La crisis nos pone en nuestro sitio

La crisis nos pone en nuestro sitio

La gente, antes, no se divorciaba. Ahora sí. Entonces, cuando en este país la gente aún no se divorciaba, ya no eran pocos los sistemas legislativos que consideraban revisables las condenas a cadena perpetua, mientras que aquí persistíamos ya no sé si en ambas, las de la cadena y el matrimonio perpetuos, pero si al menos en la segunda de las citadas. 
Claro que debemos decir y recordar que, en apoyo de esta realidad social, estaba la sacrosanta institución de la querida que tantos matrimonios ayudó a mantener unidos y que fue tan defendida por aquel notario madrileño, líder de una formación política considerada como de extrema derecha, denominada Fuerza Nueva, de la que ya solo guardamos memoria los más viejos. 
Si es cierto que en la variedad está el gusto, aquellos, debieron de ser unos tiempos felices: la legal en casa, la amante en el pisito; es decir, que el concubinato era más bien para ricos, capaces de mantener una querida que, por ende, también era llamada la mantenida, recordado sea si hemos de dar noticia cierta de aquel tiempo, en el que las queridas no eran para los pobres. 
La opción de mantener una querida, al tiempo que una legal, debía ser más bien cosa de potentados; con lo cual el mundo se regía por unas normas que ahora han desaparecido: la de que no todos somos iguales y aquí veraneamos los de siempre, estudiamos los que siempre hemos estudiado y vamos al Liceo Casino los que siempre hemos sido socios al menos desde hace dos generaciones.
El mundo antes estaba muy bien organizado. Eran ricos los de siempre y pobres los que siempre habían sido pobres; de tal modo, los sistemas de valores eran inmutables. Se transmitían de padres a hijos, de generación en generación y así como la de la querida era una institución propia de los próceres, los bares y las tabernas de la rúa ourensana do Vilar, estaban al alcance casi de cualquier Milhomes. Incluso, por la zona de Lalín, los médicos mandaban a las mujeres a tomar los baños de mar en septiembre y a los maridos a darse una vuelta, mientras tanto, por tan afamada calle. Entonces las cosas estaban claras. ¡Ah, qué tiempos! No sucedía como sucede ahora que nunca sabes con quién estás hablando y los sistemas de valores son tan intercambiables que todo se confunde.
Menos mal que la crisis nos está poniendo a todos de nuevo en nuestro sitio. Tenemos divorcios, sí. Pero, atención, en qué condiciones está siendo ofrecida la libertad de elección y en cuáles la revisión de condenas. Tengo un amigo, latinista de pro, que, habiéndose divorciado, mantuvo, como es lógico, la aportación mensual que le permitió a su hija concluir sus estudios universitarios. Terminados estos, la niña, próxima ya a la treintena de su edad, decidió que su carrera no le gustaba y optó por iniciar otra. Mi amigo tuvo que seguir aportando y, supongo yo que reconsiderando la decisión que lo condujo a tal y lamentable situación.
Hace unos días, salió la noticia en todos los periódicos. Un padre de familia, fue condenado a seguir pagándole una pensión mensual a un hijo, que se supone medio mangallón, pues ya es mayor de treinta años, padre de familia, lo que convierte en abuelo al condenado, y, si lo recuerdo bien, a otro de una edad parecida e igualmente en el paro. ¡Ah, estos nuevos tiempos! No les hay como una decidida política de incentivación demográfica como la que estas sentencias ayudan a consolidar y servir de ejemplo a fin de que no sigan naciendo niños.
Nos están poniendo a todos en nuestro sitio. A unos en su lugar descanso a otros en el de mejor me quedo como estoy y me voy de vez en cuando a la rúa do Vilar, o a dónde se ubiquen aquellas de las que antaño se decía que eran mujeres que fumaban y trataban a los hombre de tú. El mundo empieza a estar de nuevo bien organizado.
Por este camino estamos regresando a la sociedad del viejo régimen, o esa es la sensación está teniendo más de uno. Miles de jóvenes han tenido que abandonar sus estudios universitarios porque, ni sus padres ni ellos, disponen de los fondos necesarios para poder continuarlos. La opción de compaginar estudios y trabajo, en las condiciones actuales, con los sueldos actuales, los horarios laborales, la variedad de la oferta limitada, así lo indican. Este nuestro se nos ha convertido ya en un país de camareros y no abundan las opciones. Todo ello colaborará, sin duda, a que aquí continúen estudiando y mandando los de siempre. ¿Y que es mejor: que los hijos de los boticarios extremeños que estudian la carrera en Compostela dilaten su conclusión hasta la jubilación del padre o que pueda cursarla cualquier mindundi hasta conseguir cientos de parados licenciado en farmacia dispuestos a comenzar otra carrera, a los treinta y cinco años, a cuenta de la jubilación paterna que, ahora sí y ya definitivamente puede sentirse jubilado... sí, pero de la vida. Si al final va a resultar que son unos sabios los que nos han traído hasta aquí. En cualquier caso, saben lo que hacen.