El logro de la cama deshecha

El logro de la cama deshecha

Odio hacer las camas. Disfruto deshaciéndolas; más aún en estos días invernales en los que el frío te encoge como antaño cuando tan solo un caneco te ofrecía una esperanza de bienestar, una cálida acogida que comenzaba por los pies e iba ascendiendo, cuerpo arriba, hasta confortar tu entera anatomía previamente embutida entre sábanas y cobertores. ¿Se acuerdan del caneco, de aquella garrafa de barro, del tamaño de una botella que rellenabas de agua hirviendo, justo antes de irte a dormir, para introducirla levantándole cuidadosamente la ropa a la cama por donde calculabas que irían a parar tus pies, se acuerdan?
En Ferrol, el extinto alcalde Quintanilla, médico de profesión, mando erigir un monumento al hígado. Bien estaría que fuese ahora el señor Vázquez Abad quien proclamase las virtudes del caneco ordenando la erección de otro monumento que hablase de sus virtudes, de su algo más que grata compañía porque, si el hígado purificó desde siempre nuestras sangres, el caneco protegió hasta hace nada nuestros sueños e incluso, en algunas casos y contadas ocasiones, propició aquellos que Guy de Maupassant tanto celebraba. ¡Ah, los sueños eróticos! Lo digo porque "todos ustedes tuvieron, ¿verdad? esos sueños singulares que les hacen dueños de lo imposible, que le abren puertas infranqueables, alegrías insospechadas, brazos impenetrables"... si me permiten y disculpan que le robe prestadas a Monsieur Maupassant las palabras que van entrecomilladas.
El caso es que odio hacer las camas. No sé si mis compañeros del Colegio Menor se acordarán de que nada más llegar a él, recién inaugurado, nos las hacían. Sí, como suena. Te levantabas, procedías a tus tempranas y diarias abluciones, bajabas al patio, entrabas en la capilla, asistías a misa, salías y te ordenaban situarte en formación, izaban banderas y cantabas el "Cara al sol", desayunabas y, cuando subías de nuevo a la habitación para hacerte con un abrigo o un anorak, entonces y de soltera conocido como zamarra, ya estaban hechas las camas. ¡Ah, qué maravilla!
Después llegó la gripe asiática. ¿Se acuerda alguien de la gripe asiática? Llegó en 1957. En el colegio vacunaron a todo el mundo, menos a mí que no me dejé. Fui el único que no tuvo que encamarse. Mal sabía yo que ahora me vacunaría todos los años después de que otra gripe, la A, consiguiese que me fuese inducido un coma en el que estuve sumergido tres semanas de modo que ahora ni pajolero caso le hago yo a doña Lidia Senra contraria, al parecer, de que la gente se vacune. Sigamos con las camas.
Mientras duró la pandemia enfermaron también quienes nos las hacían de modo que tuvimos que empezar a hacérnoslas nosotros mismos. Desde entonces mi vida es otra y mido su bondad por los periodos en los que me la encuentro hecha diferenciándolos debidamente de aquellos otros en los que me la tengo que hacer, sea solo o acompañado de mi mujer a la que, debido probablemente a la educación machista recibida en los años fundamentales en la formación del individuo, en tales ocasiones, le aseguro que soy un santo. Suele suceder así los fines de semana; es decir, dos de cada siete; demasiados para mí ya vetusta carrocería y mi deteriorado chasis.
En el colegio no teníamos canecos, pero teníamos calefacción y colchones de muelles, entonces una novedad. En aquellos días los más eran de lana, de crines de caballo algunos, de virutillas de corcho demasiados y, en la provincia de Pontevedra, de follata o, lo que es lo mismo, de hojas de mazorca de maíz secas y crujientes. Era mucho más cómodo y fácil hacer la cama en un colchón de muelles que tener que voltear y batir el colchón todos los días en caso de tener que hacerla en una que lo tuviese de lana. Mucho ha cambiado el mundo desde entonces. Ahora ya apenas se hacen las camas, nadie o muy pocos duermen en pijama y, los más, suelen acostarse en camiseta y calzoncillos. No seré yo quien los critique. Tampoco a las señoras que prescinden del camisón aunque no sean capaces de abandonar el móvil. No el móvil del deseo, sino el del Facebook y el Twitter, el Instagram y demás y demoniacos inventos que tanto nos están sorbiendo el seso colectivo. Incluso el sexo, al menos en no pocos y lamentados casos conocidos, por qué hemos de negarlo si en el colegio, cuando el vicio era solitario secaba el tuétano de los huesos, producía ceguera y alopecia, tuberculosis y onanismo y además te ibas al infierno, en caso de practicarlo, solo se salvaban aquellos que tenían una radio de galena. Pues, pese a todo ello, no nos negábamos a él.
¿Se acuerdan de las radios de galena? ¡Ah, aquella ampollita que te permitía sintonizar con Radio Orense y escuchar "Palestra, revista radiofónica de los deportes" todos los domingos, después del parte, en ella Pedro Arca Y Montesinos daban paso a Baladrón para que nos administrase su semanal ración de "berzas pró caldo". Pero eso da para otro día, la verdad. Lo único que hoy se pretendía era no hablar otra vez "de lo de Cataluña" por mucho que ello nos esté afectando a todos. Así que otro día: más galena; o aun mejor, hablamos de braseros y badilas, carbonillas y carqueixas, de modo que se nos aburran los jóvenes y nos pongamos melancólicos los mayores