Con los ánimos electrizados

Con los ánimos electrizados

Todo está en las novelas, incluso la historia. 
Quizá esto sea así, quizá esto suceda así, porque lo que no cambia es la condición humana y, una vez tras otra, nuestra especie esté condenada a repetir los mismos errores. También es posible que, quien les escribe estas líneas, padezca una deformación profesional consistente en creer que los historiadores buscan siempre documentar hechos que justifiquen sus teorías –porque estas se sostienen en sus ideologías o sustentan sus prejuicios de escuela o tendencia- mientras que los novelistas se ocupan en novelar los hechos con independencia de a quién pueda servir la lectura de sus obras y la opinión que estos le merezcan. Un novelista, al fin y al cabo y durante el proceso de escritura debe ser un amoral capaz de imaginar cualquier aberración o cualquier grandeza propias del ser humano.
Cuando la pasada guerra de los Balcanes –celebrada a quinientos kilómetros del Vaticano, a cuatro horas de coche por autopista- hubo quien se estremeció al comprobar que los contendientes eran “gentes como nosotros”. Sin embargo, el estremecimiento, no le llevó nunca a considerar que, a poco que a nosotros nos fuese mal, nosotros acabaríamos siendo como ellos.
Entonces, cuando la guerra fratricida, a la estremecida persona que así se me manifestaba, le recomendé la lectura de “Un puente sobre el Drina”, la novela de Ivo Andric, publicada en 1945, si no lo recuerdo mal, en la que el escritor serbio describe la convivencia entre musulmanes y ortodoxos, a lo largo de cuatro siglos durante los que se suceden los periodos de paz y los de enfrentamientos abiertos que convierten al puente en protagonista y testigo de todo lo que pasa. Leer la novela implica el entendimiento del conflicto balcánico de una manera más rápida, eficaz y sencilla que se lo que se leen son cuatro libros de Historia que traten de explicar lo mismo.
Ahora estoy tentado de releer “Los Thibault”, la obra magna de Roger Martin du Gard, otro escritor que como el anterior ganó el Premio Nobel, porque en esta saga familiar se describen de modo perfectamente comprensible, a la vez que ilustrativo y parangonable, los prolegómenos que condujeron a la Primera Guerra Mundial: los movimientos de tropas en la frontera, los tiroteos imprudentes, las bravuconadas patrióticas, los bombardeos esporádicos…, la bomba inoportuna, el disparo aislado y emotivo, hasta llegar a la confrontación bélica.
Hay muchas novelas, históricas unas, simplemente descriptivas otras, que nos pueden ayudar a comprender los días que estamos viviendo y los hechos que los acompañan por la sencilla razón que se apuntó al principio: cada generación descubre el Mediterráneo, inventa la pólvora, da la primera vuelta al mundo mientras, en el fondo de su ser consciente, anhela ser un héroe e inventar la guerra, para acabar sucumbiendo a ella y amando la estética totalitaria y militarista.
¿Qué diferencia existe entre un desfile militar nazi o soviético con uno como el que se emitió parcialmente el sábado en televisión retransmitido desde Corea del Norte? Alguna hay. Estos coreanos han superado el paso de la oca y lo han sustituido por el de una especie de alteración intestinal o diafragmática que los hace desfilar dando saltitos como si tuviesen hipo, pero no como si fuesen riendo. Desfilan incluso mucho mejor y más disciplinadamente que nazis y soviéticos…y se diría que incluso también son más peligrosos. Lo son. Lo son por ellos y por el momento en que vivimos. 
Unos gamberros batiendo unos hierros en la madrugada sevillana pueden provocar una estampida y unos policías en Nueva York disparando una pistola eléctrica organizar un disparate en una estación de ferrocarril. Así de electrizados están los ánimos de todos, mientras en El Cairo asesinan a cristianos coptos como si no importasen nada. Así de electrizado está el ambiente.
Nadie sabe por qué varan las ballenas en las playas o por qué lo hacen los delfines, pero el caso es que unos y otros se suicidan. ¿Será ese el caso de nuestras sociedades? ¿Estarán suicidándose? ¿Qué fe, qué creencia o qué ideología es la que puede suscitar la cohesión, esa cohesión de la que carecemos los más de los habitantes europeos, que nos lleve a formular un modo de entender lo que nos pasa y que nos sirva, de paso, para enfrentarnos a la fe ciega que lleva a la inmolación personal de tanto desesperado, de fanático tanto como los que nos están acosando convencidos de que lo que se trajinan es un viaje al paraíso, cuando no un descanso eterno en la compañía de setenta y dos huríes o la llegada al Estado de la Gran Armonía que predicó Mao Zedong? ¿Se lo imaginan?
Es difícil, ciertamente. Donald Trump por un lado, Kim Jong-un por el otro; el Daesh por en medio, el buenismo puritanoide que nos invade por el otro medio, el mundo se nos está convirtiendo en una disparatada coctelera que, cuando más se agite, producirá un brebaje más contundente y explosivo. Lo notaremos más cuando recomience la etapa hegemónica de la extrema derecha que algunos ya empiezan a confundir o co-fundir con el más exacerbado patriotismo.