El país de los récords

El país de los récords

Hace ya muchos años, en un bar cercano a la pontevedresa playa de Samieira, la playa dueña de un laño pródigo en longueirons y navallas, en almexas y berberechos que los de Ferrol llaman croques, en ese bar, había siempre un cartel que anunciaba que "Pablo, taxista, lleva recorridos más de cien mil kilómetros". Según fue pasando el tiempo, el cartel fue cambiando la cifra y, en el momento en el que yo deje de frecuentar Samieira, ya alcanzaba la de un millón y medio de kilómetros, empleados en recorrer Europa, llevando y trayendo emigrantes. Desde entonces siempre tuve muy en cuenta esto de las plusmarcas, que ahora llamamos récords. El difunto Manuel Fraga fue también aficionado a pavonearse citando el número de legislaturas, el número de años de gobierno, el de números uno que había alcanzado en las nosecuántas oposiciones a las que se había presentado. Por aquel entonces, este puñetero escribidor de ustedes, desconocía que nosotros los gallegos habitábamos en el segundo país del mundo, detrás de Irlanda, en enviar migrantes a otros países durante el largo periodo de ciento y pico años; los que se sucedieron desde 1853 (año en el que fue juzgado el Hombre Lobo de Allariz, que más bien era de Esgos, de Regueiro para ser exactos, conste) hasta mediados del siglo XX cuando dejaron de ir a América. Los últimos se fueron a Brasil en los 50 o 60 y desde allí no pocos se fueron a Australia continuando la hoy llamada movilidad exterior hacia Europa, a la que al parecer somos tan dados, nosotros, los gallegos.
Entonces desconocía ese extremo, pero sabía que nuestra provincia ourensana producía ella sola más energía eléctrica que todo el resto de España junta y era, al mismo tiempo, la provincia que contaba con más pueblos sin el disfrute de la luz eléctrica y que, amén de pagar por ella lo mismo que en Sevilla, por ejemplo, y algo más de lo que pagaban en Francia, por la que se les enviaba desde aquí, la que llegaba a algunos de ellos se podría sustituir fácilmente por la de la luz desprendida de una cerilla, de un mixto, como se les llamaba entonces. Una coña. Una coña esto de los récords.
Mientras todas estas realidades tenían lugar, Galicia era el caladero de los grandes bancos españoles; otro récord nuestro. De vez en cuando venían de Madrid a visitar las sucursales que tenían en por aquí. Lo hacían imbuidos de un espíritu de palangreiros (los que sepan algo de pesca en el mar sabrán a que me refiero) solo comparable en avidez al de naseiros que también solio acompañarle para que hurgasen en las nasas, llamadas sucursales, esparcidas a ritmo de palangre, claro, a fin de esquilmar los pasivos de las cuentas de los emigrantes oportunamente caídos en ellas para, con el resultado de tal pesca, invertir en la industrialización y el desarrollo de otras zonas españolas.
El problema es que, llegados estos años, la puñetera costumbre de los récords sigue vigente. Seguimos produciendo electricidad por vía hidráulica y eólica, con cifras punteras...por las que pagamos más que cualquier otro europeo. Somos así. En este momento y que me vengan a la cabeza, porque seguro que hay otros, disfrutamos, amén de con un septiembre que ya empieza a reclamar unha reguiña, del gozo que significa tener la autopista más cara de Europa al tiempo que de kilowatio más caro del continente.
Por si no fuera suficiente, la energía eléctrica que consumimos y pagamos, amén de seguir produciéndola, alcanza también niveles de plusmarca europea. Y van tres. Lleven cuenta. Tenemos las autopistas más caras, la energía eléctrica más cara y el gas oil más caro de toda Europa. Lamento que, ahora mismo y por mucho que me esfuerce, no me venga a la cabeza el cuarto despropósito en el que también somos los primeros. Pero lo hay, claro que lo hay. Y me dará para dedicarle un espacio entero. Cierto que, quizá para compensar, la Ría de Arousa produce, ella sola, el cincuenta por ciento de todos los mejillones que son cultivados en el planeta aunque no es mentira que, acaso también para compensar esta última cifra, tenemos la triste realidad de que, debajo de las bateas, sucede como debajo de los pinares: que no crece nada, fanecas si acaso y qu, para emular esto último, disponemos de más eucaliptos que todos los que pueblan Australia, unas seiscientas variedades de ellos, mientras que nosotros disponemos de la peor y más dañina.
Y ahora que me acuerdo ahí les dejo el último record, el que no me venía a la cabeza: Somos un país envejecido, el más envejecido de toda España pues, al parecer, somos también los más longevos y hemos engordado las arcas de los bancos para que realizasen inversiones en otras latitudes. ¿Qué hemos conseguido? Pues las pensiones más bajas del Estado. Podemos estar orgullosos de los logros alcanzados. Podemos entonar, llenos de satisfacción, aquello de "¡campeones, campeooones, oé, oé, oooé!" o algo similar. Pero también de paso debiéramos reflexionar en si nos sobran toneladas de sentidiño (otro record puñetero) y nos faltan toneladas de autoestima (otro record más, caragho!) 
De los mansos puede que sea el reino de los cielos, al menos si, llegado el caso, se tiene en cuenta lo mucho que nos lo merecemos por haberlo sido, pero lo que parece evidente es que el reino del gozoso bienestar terreno, o sus tierras aledañas, solo se alcanza dejando la mansedumbre colgada en el perchero de la entrada y saliendo a la calle a reclamar aquello que nos corresponde por esfuerzo, por lealtad y por tanto sentidiño como el que llevamos ya gastado.