El tamaño de un bombardeo

El tamaño de un bombardeo

Siempre me llamó mucho la atención el hecho de que, cada vez que queremos dibujar una hormiga, tendemos a hacerlo dándole unas dimensiones mucho más grandes de las que el corresponderían mientras que, cada vez que dibujamos una boa, por ejemplo la de "El Principito" De Antoine de Saint Exupery, la hacemos más pequeña. 
Efectivamente la boa que pintó el gran escritor francés que además era piloto y gracias a ello, en el transcurso de un vuelo de reconocimiento, desapareció en el mar durante la II Guerra Mundial, es muy pequeña, como pequeños son el planeta y los baobabs en los que El Principito apoya sus pies y sostiene sus sueños... enormemente grandes.
El otro día, celebrando los setenta y cinco años de la primera edición de "El Principito", Pinto&Chinto recobraban en una de sus viñetas, últimamente insuperables, la boa dibujada por Saint Exupery en su libro. En el primer dibujo podía verse a la boa o la anaconda (creo recordar que la primera) después de haber engullido no recuerdo si un sombrero o un elefante. Creo que era precisamente un elefante. En el segundo de sus dibujos podía verse que la boa, digamos que dibujada en modo Rayos X, no tenía dentro un elefante sino una alicaída y triste Paloma de la Paz portando un marchito ramo de olivo y una mirada entre asustada sorprendida. Encima de ella campaba la leyenda "Siria".
El tropel de ideas que la viñeta de Pinto&Chinto despertó en mí no es fácilmente reproducible o, ni mucho menos, explicable: la grandeza y la pequeñez de algo, sea ese algo un elefante, sea una hormiga o incluso una idea peregrina de las muchas que a mí me asaltan mientras los días transcurren plácidos o atormentados, solo son  entendibles por comparación. Nada es grande o pequeño si no lo es con respecto a algo. Así sucede también con la grandeza o con la miseria con las que nos asalta sorpresiva y alternativamente nuestra humana condición.
Decía Jonathan Swift, deán que fue de la dublinesa iglesia de Saint Patrick, que la credulidad es una propiedad de la mente que produce mucho más sosiego que la curiosidad. No sé qué habrá sucedido en la Siria, cuya guerra ajó el olivo que la paloma de la paz  porta en su pico, desde que Trump ordenó el bombardeo de mediados de este mes de abril, efectivamente tan cruel que ya T.S. Elliot lo vio venir. Confieso que siento una enorme curiosidad por saberlo. Una curiosidad, alejada de la credulidad pero condicionada por ella, que me desasosiega bastante y me intranquiliza mucho porque no creo que haya grandeza en la decisión del bombardeo y si en cambio bastante "miserabilidad" que aunque esta sea palabra de escaso gusto a los ojos de María Moliner, permite saber muy bien a que condición la referimos mucho más que si utilizamos otras más de su gusto y ortodoxia. Así que regresemos al comienzo. Hablemos de la grandeza y de la miseria que encierran ciertos actos.
Ya hubo en otras ocasiones y desgraciadamente más muertos que los veinte que al parecer sugirieron este bombardeo dictado, también al parecer, por una inmarcesible grandeza de ánimo enfrentada a la miseria de quien antes había bombardeado con gas o con obuses, con esto y con lo otro, a una población civil dejada de la mano de Alá, de Dios e  incluso de Jehová. 
No se sabe si hay grandeza en la decisión de bombardear cuando el bombardeo también va a causar muertos y va a costar un pastón justificable tan sólo como ayuda a la fabricación de armamentos. Cien misiles de un millón de euros cada uno componen una cifra respetable y a los muertos resultantes les importa ya un comino si los mataron los gases o los misiles, si los rojos o los azules, si los unos o los otros. ¿Donde está la grandeza, dónde la miseria? ¿Quién la hormiga, cuál el elefante? ¿De quién deshacerse para que cese esta ignominia?
Nos recuerda Montaigne, a quien como ya saben releo una vez más en estos días que cuando Nerón le preguntó a unos soldados a causa de que razón no le querían, uno de ellos le respondió: "Te apreciaba cuando lo merecías, pero, desde que te has convertido en un parricida, un incendiario, un titiritero y un auriga, te odio como lo mereces" y el otro, interrogado acerca de por qué ansiaba tanto matarlo, respondió: "Porque no veo otro remedio a tus continuas maldades". ¿Dónde la grandeza, donde la miseria de nuestra condición?
"¿Alguien, en su sano juicio, le reprobaría a estos dos soldados los sentimientos que los movieron a sus respuestas? ¿A quién habrá que condenar, a quién dirigir nuestros encontrados sentimientos, a Asad, a sus opositores? ¿Acaso al bocazas Trump o al raposo Putin? No sé a ustedes pero debo confesar que, puesto a ello, puesto a dirigir mis sentimientos, una me va y otra me viene. Solo sé que soy consecuencia de la información que recibo y que esta lo que suele generarme es casi siempre confusión. No tengo a quien dirigir mis encontrados sentimientos, con un mínimo de acierto asegurado, como no sea a las víctimas de los intereses de unos y de otros. Solo sé que quiero que cese ya tanto dolor, ignominia tanta y sé, también, que la grandeza y la miseria son como el elefante y la hormiga sobre las que la paloma de ala alicaída y triste debiera defecar más a menudo.