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Nacido en Puebla de Don Fadrique (Granada) en 1929, José María Castillo es doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma. En 1988 fue apartado por la jerarquía eclesiástica de su cátedra de Teología en la Universidad de Granada por sus opiniones críticas. Actualmente imparte clase en la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador.

El teólogo José María Castillo fue el encargado de inaugurar el congreso colectivo Verapaz, que este año se celebró en Vigo (en la parroquia del Cristo de la Victoria, en Coia) bajo el título ‘Cristianas, entre crisis y esperanza’. Castillo abrió la sesiones ayer ante una aforo completo, de más de 300 asistentes, con la ponencia ‘¿Por qué hablar de crisis en la Iglesia? Análisis y alternativas’.
—Usted defiende las posturas de la Asociación de teólogos y teólogas Juan XXIII, colectivo del que es vicepresidente.
—Esta asociación surge en los años 80, cuando en el pontificado de Juan Pablo II se agudizan los conflictos entre los obispos y los teólogos. No defendemos la confrontación con la jerarquía, trabajamos por la libertad de la teología para exponer el mensaje cristiano.
—Muchos teólogos alarman sobre la separación de la Iglesia y la sociedad, ¿aún puede haber solución?
—Es un fenómeno más complejo de lo que parece. La sociedad y sus instituciones tanto políticas como culturales avanzan a un ritmo acelerado. Al otro lado, las religiones en general y la Iglesia en concreto se quedan rezagadas porque se basan en tradiciones y relevelaciones de otra época. Así, la jerarquía tiene la tendencia de mirar al pasado en vez de ponerse al día y plantearse el motivo de esta separación. El resultado es grave: menos fieles, menos vocaciones, menos practicantes y más conflictos. La Iglesia se siente amenazada y se produce un giro hacia el fundamentalismo y la intolerancia, lo que Giddens denomina ‘tradición acorralada’.
—¿Cómo se traduce este fundamentalismo en el día a día?