Ese rozar leve de las cuerdas del espíritu

Ese rozar leve de las cuerdas del espíritu

Refiriéndose a la mayor o menor complejidad o, lo que es lo mismo, a la mayor o menor comprensibilidad de un texto escrito opinaba Voltaire, que era alguien que solía escribir muy clarito, que a  los textos que lo son, a los textos que son claros, les sucede como a los arroyos de montaña: que son claros porque son poco profundos. 
Tal y volteriana afirmación me valió a mí para discutir, no poco, con un colega escritor que, en aras de la pretendida claridad, colaboró decididamente en la castellanización de ese chapurreo acastrapado en el que se nos ha convertido el idioma gallego, hoy tan dialectalizado que comprobarlo encoge el ánimo más templado. Sin embargo no era ese el tema que yo pretendía traer a colación, irradiado que estoy de eso que cautamente vamos a denominar SLG y que al parecer me incapacita para emitir toda opinión al respecto. De lo que yo pretendo hablar es de otra cosa. Allá vamos.
La afirmación de Voltaire pudiera hacer suponer que la que llamaremos literatura oscura es profunda porque, esa misma oscuridad, induzca a suponerla así; de hecho, cuanto menos se entiende un texto, cuanto más oscuro se ofrece más se tiende a valorarlo positivamente. Y ni un extremo, ni otro. 
Hace unos meses, quizá un año o dos, no sabría precisarlo con exactitud y no me apetece evacuar dudas en casa del doctor Google, se produjo un revival de Gloria Fuertes que consistió en presentárnosla como la gran poeta  que, si soy sincero,  a mí nunca me lo pareció. Poesía de lo sencillo y cotidiano, de lo claro, conciso y diáfano, sería la de Maria Wislawa Szymborska, siempre rayana en el prodigio, muy alejada de la que a mí se me antoja ramplonería de la autora española quizá porque no conozca toda su obra y existan textos que, lamentándolo mucho, no he llegado a conocer y resulten tan extraordinarios como el revival pretendió.
En el otro extremo está la reciente reactivación de Sánchez-Ferlosio, oscuro en donde los haya, plúmbeo casi siempre, autor de un texto, "El Jarama", cuyo mayor acierto novelístico reside precisamente en el título, tan sugerente en el tiempo de su salida al mercado, más aun si cabe viniendo de la mano del hijo de un ideólogo del falangismo, de Sánchez Mazas, que ofrece la narración de una tarde de domingo transcurrida por un grupo de jóvenes en las proximidades de Paracuellos, simbólico lugar en el que yacen miles de fusilados del bando nacional. El texto, de extensos y dilatados diálogos no es precisamente oscuro, como no lo es el de "Industrias y andanzas de Alfanhui", pero sí en cambio goza de esa condición propia de la oscuridad prácticamente el resto de su producción literaria pese a lo que se ha convertido en un fenómeno... del que él mismo reniega..
¿Qué es lo que separa un texto de Gloria Fuertes de otro de María Szymborska?. No sabría explicarlo. Una vez, estando en San Petersburgo, fui llevado a visitar el estudio del gran Anikouchin, autor de la mayoría de las estatuas de Pushkin esparcidas por todo el antiguo territorio de la Unión soviética. El estudio era enorme. Estaba compuesto de tres naves, la central con una de esas grúas que se desplazan horizontalmente todo a lo largo de ella. Entré por una de las dos naves laterales, enormes en si mismas aunque lejos del colosalismo de la central. La obra que vi no me gustó, me pareció ramplona, pura muestra de lo que se llamó el realismo socialista, correcta sí, pero carente de esa chispa que separa el arte de la mejor artesanía. Así se lo dije a Elena Zernova, amiga de Anikouchin y traductora de mis novelas al ruso. Elena frunció el ceño y me dijo que no me precipitase. Después entramos en la nave central, igualmente repleta -petada, como se dice ahora- de esculturas llenas de pasión y vida, ocupadas por ese indescifrable  aliento que conmociona a quien lo siente. Era el mismo realismo socialista de las esculturas de la nave lateral, pero había algo en ellas que las hacía diferentes. Esto es otra cosa, le dije a Elena. Entonces ella se sonrió y me respondió advirtiéndome que aquella nave lateral estaba ocupada por las esculturas de la mujer de Anikouchin... que no era tan importante y buena escultora como lo era su marido.
Hay un artículo de Casares, que con quien también discutí  de estas y aun de otras cuestiones, en el que se describe una fotografía familiar. El artículo finaliza señalando que, por la sonrisa que luce su madre, la madre de Carlos Casares, se puede deducir quién hizo la foto. Si Casares hubiera dicho que, por la sonrisa de su madre, se podría suponer que era su padre quién estaba haciendo la fotografía el texto hubiera sido otro, distinta la emoción, alertado de otro modo el sentimiento. 
Es ese toque, ese rozar leve de no sé qué cuerdas del espíritu o del sentir, el que hace que un texto,  una pintura  una secuencia musical, el movimiento de una hoja o el vuelo de un paño que desciende desde la mano de Afrodita hasta el borde de la vieira de la que cuerpo acaba de surgir, lo que separa el arte de esa otra cosa indescifrable que también es la intención que no se corresponde con el resultado. Comprendo que esto no les sirva para nada y que se queden como estaban, pero es que yo soy muy malo haciendo fotos. Imagínense pretendiendo hacer radiografías, menos aún, cuando está oscura la imagen o así resulta la lectura y esa condición es lo único que puedes afirmar de ella. En la profundidad de los textos oscuros adéntrense ustedes, yo suelo perderme en ellos.