Catalanes

De un tiempo a esta parte cualquier acontecimiento es calificado de histórico para inmediatamente colocarlo en la nevera del olvido. Un gol, un récord, un diseño, un reencuentro… alcanza la categoría de inmortal gracias al juicio del informador u opinante de turno. El día de ayer, jornada electoral en Cataluña, fue catalogado como tal con una inusitada contumacia. Tanto es así que hemos llegado a creer que la decisión final en las urnas del pueblo catalán se convertiría en una meta volante de la Historia general de Europa.
Pues no. Los datos ya están ahí. Ahora jugaremos con el resultado según los intereses de cada partido y todo este largo acontecimiento de la República non nata pero declarada, del fulgor y triunfo de un artículo de la Constitución sobre el que casi nadie había puesto la lupa en el pasado, de la tocata y fuga de Puigdemón, del encarcelamiento con misa de guardar de Junqueras, del baile con corbata de Miquel Iceta, de los sueños de Inés Arrimadas, de los twitter de Domenechs, de las bravuconadas de Albiols, de la utopía anticapitalista de Riera… todo este largo acontecimiento, digo, que nos ha mantenido en vilo, se quedará en un episodio más del despropósito político en el que nos hemos enfrascado, como si deseáramos emborracharnos, para olvidar que somos incapaces de controlar el devenir de nuestro presente.
La tragedia catalana, que ayer tampoco concluyó, no será recordada por dos circunstancias que sí debieran de ser históricas. Una, la amortiguación de los efectos de la corrupción nacionalista sobre la conciencia ciudadana. Dos, la ruptura de la convivencia ejemplar de la que Cataluña ha hecho gala durante más de ochenta años, bajo la dictadura, durante la transición y en todos los procesos de gobernabilidad del Estado democrático.
Para tender una alfombra sobre los lodos de los Pujol, de la impericia de Mas, del 3% de CiU, ha bastado con cambiar de nombre al partido y sacar a la calle las masas pidiendo la gloria. Los catalanes, tan lúcidos y emprendedores en todo tiempo, han virado para transmitir al mundo la imagen de una república bananera conducida por descerebrados oportunistas al servicio de intereses espurios.
A quienes siempre hemos creído en Cataluña como estandarte de la vanguardia nos cuesta aceptar esta realidad que, ni los votos, ni las urnas de ayer lograrán borrar ya. Con asombro hemos visto enfrentar banderas como banderías anacrónicas. Insultar y odiar al vecino por razones partidarias o simplemente de pertenencia a las siglas de una organización política. Hasta se ha roto la convivencia familiar y nos hemos retraído a aquellos tiempos mezquinos y peligrosos de la inquisición y los delatadores anónimos.
Quizás hoy no sea posible pertenecer a ERC y aplaudir al Real Madrid, o votar a C’s y enamorarse de una chica de la CUP, o militar en el PP y cerrar un trato comercial con alguien del PDeCAT, o votando a PSC salir de copas con colegas de en Comú-Podem. Si esta es la Cataluña del futuro, estos no son los catalanes en quienes hemos creído siempre. Y esa sí que es una ruptura histórica, al margen del resultado electoral.