Que chova, que falta fai

Que chova, que falta fai

Tendrán que disculparme pero cuando hablo en castellano me cuesta decir Ourense y cuando lo hago en gallego nunca digo Orense. Tan difícil se me antoja. Será que uno es limitado o, simplemente, un animal de costumbres, Quizá por esa misma razón diga Nueva York y no New York, Londres y no London… y así sucesivamente con los topónimos de las ciudades que conozco o de aquellas que me gustaría conocer. Lo hago sin ánimo alguno de molestar y siguiendo un hábito que tengo desde niño. También al tiempo que hago uso de una libertad que se me antoja incuestionable. ¿O es que no lo es?
Creo además… y alguna experiencia me acompaña, que mientras el galleguismo -empeñado, como debe ser, en la defensa del idioma- siga sin admitir en él a las personas que adopten sus postulados, pero expresándolos en castellano, no tendremos nada que hacer de cara a todo aquello que desearíamos ver cumplido. Mejor en gallego, sí. Pero si no hay otro remedio, y temo que no lo haya, también en castellano.
Los catalanes, por ejemplo, lo han entendido así. Hace unos días leí que hace años que ya habían constituido una entidad mediática de expresión castellana para defender desde ella sus postulados catalanistas. Incluso que la financiaron de forma no tan santa como cabría esperar de la gente que entonces convergía unida y democrática en los afanes que aún los guían. No digo que sea bueno proceder así, subvencionando o sosteniendo de modo que se sospecha prevaricador y jactancioso. Tampoco digo que sea malo. Es así. O fue así. Vayan ustedes a saberlo. Comento sencillamente algo que se me antoja necesario comentar. Abundemos un poco más en ello preguntándonos en que están basando más su acción catalanista ¿en la ponderación idiomática o en el España nos roba? Por su parte los vascos hace tiempo, no sé hoy, que emitían por su televisión películas dobladas al vasco con subtítulos en castellano. Conseguían así una mayor audiencia y hacer el oído ciudadano a ese galimatías sintáctico y fonético que es para los demás su idioma ancestral y necesario. 
Dados estos antecedentes, sería curioso analizar los índices de implantación del euskera y del catalán en sus sociedades y su crecimiento en ellas para compararlos con los nuestros. Quizá así nos diésemos cuenta de que podríamos estar equivocados. A lo largo de los últimos cuarenta años, pese a que la consigna haya sido la de afirmar que todo marcha viento en popa, mucho es de temer que tal implantación haya disminuido en nuestro caso mientras que la deturpación léxica, fonética y sintáctica de nuestro idioma está en mínimos desde hace lustros gracias a una castellanización delirante y a una abducción de su uso que parece haberse restringido no a todas las capas de la población, como antaño, sino a una casta, clase o jerarquía de individuos que la han hecho suya en detrimento de la pertenencia a quienes lo mantuvieron vivo durante siglos, a saber: campesinos y marineros junto con obreros y artesanos al borde mismo de formar parte de la clase media, junto con una vieja hidalguía y reducida hidalguía campesina que, si no ha desaparecido ya, está en un tris de hacerlo. 
Un pobo, unha lingua, unha fala, está muy bien pero recuerda demasiado a aquello de ein volk, ein reich, ein führer que, a su vez, evoca lo de una patria, un estado, un caudillo: Franco, que todavía se puede ver en las fachadas de algunas casas de mi Allariz natal; no sé porque o quizá porque la memoria es contumaz y nadie se atrevió a borrarlo como tampoco nadie se atrevió a poner al lado de los nombres de los caídos por Dios y por España que perviven en los muros de la iglesia de Santiago los nombres de aquellos que lo fueron, que fueron claudiados, por la misma España y por el mismo Dios, en no pocas ocasiones, o simplemente por tener ideas contrarias en todas o en casi todas las ocasiones.
Un pobo, unha lingua, unha fala pudiera implicar que solo es pueblo gallego aquel que utiliza el gallego para comunicarse y no sé si eso debería ser así. Ignoro si sería deseable un monolingüismo gallego absoluto y rígido, tan absoluto y rígido como el que sirve a no pocos de nuestros compatriotas para segregar de tal concepto a aquellos que no lo utilizan en su vida diaria. Por eso quizá sea necesaria la inclusión en la nómina de la galleguidad a aquellos que no echen mano del gallego ni con la frecuencia, ni con la asiduidad que muchos dan en exigir sin apercibirse apenas de la discriminación negativa que tal hecho supone y de que aquí hay que sumar voces si lo que queremos es ser debidamente oídos… y escuchados.
Posiblemente sea yo el escritor vivo que más, que no mejores, páginas he escrito en nuestra lengua más propia. Incluso me atrevería a decir que habría que contar las escritas por alguno de nuestros más preclaros difuntos para saber con quién empataría. El día 6 de enero se cumplirán veintiséis años, un cuarto de siglo y un añito más de regalo, que la concesión del Premio Nadal trastocó mi vida de mala manera de modo que soy el único autor gallego condecorado con la “Ponla de Toxo” al gran traidor a nuestra lengua otorgada por la Asociación Cultural de Pontevedra, la misma que yo había cofundado en tiempos de oprobio y represión de libertades. Desde entonces hemos visto como otros escritores gallegos han obtenido premios semejantes en lo que mi difunto padre llamaba “o extranxeiro de dentro” en correspondencia con “o extranxeiro de fóra”, que venía siendo otro y mucho más distante. Afortunadamente no han sido cuestionados y no saben cuanto me alegra el que así haya sido. El mundo, nuestro mundo, el mismo que Risco decía que no era pequeño sino grande, ha cambiado desde entonces y es necesario dar un paso más, aunque a algunos les lastime.
Desde entonces, desde aquel lejano cuarto de siglo, hemos visto a grandes editoriales gallegas editar en castellano sin que nadie haya dicho nada. Y me parece bien. Se trata de sumar y de hacerlo cuanto antes. O esa consciencia tengo. Por eso escribo lo que estoy escribiendo a despecho de las reacciones que pueda suscitar y dado que ya nada me afecta, aunque nadie se lo crea. Mentres sobe e baixa o pau descansa o lombo e, a máis, no que a min respecta, por mín, que chova que boa falla vai facendo.