Por qué estamos donde estamos

Por qué estamos donde estamos

Leo, no les diré ni en dónde ni cuándo, tampoco de quién, un interesantísimo artículo. Está escrito bajo la rúbrica de un conocido ex político y gobernante autonómico. En él se nos explica lo que pasaría de hacerle o de haberle hecho caso el poder a las reclamaciones de la calle, a la voz de la calle, a esa voz con la que el electorado transita estos días por las ciudades españolas levantándola de un modo que nadie se esperaba.
 Dicho de otro modo, qué pasaría de si en vez de evitar que se hundiese la banca o de haber socorrido a las concesionarias que, al parecer sin subvención financiera alguna, construyeron en su momento las autopistas por las que ahora circulamos, se hubiesen igualado las pensiones y, siguiendo las indicaciones callejeras, se hubiesen tomado una serie de medidas que, por conocidas, no será necesario reproducir. ¿Qué hubiese sucedido, en dónde estaríamos ahora? Item más ¿en dónde podríamos estar, dentro de nada, si el poder atendiese a todas reclamaciones que, a voz alzada, están siendo conocidas? ¿En dónde o cómo? Según el articulista que no cito, estaríamos comiendo la carne cruda. Ni siquiera en convertida en un steak tartar. Cruda.
Puede que alguna razón no le falte al (des) conocido articulista, una de las mejores mentes políticas con las que siempre ha contado la derecha pese a lo que, esa misma derecha, de manera un tanto suicida, haya prescindido de ella hace ya tantos años como para que haya que considerarla un lujo desperdiciado. Pero también puede que el articulista esté equivocado de un modo que se podría considerar flagrante; es decir, necesitado de demostración. Y sería ahí en donde comenzarían los problemas; o mejor dicho, en donde han comenzado porque hay demasiada gente deseosa de ofrecer variaciones a la receta del steak tartar o, dicho de otro modo, de la carne cruda.
Cuando durante unos cuantos años de mi vida cometí la osadía de pretender dar clases de Historia a unos cuantos cientos de alumnos desprevenidos me gustaba empezar el curso académico señalando los tres vicios, considerados fundamentales, que los ilustrados habían intentado erradicar de nuestros hábitos, a saber: la erudición, el argumento de autoridad y la especulación intelectual.
Traigo esto a colación no porque pretenda echar mano de los dos primeros y nefandos vicios, señalándolos ex profeso por venir a cuento en este caso, sino porque sí puede resultar interesante cuestionar, en cambio, el hecho de que, llegados estos días, lo que menos nos importa a la mayoría de la población es en dónde estaríamos de haberse tomado todas las medidas que el articulista señala del modo en el que lo hace, dado que lo que sí nos importa y mucho es en dónde estamos por no haberse tenido en cuenta ninguna de ellas. No se puede mostrar nadie tan seguro de estar en posesión de verdad revelada alguna, tal y como aparentan estar los defensores de la actual y vigente política gubernamental que tantos sinsabores lleva producido y sigue produciendo en la mayoría de la población española, excepción hecha de esa minoría que continúa encantada de haberse conocido mientras celebra el progresivo enriquecimiento que la actual política conduce mansamente hacia sus bolsillos.
El problema no es en dónde estaríamos ahora de haber seguido otras políticas. Echemos la vista a un lado y valoremos, por ejemplo, lo que otra manera de entender la gobernación, en semejantes circunstancias, ha producido en el vecino Portugal. El problema es en dónde estamos por haber hecho el gobierno, nuestro gobierno, todo lo contrario. El resto es especulación intelectual y revoloteo de pajaritos preñados. No es necesario repetir en dónde estamos. Estamos en un lugar que únicamente los afortunados, los bendecidos por la política gubernamental, se niegan a reconocer pese a que la gente se haya echado a la calle proclamándolo a gritos. El problema, acaso el mayor problema en el que estamos, consiste en que la responsabilidad no es solo del gobierno. También hay que tener en cuenta la existencia de una oposición que se diría inoperante y la razón de esa ineficacia institucional que la caracteriza. El problema es de fondo con o sin rodillo gubernamental.
 Vivimos en una partitocracia que fue útil en el inicio de la actual andadura constitucional, cuando la democracia echaba a andar. Entonces, los más de los diputados, no tenían ni repajolera idea de lo que se traían entre manos y debían depositar las responsabilidades en manos de los jerarcas del partido dotados del omnímodo poder de jugar con ellos y con sus voluntades, según oportunidad y criterio, hasta la decisión de mantenerlos o no en sus escaños al final de cada legislatura. Esto ha traído consigo el hecho que los diputados, lejos de escuchar la voz de la calle que, contra la opinión de muchos, sí es necesario no solo escuchar sino incluso atender, permanezcan sordos a la mayoría de las reivindicaciones planteadas. Añadámosle a esto el hecho de que no es el electorado quien decide no ya los diputados, que esos los elige la cúpula de cada partido de acuerdo con sus intereses ocasionales, sino que son esos diputados así elegidos los que, haciendo buena la democracia representativa, eligen al presidente del gobierno. ¿Gobierno, pues, del pueblo para el pueblo o de las cúpulas de los partidos para sí mismos en razón mayoritaria de quienes han de hacer girar las puertas que se les han de abrir, o cerrar, al final de cada carrera política?