Coleccionando suspensos

Coleccionando suspensos

Fui un estudiante aceptable hasta que me harté de que se colgasen en mi percha todas las bofetadas que se perdían fuera de las que ahora son llamadas horas lectivas, antes horas de recreo, y empecé a colgarlas yo con el triste resultado de cinco asignaturas suspensas en cuarto de bachillerato. Justo en el año de aquella reválida del llamado elemental y acabado de cursar con los resultados que les cito; el mismo que ahora no quieren aceptar los muchachitos de hoy en día. Alguna razón tendrán para ello.
Sin embargo estoy convencido de que no todo se debió a mi reducido interés por el estudio, que también, pero no solo a eso. Esta puñetera memoria selectiva con la que me dotó la madre naturaleza, o Dios bendito, vayan ustedes a saber, recuperó hoy una caricatura que, en su momento, le hice a Don Augusto Álvarez, a la sazón profesor de matemáticas. 
Ignoro por qué razón, en tal oportunidad, estábamos en el paraninfo del Instituto. El caso fue que el se estaba pasando entre las mesas y me descubrió inmerso en mis afanes caricaturescos. Todavía soy capaz de redibujar la maldita caricatura, tan grabada la tengo. 
-¡Ah, sí, así que como Picasso! –me dijo- ya veremos quien ríe el último.
Es evidente que se rio él. 
Se sumó inmediatamente a su risueño proceder el Padre Legísima, un santo. Las clases de entonces estaban dispuestas en plano inclinado de modo que levantando unas tablas de las últimas bancadas siempre había alguien dispuesto a descender a la oscuridad, armado del libro de texto, papel de barba y linterna, para escribir los exámenes que firmaría el compañero compinche; quien a su vez bajaría en la hora o día siguiente a hacer lo mismo. Éramos noventa y cuatro en clase y solían repartirnos en dos grupos a efectos de exámenes y comprobaciones de tal tipo..
Antes del examen de religión había tenido lugar una azarosa batalla de tizas y, una de ellas, me había dado en un ojo de forma que, llegada la hora de la prueba, mis dificultades para copiar fueron infinitas. Al padre Legísima se le copiaba siempre. Con él estudiábamos Teología, Teodicea y Dogma católicos y había que afinar en las definiciones. Por eso se le copiaba, también por ignorancia, claro. El suyo fue el segundo suspenso. Me pilló en mis afanes. Quise acercar tanto el libro al alcance de mi ojo lesionado que se me fue de las manos, un accidente.
El tercero me lo administró Souto Vilas, aquel catedrático insigne que lo había sido tras rigurosa oposición, tan rigurosa como la que había superado para ocupar la plaza de director del observatorio meteorológico de la ilustre y leal ciudad de Orense, el profesor que tantos aplausos recibía en cada una de sus lecciones, magistrales todas ellas, a las que debíamos asistir con los zapatos brillantes, el pelo húmedo y recién peinado, el nudo de la corbata debidamente en su sitio, chaqueta y pantalones debidamente planchados. ¡Ah, qué tiempos! En una ocasión me esmeré tanto con los zapatos que, dotados con tacones nuevos, entré en el aula de modo tan sonoro que le hizo sentir curiosidad hacía lo que el llamó “sonido de una caballería rusticana”. Tercer suspenso en junio debido a la simpatía…que sintió con la anterior decisión de sus iguales y al parecer obsceno taconeo en el que me había empeñado sin quererlo. Mis apuntes de Física y Química estaban bien, mis compañeros de clase sabrán a qué me refiero..
La señorita Ferro, a quien llamábamos así por ser la esposa de Ferro Couselo, me regaló el cuarto. Me lo había ganado a pulso o a punto había estado de ello porque la razón dada fue la de que así lo repasaría en verano. Tuvo razón, lo repasé en verano.
No les miento si ahora mismo no recuerdo quien me administró el quinto suspenso. El caso es que perdí un año y ahora, con eso de las celebraciones y cincuentenarios suelo ser requerido no por los compañeros con los que entré en el instituto sino por los del curso siguiente, en la mayoría de las ocasiones. Casi lo prefiero así. De aquellos ya han fallecido tantos que estremece el pensarlo y, de estos, han empezado a caer hace todavía poco, de forma que estando como estoy yo en el segundo tiempo de prórroga y antes de tener que dilucidar esto a penaltis, me quedo con los segundos antes que con aquellos, tan aristocráticos que fueron.
Ogando Vázquez nos tenía a algunos distribuidos por condados. A Fariña Busto, lamentablemente ya fallecido, le había adjudicado el de Fefiñanes, por razones obvias; a mí el de Ventosela, todavía no sé por qué. Había otros, pero mejor los silencio no vaya a ser que alguno de los condes se moleste. Lo cierto es que terminé el bachillerato superior en Pontevedra después de haber hecho el quinto año en el viejo instituto de El Posío. Sucedió también con otro examen de reválida, esa que ahora los muchachos no toleran. Con el bachillerato elemental podías acceder a una escuela de peritos, a la normal del magisterio, a carreras de las llamadas de grado medio que ahora ignoro cómo son llamadas, pero si querías llegar la universidad tenías que pasar la criba que empezaba en esa revalida de sexto, previa al curso conocido como el preuniversitario que, supongo, ahora tampoco querrán los estudiantes actuales. O tempora, o mores.
El mundo ha cambiado mucho desde entonces. Es de suponer que yo, junto con mis compañeros, también haya ido cambiando. Para empezar ahora estoy más gordo. Casi todos mis compañeros también. Llevo ya unas cuantas semanas viéndolos en eso del WhatsApp en el que suelen colgar viejas fotos y recuerdos, conversaciones amenas y opiniones del todo inesperadas. Los sigo al acecho, esa es la verdad, aunque sin dispararles nunca un tiro. Las fotografías de grupo me suelen traer las caras y los nombres olvidados. Sus recuerdos tropiezan a veces con los míos; aquel al que tenías por amigo resulta que te soportaba malamente mientras que, aquel otro, te regalaba una amistad que nunca mereciste ni siquiera acertaste a hacerla tuya. La vida suele ser así, tan cabrona, con reválida o sin ella.
Entonces en toda Galicia debía haber siete institutos de enseñanza media, no creo que ninguno más. ¿Cuántos existen hoy tan solo en la capital ourensana? El mundo ha cambiado tanto que nuestras actitudes y comportamientos están a tales distancias, respecto de los de los muchachos de hoy en día, que se dirían sujetos a distancias siderales. Juraría que ahora, hablando en general, son mucho más mansos y mejores chicos de lo que nosotros fuimos. De lo que ya no estoy tan seguro es de que, estos tiempos, sean mucho mejores de lo que lo fueron aquellos. Entonces y con todo aún teníamos esperanza. Habrá que preguntarles a ellos si la tienen y en que cantidad pueden afirmar que la disfrutan.