El burkini y el Carallo Rampante

El burkini y el Carallo Rampante

Me llega por correo-e una fotografía. De inmediato la relaciono con el asunto este del burkini, el que tanto parece agobiarnos durante estas últimas semanas. Burkini, sí; burkini, no; cuando, por mi que no quede y que, las hermanitas de San Vicente de Paul, vuelvan a vestir su antiguo hábito y se bañen en la playa, como si fuesen blanquiazules y aladas mariposas, dispuestas a alzar el vuelo a la más pequeña brisa procedente del océano.
La fotografía de la que les hablo tiene un sabor antiguo. No solo por el tiempo que hace que fue tomada, sino también por las imágenes que ofrece. Me la envía Juan Ángel Juristo , el escritor y crítico madrileño que es dueño de una cultura inmensa y tan oceánica como la visión de las monjitas del párrafo anterior, una vez levantado el vuelo, puestas a contemplar el horizonte náutico desde los dos mil metros de altura; imagínenselo: realmente inmenso.
Contiene la fotografía la imagen de un mosaico descubierto en Pompeya. En él se reproducen a su vez las imágenes de cuatro mujeres en, digámoslo por la antigua, braga y sostén o, dicho sea por la moderna, en bikini. Son cuatro mujeres, les digo; aunque la cuarta se ofrece algo difusa y borrosa e igual está en bikini que igual no; vayan ustedes a saber y a investigar, Si pueden, claro. Lo digo porque hace unos meses estuve en Pompeya quise visitar la casa en la que se conserva el hombre que luce un falo, erecto e inmenso, del que cuelga en su extremidad una pesa de no sé cuantos kilos, y no lo encontré por ningún lado. Ni el falo, ni el peso; excuso decir la casa, la mancebía o lupanar. El otro sigue en su sitio recibiendo turistas en secano. Lo advierto así por si alguien se pone a buscar la imagen de las del bikini y no la encuentra.
Para compensar la confusa imagen citada el fotógrafo plasmó la de una modelo, muy parecida a Audrey Hepburn, por cierto, tumbada que está al lado de las otras, vistiendo un bikini negro mucho más casto que los de las que se reproducen en el mosaico. Aquí es el justo momento de decir nihil est novum sub sole o, lo que es lo mismo, que la condición humana es la misma siempre, que no cambia y que se continúa siglo a siglo, inmutable.
El otro día se comentó aquí el episodio descrito en una novela de Torrente Ballester que refleja un hecho cierto acontecido en nuestra ciudad cuando se le quiso dar sepultura en campo santo a una prostituta de la Rúa do Vilar. El recientemente fallecido Sabino Torres publicó en Galaxia, hace pocos años, un libro sobre el barrio pontevedrés de A Moureira. En él ejercieron su oficio un ejército de hetairas, aunque no todas mereciesen tal calificativo, pues no todas eran tan instruidas y, dicho sea por lo celiano y fino, solo fuesen izas, rabizas y colipoterras. Entre ellas una con un alias que no voy a reproducir pero al que aludió él magistrado que la juzgaba y que si lo utilizó en el momento de dirigirse a ella: “¿Y usted es o dice señor Fulana de Tal, más conocida como La…?” A lo que ella replicó: “Non me foda, señor xuez, que nós conocémolo a vostede como Carallo Rampante i eu aínda non dixen nada!”. ¿Ustedes creen que esta situación no es repetible al día de la fecha? Pues ya ven la que se está organizando a cuenta del bikini y el burkini, la moral de unos y la moral de otro, las peregrinas afirmaciones personales de tantos y el guirigay que se está formando por cualquier episodio como los que no se citan pero sin duda ustedes imaginan.
Todo esto venía a cuento del episodio del entierro utilizado por Torrente Ballester en una de sus novelas, pero dada la extensión ya alcanza en esta página de hoy, mejor será dejar el resto para el domingo sustituyéndolo ahora por una noticia que me permito reproducir, ya que no íntegra si al menos parcialmente. La leí ayer en un periódico digital dirigido a “lectores influyentes”. Venía, la tal noticia, apoyada fotográficamente por la imagen de un culo, apenas velado por un tanga,; un culo redondo y respingón sin que lo fuera a causa de una lordosis exagerada o cualquier otra causa natural. 
El titular rezaba: “Destrozan el culo de Tatiana Delgado”. La primera pregunta es ¿de quién se trata la tal Tatiana que, al parecer, de delgada debe tener todo menos sus posaderas? Pues de una intelectual participante en un programa cultural titulado “supervivientes” que tal y no otra es la condición de estos a partir del IVA de Montoro y de otros inventos tenebrosos y fiscales, así que por ahí, por la vía de la intelectualidad deben ir la tendencia de la señora o señorita Delgado y los afanes del digital que la señala como víctima de un biopolímero asentado en sus asentaderas hasta niveles mórbidos y al parecer infecciosos.
El mundo no cambió nada, desde antes de Pompeya y Herculano hasta los tiempos de Carallo Rampante, pasando por los del Arcipreste de Hita, para llegar a los actuales. Lo curioso es comprobar como, una generación tras otra, alguna de ellas, con periodicidad se diría que calculada se sobresalta e irrita por un quítame allá ese bikini o disfrázateme con un burkini como si de una catalina te tratases.
Y mientras y camino de su extinción, el universo sigue girando. Lo hace ajeno a nuestras cuitas y a nuestras ansias todas. Solo los más sabios suelen tomárselo con tranquilidad envidiable. Seamos o al menos intentémoslo, intentemos sino ser sabios sí ser tranquilos y tomarnos estas cosas a beneficio de inventario. Es posible que solo lleguemos a sonreírnos levemente. Pero convengan conmigo que, con eso, ya es más que suficiente.