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Mucho se viene hablando y escribiendo últimamente sobre los jóvenes actuales y su absentismo de la práctica religiosa y sus carencias de compromisos serios en favor de causas nobles, en que se sientan implicados. Crudamente se puede resumir esta realidad en una sola frase: ‘Iglesias vacías y lugares de ocio repletos de jóvenes’. Sabido es que toda generalización es injusta. Se dan notables excepciones, pero no se puede ocultar la realidad denunciada, quizá porque la Iglesia tampoco hace demasiado para captar a esta juventud indecisa.
Una gran parte de los jóvenes que se confirman en nuestras comunidades eclesiales, que parecían ser valientes soldados de Cristo, dispuestos a ser luz, sal y fermento en la masa de su entorno social, al poco desaparecen arrastrados y engullidos por los ambientes materialistas en que viven. Un gran conocedor del alma juvenil, el Padre Ayala dejó escrito en una de sus obras, ‘Formación de selectos’, algo que se puede aplicar a jóvenes de toda edad, sexo, clase, condición y de todos los tiempos: ‘El joven no casto es incapaz de nada serio.
Por eso cuando se desenfrena y corre tras sus apetitos se inutiliza para el estudio y la vida espiritual. Entonces es cuando abandona los sacramentos y sus devociones y pierde el paladar de los manjares del espíritu. Los placeres espirituales son: el deleite de la difusión del bien, de la gloria de Dios, de la salvación y perfección de las almas, del sacrificio por amor en Jesucristo. Todo esto, ¿qué tiene que ver con las groserías de la sensualidad?’ Perfecto diagnóstico válido para explicar tantos fracasos de tantos jóvenes en lo mejor de sus vidas.