdenes oportunas que sirvieron para que el apenas recién elegido Presidente de Galicia, Manuel Fraga Iribarne, elegido por mayoría de un escaño, fuese recibido por todos y por cada uno de los ministros de su gobierno en unas horas y siguiendo una especie de yincana o rally automovilístico a través de las calles de Madrid que no sirvió para nada más que para afirmar y bendecir el reciente triunfo electoral de Fraga, aquí tampoco nadie dijo nada.
Eran tiempos en los que Felipe González argumentaba que él, el gran jefe indio, no tenía tribu porque todas las tribus tenían sus propios jefes mientras que él se había quedado sin guerreros. Pero no era así. El sí era el Gran Jefe en el que todos confiaban. Le ayudaba su oratoria, la retórica esclava del “por consiguiente”, su afán de comerse, de deglutir a sus auditorios durante los mítines electorales, la falta de escrúpulos de la que generalmente todos los Hombres de Estado suelen hacer gala. Aquí seguíamos, todos, sin decir nada.
¿A quien está amparando ahora Felipe González? ¿Qué proceso es el que se está evitando? Su figura empieza a recordar a la de Bettino Craxi, aquel gran político italiano que murió en su exilio tunecino, se cumplen ahora dieseis años de ello, acusado y condenado por trece sumarios de financiación ilícita y comisiones ilegales. Murió en Hammamet, en una lujosa mansión que Felipe visitó con alguna frecuencia, después de haber permitido y estimulado un sistema corrupto de financiación de los partidos una vez que se olvidó de que la corrupción no deja de serlo por haber sido puesta al servicio de la política.
Una teoría semejante se pudo oír en Venezuela, hace ya años, en boca del también fallecido CAP, en boca de Carlos Andrés Pérez; según ella, resumiéndola y acaso simplificándola en extremo, un político en el poder está poco menos que en el sagrado deber de hacer dinero para que, una vez que lo haya abandonado, pueda seguir defendiendo con él las ideas que lo habían llevado a la transformación de su país. Entre AD y COPEI se gestó la necesidad del cambio de paradigma, se propició el chavismo y este derivó en lo que Venezuela ofrece políticamente en este momento. Si AD y COPEI hubieran tenido otros comportamientos, quizá no hubiese surgido nunca un Chávez y nunca Venezuela, un país inmensamente rico, habría de estar atravesando las penalidades que actualmente atraviesa.
¿Qué es lo que está sucediendo en estos momentos? ¿Quién esta protegiendo a quién y para qué? ¿Quién está condenando a quién y de qué modo? ¿Nos está esperando un Berlusconi o es un Maduro el que nos aguarda? Siendo mejor una opción que otra, ninguna de las dos es buena. ¿Por qué, entonces, el intento de taponar una vía de regeneración abierta por gentes que no han tenido tiempo, ocasión, oportunidad, ni siquiera tendencia a considerar la corrupción de un modo distinto a como Craxi la trató o a como en otros países ha sido considerada y permitida? ¿Dónde están hoy los intelectuales con artrosis en el dedo índice, los intelectuales de la ceja? No se les ve ni siquiera apoyándolo en la sien mientras hacen girar sus muñecas para señalar que acaso nos estemos volviendo todos locos. ¿Lo estaremos ya?
Y mientras se le reprochan a unos los peores resultados electorales cosechados nunca por su partido no se recuerdan, ni en lo más mínimo, los aportados por otro, basándose acaso en el hecho no de haber sido menos malos sino en el de que los suyos suman el mayor número de ellos obtenidos por todas las formaciones concurrentes al último proceso electoral. 
Quizá suceda que lo que aquí se esté protegiendo no sea tanto un sistema, que sí lo está siendo, como una ética elástica. Una ética basada en el hecho de que los valores morales y los valores políticos no son siempre los mismos que es útil a la hora de postergar la vieja convicción de que también existe una moral política. Una moral que no solo ha de servir de ejemplo de conducta al conjunto de la ciudadanía sino que además no oculte nunca las desviaciones en las que la clase política, devenida en una casta de escribas egipcios guardadores de arcanos, esencias y secretos, se los transmita entre ella mientras mantienen alejada a la ciudadanía del acceso al conocimiento y a los privilegios que este aporta a aquellos que lo disfrutan, guardan y protegen del resto de los mortales. Y eso no es sano porque, generalmente, de coyundas tales como las de AD y COPEI surgen los Chávez.