Amo el wasap y el email

Amo el wasap y el email

Los años nos van volviendo viejos, viejos y recalcitrantes, viejos irritables, conscientes de la perdida de agilidad y casi siempre convencidos de que la pérdida de memoria no es tan intensa como nos señalan las distintas evidencias que nos la ponen de manifiesto. 
Hace unos años, muy pocos años, aunque si lo pensamos bien hace ya bastantes años, cuando escuchábamos parte de una conversación telefónica, mantenida entre alguien cercano a nosotros física y familiarmente, con alguien físicamente lejano y al parecer algo duro de oído solíamos sonreírnos si no complacidos si al menos comprensivos. Nada conseguía sacarnos de nuestras casillas. 
Ahora, sin embargo cuando oímos la cuarta repetición del mismo argumento, la sexta de la hora de cita del dentista o quizá tan solo la segunda de una receta de la abuela, sin esperar a tranquilizarnos, blasfemamos en voz baja, tecleamos con los dedos sobre el tablero de la mesa o, incluso con mucha más velocidad de la que Rajoy imprime a las suyas, subimos nuestras piernas y las bajamos, a toda pastilla, nerviosa e incesantemente, utilizando como puntos de apoyo la punta de nuestros pies una vez puestos casi en la vertical de sus empeines respectivos.


¡Ah, la edad provecta, los incumplidos afanes, los declinante sueños y las frustradas esperanzas! Allá quedan los años de la ilusión y la aventura, barridos por la consciencia de la propia contingencia, de lo poco que se ha de conmover el mundo ante nuestro llanto o gracias a nuestros encantos. Ni esa finísima capa de aire que nos envuelve y permite todo el milagro químico que es la vida, se estremece cada vez que nos irritamos por mucho que nuestra irritación la consideremos justa o exactamente igual si al final resulta que es desproporcionada e injusta; por ejemplo, con la repetición de lo dicho, una y otra vez, en cada ocasión en la que tenemos en la mano, y apoyado en nuestra cara, un auricular telefónico.


En fin, todo lo que antecede -y mucho más que me guardo para no darles demasiado el coñazo- con tal de dejar expresa constancia de esa exasperante inutilidad de repetir lo mismo, una y otra vez, sin piedad alguna y pese a que la otra persona, la que permanece al otro lado del teléfono, siga hablando por su cuenta y repitiendo, también, todo lo que le venga en gana. Y todo por haber llegado a viejo.
A pesar de todo, algo ha llegado, según yo entiendo, a aliviar esta agonía. Se llama WhatsApp. Confieso que empiezo a adorarlo pese al penoso contacto con el que, las yemas de mis dedos, suelen relacionarse con el teclado de mi móvil. ¡Ah, el wasap! Te obliga a ser conciso, gracias a la mala relación que se acaba de citar, imponiendo esa misma concisión a la persona que quiere comunicarte algo. ¡Y queda constancia expresa de lo que cada uno dijo! ¡Allá se fueron al carajo el díxome-díxome y el tal y qué sé yo, me-entiendes-lo-que-te-estoy-diciendo y el a-quien-Dios-se-la-de-San-Pedro-se-la-bendiga! Amo el wasap y el e-mail porque me permiten concisión y me dejan constancia de lo que me dicen y de lo que dije yo. Temo a todo lo demás y procuro utilizar el Facebook en beneficio propio al tiempo que huyo del Twitter y del Linkendín como alma que lleva el diablo. 
El otro día, estando en el mar de Noia, en O Freixo, mientras estaba degustando unas pocas y contadas ostras del país, la Ostrea edulis de mis no mayores pecados, el Facebook me avisó textualmente: "Parece ser que está usted en el Restaurante Pepe do Coxo. ¿Quiere que se lo comuniquemos a sus amistades?". Si me llegan a comentar algo acerca de las ostras seguro que no salgo de Pepe do Coxo por mi pie sino en ambulancia y sometido a una buena dosis de cafinitrina. No me dirán que la cosa no fue de infarto.


La segunda frase quizá no fuese exactamente así, pero exactamente ese era su sentido. La primera es textual. Sic. O tal pondría uno que supiese más latín que yo y además estuviese más contento de saberlo de lo que yo no estoy por ignorarlo.


Quizá un freudiano podría explicarnos porque cada vez y cada vez más a menudo suelo olvidarme el teléfono móvil en algún lugar de la casa. El otro día me fui sin él a Barcelona. Excuso decirle lo bien que lo pasé sin él, lo mucho que me rindió la estancia, el aumento de frecuencia en este tipo de olvidos que desde entonces sufro. ¡Qué bien se vive incomunicado! Más si se tiene en cuenta que las buenas noticias siempre se retrasan y lo mucho y rápidamente que se manifiestan las malas.


Por eso les sugiero, a todos ustedes, a todos los que sigan mi consejo, que empiecen a abandonar los móviles encima del aparador o de la mesilla de noche pero que adviertan de tales actos fallidos a toda su parentela, especialmente hijos e hijas, por lo muy dados que estos son a suponer fallecimientos repentinos, desgracias concatenadas, o tragedias familiares de toda condición e índole. Verán cómo, desde ese momento, ellos y ustedes viven mucho más alegres y tranquilos. Pero al llegar a casa, no se olviden, echen mano del wasap y escriban lo buenas que estaban las ostras. Eso los tranquilizará mucho, a los preocupados.