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El mundo del fútbol recordará a Genaro Borrás por su profesionalidad, pero los que tuvieron la suerte de tratarlo alguna vez, o simplemente poder charlar con él un instante, no olvidarán su amabilidad y bondad. En lo primero, fue el mejor; en lo segundo, ya camina hacia el cielo.

‘Era un gran médico, pero sobre todo una gran persona’. Esta es la frase más repetida ayer por amigos y compañeros de Genaro Borrás, un hombre que a través de su profesión llegó a las cotas deportivas más altas. Acostumbrados a la antipatía que irradia el fútbol de elite, encontrarse con el médico vigués era un regalo para los oídos.
Amable, sincero, simpático, sociable y, sobre todo, siempre dispuesto, sin una mala palabra o un gesto de rechazo. Localizar a Borrás en momentos tan complicados como el Mundial de Alemania, cuando las críticas llovían a diestro y siniestro, era tansencillo como marcar su número de teléfono.
La sensatez irradiaba a través del auricular. Su cordialidad, algo inherente a toda su familia, llegaba con nitidez en momentos en los que las malas vibraciones rodeaban al conjunto nacional.
Era nada menos que su cuarto Mundial y ya nada ‘me coge por sorpresa’. Antes que Aragonés, al que defendía a capa y espada, había estado con seleccionadores con un carácter tan fuerte como Camacho, Clemente o Iñaki Sáez.
Amaba Galicia y adoraba Vigo, sentimientos fortalecidos por la distancia obligada de su trabajo. ‘Soy gallego y allá donde voy no paro hasta que consigo que digan, mira ahí está el gallego’, dijo en alguna entrevista.
Nacido en Vigo el 26 de diciembre de 1945, se licenció en Medicina por la Universidade de Santiago de Compostela, y se especializó en Traumatología y Cirugía Ortopédica en la Complutense de Madrid.
Llegó a los servicios médicos del Celta en la temporada 77/78 y durante 25 años fue el jefe del departamento. Desde 1991 compaginó el cargo con el equipo médico de la selección española, con la que vivió todos los grandes acontecimientos que hay en el calendario futbolístico mundial.