Enferma dos millones

Enferma dos millones

Llevémoslo al punto crítico del ridículo. Usted ha tenido un ataque al corazón y se ha caído por las escaleras. Al rodar se ha roto una pierna, la clavícula derecha y un par de costillas. Milagrosamente ha detenido la crisis cardíaca con las pastillas de nitroglicerina, que siempre lleva en el bolsillo. Sus familiares lo han recogido con agilidad, la ambulancia ha llegado en un tiempo prudencial, los enfermeros han sido eficaces al encamillarlo y el conductor no ha perdido un segundo en el trayecto hasta el hospital. Al llegar, en Urgencias, ya estaba todo listo para recibirlo.
Ha tenido suerte. Una doctora le aguarda con un inmenso ramo de flores, el Conselleiro de Sanidade ha venido a estrecharle la dolorida mano y una nube de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión convierten su ingreso hospitalario en un fenómeno parecido a la salida de un torero a hombros por la puerta grande del coso taurino. ¡Es usted el infartado no sé cuántos millones! El centro sanitario se congratula del infarto, de la caída, de las rupturas óseas y de que esté maltrecho pero vivo. La estadística lo ha colocado en el honroso pódium de la estupidez publicitaria.
No se ría porque puede acontecerle mañana. Hace unos días hemos descubierto que, como sucedía con las hermosas turistas en tiempos de Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo del régimen dictatorial, los enfermos también se cuentan y glorifican para demostrar nuestra potencia y dinámica en materia sanitaria. Mónica López, una mujer de cuarenta años, residente en O Barco de Valdeorras acudió al hospital Álvaro Cunqueiro para someterse a una revisión y se encontró envuelta en el montaje de ser la “paciente dos millones”. El Conselleiro de Sanidade valoró positivamente la circunstancia de que fuera mujer, que hubiera sido desplazada a Vigo y resaltó que la medicina gallega no tiene, por tanto, fronteras.
Al escuchar, ver y leer la noticia, la ciudadanía no salió de su asombro, aunque acató el hecho con la misma mansedumbre de los pobres caricaturizados por Castelao. Desde que se decretó que la sanidad es un gran negocio, que privatizar la pública produce pingües beneficios a inversores y especuladores, que construir y financiar grandes hospitales no sólo se corresponde con las necesidades sino también con los juegos del mercado, debemos estar dispuestos a celebrar cualquier chorrada para generar titulares positivos, como en el turismo, en el deporte o en la conquista del espacio.
En Vigo han celebrado la enferma dos millones, en Ourense podemos estar dispuestos a aplaudir la aguja hipodérmica cinco millones, en A Coruña el trasplante un millón, en Pontevedra la rinoplastia mil o en Lugo la apendicitis del año… Dejémoslo ahí, porque puede ser cierto que todas esas cifras, y otras, sean objetivas, puesto que aún tenemos una sanidad pública extraordinaria, a la que nuestros políticos y sus asesores en comunicación ponen en ridículo para ocultar deficiencias, justificar inversiones dudosas y salir en la foto con la buena señora, quien se ha prestado a ser más estadística que paciente, a no darle al político con el ramo de flores en la cara y afearle tener que recorrer cuatrocientos veinte kilómetros, ida y vuelta, para someterse a una revisión rutinaria. Esperpéntico.