
En una comparecencia ante los periodistas plagada de confusión, el ministro de Sanidad, Bernat Soria, después de asegurar que todo el aceite de girasol que se encuentra disponible en el mercado es ‘seguro para la salud’, si bien su Ministerio sólo ofrece garantías de la cuarta parte de las marcas que se venden en España, el titular de Sanidad celebró la ‘rápida resolución de la crisis alimentaria’, el modo en que se ha producido el ‘vaciado sanitario en un tiempo récord’ y que la Comisión Europea constatara que ‘las medidas que ha tomado España son suficientes’. Ante la insistencia de los informadores para conocer las marcas contaminadas por la partida ucraniana (hay que recordar que se han retirado del mercado 3.500 toneladas y por algo será), un malhumorado presidente de la Agencia de Seguridad Alimentaria y Nutrición, Félix Lobo, respondió que hasta dentro de dos o tres semanas no habrá una ‘lista fiable de productos que no están conformes, que pudieran dar toxicidad’ y aseguró después que él no estaba allí para ‘satisfacer la curiosidad’ de los periodistas.
El cúmulo de despropósitos, autocomplacencia e incompetencia que ha venido rodeando la gestión de lo que a estas alturas se desconoce si fue o no una crisis alimentaria es sólo comparable al que rodeó la crisis de la colza en sus primeros momentos. La diferencia, feliz, está en que ahora la única víctima es la credibilidad del Ministerio encargado de velar por la salud de los ciudadanos, a los que en tres días ha logrado sumir en el más absoluto desconcierto. Si no había peligro, ¿por qué se recomendó no consumir aceite de girasol y por qué se retiraron esas 3.500 toneladas? Y si lo había, ¿cómo no se actuó con más diligencia y decisión? La comparecencia del ministro en el Congreso tiene que despejar éstas y otras cuestiones.