Sábado 25 de mayo de 2013
última actualización: 09:50
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Dice el mito que Prometeo había robado el fuego a Hefesto para entregárselo a los mortales. Después, la llama olímpica alumbró los Juegos de la antigüedad en la Grecia clásica como homenaje al mito y se fue introduciendo en los Juegos de la modernidad.

Primero en Amsterdam, despúes en Los Ángeles y con recorrido desde Olimpia, tras el encendido a los pies de la diosa Hera, en los Juegos de Berlín (1936).
Prometeo decidió dárselo a los humanos y estos han gestionado la llama olímpica de múltiples maneras. Como la propia naturaleza del género humano, de forma positiva y también negativa.
La historia de Bernardo Justo vive a caballo entre la épica y el sentido moderno y mercantil de los Juegos Olímpicos que creó el español y ya fallecido Juan Antonio Samaranch.
El vigués portó la antorcha durante 400 metros por las calles de Sheffield el pasado lunes, una experiencia que calificó como 'algo exagerado, nuestras expectativas se quedaron en nada. Había miles de personas al paso de la antorcha y después todo el mundo se quería fotografiar con nosotros'.
Justo es uno de los muchos entrenadores que trabajan con niños y también un enamorado de los Juegos Olímpicos. Durante unos metros vio cumplido un sueño que comenzó a gestarse por un concurso vía Facebook de la conocida marca Samsung.
'Cuando me tocó a mí, el tiempo me pasó casi volando de la emoción del momento', confesó el vigués. 'Todos los que estuvimos allí flipamos'. Con él, por las calles de la localidad de Sheffield, había doce españoles más que habían sido seleccionados y también estaba el causante voluntario del porteo de Bernardo Justo, su amigo José María Santibáñez.
La marca de electrónica lanzó un concurso para seleccionar aquellas personas relacionadas con el deporte que escondían una historia humana relacionada con los Juegos Olímpicos. Santíbañez contó la de Justo y éste la de su amigo. No obstante, resultó más convincente José María y el premio recayó en Justo, aunque meses después ninguno recordaba el texto exacto que había escrito.