Esperando por una religión

Esperando por una religión

Hoy quiero empezar ofreciéndoles lo que pudiera ser una conclusión bastante peregrina y que, sin embargo, no es más que una opinión escasamente original: El mundo está muy mal, pero que muy mal, muy mal.
Doña Patrocinio Armesto, alta y delgada que fue en vida, profesora de Ciencias Naturales (libro de texto de Alvarado) en ejercicio en el Instituto del Posío solía reclamarme en clase que me apease de Pegaso, el caballo de los sueños, y atendiese más a sus explicaciones pues algo de rendimiento (escolar) habría de obtener si así lo hacía. Nada que hacer, yo siempre seguía cabalgando. Aparte, pues, de mi tendencia natural a estar en las nubes lo cierto es que me pasé volando una parte significativa de mi vida. No es que haya sido piloto de aviación, no, yo he sido navegante...pero poco, si he de ser sincero, sin embargo esto de la Literatura y la Ensoñación me han llevado en volandas a los lugares más lejanos de los nuestros de un modo y con una frecuencia que yo nunca hubiera imaginado...ni siquiera en las clases de la señorita Patro, que gloria halle.
El caso es que he visto bastantes de las muchas cosas que pueden suceder en la cabina de pasajeros de un avión. He contemplado, brevemente eso sí, desde un coito llevado a cabo no sé si a satisfacción o feliz término de ambos participantes en un encuentro celebrado en las proximidades de la cola del avión, hasta un infarto cardiaco en las cercanías de la cabina de mando o un incendio en la bodega de equipajes que obligó al comandante a dar la vuelta para regresar a Sídney y tomar tierra en medio de una algarabía de coches de bomberos, ambulancias, ruido de sirenas e intenso bisbiseo de oraciones. He visto algunas cosas más, eso está claro, pero también está clara mi decidida intención de no aburrirles demasiado, así que prosigamos.
Lo que nunca había visto era a "las Campos" viajar en avión, camino de New York-New York sentándose en cabina, mientras no sé cuántas cámaras de televisión grababan tan histórico acontecimiento equiparable, al parecer, con el de las tres carabelas (en realidad tan solo dos y una nao, la "Santa María") camino de las que Indias Occidentales, así llamadas de solteras, más tarde y una vez debidamente fornicadas conocidas ya como las Américas. No se quiere sugerir con esto que así haya que llamar a partir de ahora a "las Campos". Ni Las Américas, ni mucho menos "Las tres carabelas"; es decir, La Pinta, La Niña y la Santa María, entre otras razones por la dificultad que se hallaría en la adjudicación de tales denominaciones. Estaría claro quién sería La Niña, incluso quién la Santa María, pero… y La Pinta, ¿quién sería la Pinta?
Que un periódico serio y digital anuncie que sabe "lo que pasó en el vuelo de las Campos a Nueva York" es algo casi más indigesto que la profunda inmersión lingüística, el curso acelerado e intenso de catalán al que llevamos sometidos desde que las cadenas de televisión optaron por ofrecernos, a todas horas y casi sin concesiones al respiro, los shows de Puigdemont desde Bruselas o el paseíllo constante, habido delante de la cámaras para mayor tortura, de su ex presidente Oriol Junqueras camino de la Audiencia Nacional en compañía de alguien que no era el osito Bubu en la misma medida y por la misma razón por la que el ex vice presidente catalán tampoco es el Oso Yogui.
Todo lo que está sucediendo me suena a una especie de desarme intelectual, ardua y debidamente programado, que justifica el miedo de un amigo mío incapaz de soportar la proximidad de un fusil pese a que se le hubiese advertido previamente que estaba descargado. "Ya, pero puede servir para romper cabezas", respondía sin lograr enderezar nunca su mirada de modo que se encontrase con la tuya pues solía mantenerla siempre fija en el fusil. Qué estarán desactivando, o activando, dentro de la conciencia colectiva este intenso tratamiento de noticias, cuya reiteración es en principio carente de sentido, es algo que reconozco que me inquieta. 
Escribió S. J. Lec, es decir, dejó escrito el polaco Stanislaw Jercy Lec, que siempre existe una multitud de personas profundas y definitivamente creyentes que sólo están esperando una religión que poder hacerla suya. Ignoro si es verdad esta afirmación, pero sospecho que sí pueda serlo. Todos conocemos gentes que están esperando verdades en las que creer, convicciones en las que basarse, credos en los que apoyarse y que, como advirtió Groucho Marx, cuando no les gustan los principios que se les ofrecen siempre disponen de otros a su alcance para hacerlos propios y acabar defendiendo lo que antes atacaban con idéntico desparpajo al hasta entonces utilizado.
Es mucho más que posible que se nos estén ofreciendo nuevos principios que, si bien lo pensamos, son casi tan viejos como la esencialidad humana; como esa esencialidad que dejamos que aflore cada cierto tiempo para someternos, primero nosotros mismos, luego la propia sociedad en la que habitamos, a una purga que reconduzca todo al comienzo de una etapa acorde con la deriva que la propia sociedad ha escogido seguir. Maeterlink dejo escrito que la prueba de que las abejas emiten juicio es que el enjambre a veces se equivoca. Como decimos en Galicia, fora a ialma, el enjambre humano también se equivoca algunas veces. Quizá esta esté siendo una de ella. Es el espíritu de la colmena. Quizá sea ese espíritu el que nos hace pensar que el mundo no les está nada bien.