Dándole a la matraca

Dándole a la matraca

Se acercan las Navidades y pronto estaremos leyendo, mucho más que diciendo, aquello de paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Año tras año nos llenamos la boca con buenos deseos que casi nunca pasan de ser exactamente eso. Deseos. Deseos casi siempre sin concretar, dejados al albur de los acontecimientos, abandonados a la mano de Dios confiados que estamos en que al fin y al cabo ese es su trabajo y bastante nos cuesta ya a nosotros el mero hecho de desearlos, de desear los deseos de paz y buena voluntad entre los bípedos implumes y parlantes que componemos la especie humana. Menuda tropa.
¡Ah, estas entrañables fiestas navideñas, ya tan próximas! En ellas las familias se reunirán amorosamente para intercambiar besos y regalos, atenciones y mimos, olvidándose, unos y otros, de que si este es del Celta y aquel del Deportivo, por decirlo de un modo irónico. Todo un año de atender a las tertulias de la radio y de la televisión, acaban dando sus frutos, siempre por estas fechas. Doce meses viendo que los tertulianos están, incondicionalmente, a favor de esto y en contra de aquello, procurando imponer sus criterios, o la falta de ellos, por encima de los demás –que están haciendo lo mismo, pero en sentido contrario- acabará indefectiblemente dando sus frutos.
Leemos los trabajos de los articulistas para solazarnos en nuestras propias opiniones o bien para irritarnos cuando son contrarios a ellas. “¡Vamos a ver lo que dice hoy el sinvergüenza de este cabronazo!” suele ser el pensamiento que nos empuja, en el mejor de los casos, a leer la opinión escrita por alguien que sabemos del bando contrario porque eso es lo que mayoritariamente nos encontramos: Opiniones, dadas en un sentido o en otro. Casi nunca reflexiones. 
La vida se nos ha vuelto muy sencilla. Demasiado. Si uno dice que Franco elevó la renta per capita de los españoles a quince mil dólares, cifra por debajo de la cual la democracia no suele funcionar como debiera, es acusado de facha. Si otro señala que no existe desnutrición infantil en Cuba y que se ha erradicado el analfabetismo enseguida será señalado como rojo y radical de izquierdas.
Si se dice que es cierto que en una dictadura de izquierdas se le exige adhesión a las gentes de la cultura y que será penalizada la ausencia de esa adhesión, mientras que en una de derechas lo que se le exige es silencio y lo que se sancionará ha de ser la ruptura de ese silencio, pero que las dos son dictaduras y las dos atentan contra los más elementales derechos de todo ser humano. ¡Ah, entonces! Entonces quien así proceda será condenado a una muerte civil por los dos bandos así calificados. Incluso en una democracia.
Aquí hay que alinearse o lo que casi viene siendo lo mismo: aquí hay que alienarse, enajenarse de todo razonamiento, alistarse en una hueste u otra y esperar la protección feudal correspondiente. Es preferible ser un ripio que un verso suelto. Pues es con este y no con otro bagaje con el que, una vez más, afrontaremos las entrañables fiestas que se acercan.
“Niño, no hables bien de Franco, ya sabes que el abuelo se irrita. Y tú, Merceditas, nada de Fidel que el tío abuelo Pepe perdió todo su capital en Cuba y ya sabes cómo se pone”. Son dos ejemplos de lo que estamos diciendo. Pero hay muchos más, incluyendo los del Celta o Deportivo. Tenemos el referéndum catalán, la duda de qué fue lo que realmente mató a Rita Barberá, la presencia del anterior Jefe de Estado en las exequias castristas, la afirmación de que de haber estado en el machito hubiéramos hecho o no lo mismo… etc. etc. etc. Aun a riesgo de que proponer tales disquisiciones puedan servir para acusar de disolvente a quien las traiga a colación y serlo por unos o por otros.
La cuestión es la de que, puesto que no sabemos hablar despasionadamente de estos temas, sí seremos capaces o no de hablar de otros, ahora que la Navidad nada o poco tiene que ver con la de nuestra infancia. ¿La recuerdan? Entonces sí que era preceptivo que se reuniesen las familias: no podían hacerlo durante todo el resto del año. Llegar a Ourense desde Pontevedra en el autobús de línea, en el Auto Industrial, podía llevarte más que acercarte hoy a Caracas volando desde Lavacolla. Comer pollo en Navidad era manjar anual de clase media baja y comerlo en paella los domingos de clase media alta. Ni la comida, o la cena, es hoy la misma que la que se acostumbraba entonces.
El país ha cambiado. ¿Lo hemos hecho nosotros o seguimos dándole, dale que dale, a la matraca? Ojalá que los más de los que estas líneas lean puedan estar seguros de que no, de que en sus casas, se hablará de todo sin tapujos ni necesidad alguna de levantar la voz para hacerse oír. Ojala. Ojalá que en las casas de quienes hayan llegado hasta aquí en la lectura funcionen la calefacción y solo permanezcan apagadas los puntos de luz innecesarios y que, unos y otros de los comensales, sean de este o de aquel lado del espectro ideológico sepan reconocer los argumentos contrarios y sepan argumentar los propios del modo preciso para provocar el mismo efecto. De conseguirlo tendrían más que suficiente con no desear otra cosa hasta la vuelta de un año que la posibilidad de poder reunirse así, sin desautorizar a nadie y sin que nadie te desautorice a ti sabiendo que todo dilema siempre tiene al menos dos respuestas y es conveniente tener las dos en cuenta, siquiera sea de modo alternativo.