última actualización: 02:43
‘Estas crisis mundiales son crisis de santos’ —cf. san Josemaría (1902-1975)— La que estalla en 2007 aloja una peculiaridad: pivotar en la ingenuidad —un híbrido débil—.
En efecto: a los 14 años, la ingenuidad es un valor; en cambio, vivirla a los 40 años deviene en antivalor. En tal escenario, hoy por lo demás tan frecuente, resulta fácil que el cuarentón admita que no pasa nada... si gana 2 y gasta 5; si llama justa a la ley del embudo cuando va a su favor, si confía sus logros en la suerte más que en el trabajo, en el sexo más que en el amor, en la bolsa de valores más que en el alma, en la imagen más que en el ser, en el ego más que en Dios. Por eso es pertinente recordar que la naturaleza nunca perdona ni olvida pasar su factura en lógica reacción natural al chute de entropía que alegremente le hemos inyectado. La deuda que hemos adquirido por maltratar múltiples ecosistemas (económico, familiar, intelectual, volitivo, espiritual, laboral y político) tuvo su génesis en otras tantas mentiras, las cuales consentimos tragar porque venían envueltas en papel regalo marca ‘ingenuidad’. Se trataba, claro está del antivalor; que la jerga psicológica tipifica como ‘inmadurez’ y la jerga etológica como ‘contaminación del ecosistema intelectual’. Ahora tocan vacas flacas. El pago de la factura será posible a condición de que la conducta personal vuelva a usar ‘juego limpio’ como energía para el motor y ‘verdad objetiva’ como señal para el volante.